Del MACAY al Dolores Olmedo

La apertura de un museo Dolores Olmedo en Chapultepec, en la Ciudad de México, es tan interesante como lamentable el cierre simbólico del Museo de Arte Contemporáneo Ateneo de Yucatán (MACAY) en Mérida.

Similares porque sus acervos pertenecen a colecciones privadas, y sin embargo diferentes en su modelo de colaboración con el sector gubernamental; la comparación entre ambos permite ubicar dos características esenciales de la gestión de las artes visuales en la 4T: la reducción excesiva del gasto público y la intervención de la iniciativa privada como fuente de financiamiento para proyectos de relevancia político-cultural.

Dos particularidades del modelo de política económica neoliberal que tanto ha descalificado el presidente López Obrador y que, al margen de las contradicciones del mandatario, deben considerarse desde una perspectiva resiliente que solucione problemas, impulse nuevos proyectos y evite la desaparición de aquellos que dan un servicio a la sociedad.

¿Qué beneficios ofrece el cierre simbólico del Museo MACAY? Además de ser el único museo de arte moderno y contemporáneo en todo el sureste, el recinto se distingue por su excelente colección de artistas de la denominada Ruptura, entre ellos dos yucatecos: Fernando García Ponce y Gabriel Ramírez. Con presencias constantes de artistas nacionales y extranjeros, y entrada gratuita para todos los visitantes, el museo administrado por la Fundación Cultural MACAY, A. C., bajo la dirección de Rafael Pérez y Pérez, cerró simbólicamente el pasado miércoles 28 de julio porque el gobierno del estado de Yucatán, a través de la Secretaría de Cultura y las Artes que encabeza Loreto Villanueva Trujillo, le retiró totalmente el apoyo económico.

Abierto en 1993 en el que fuera el Ateneo peninsular con base en un convenio de operación y autorización del uso del inmueble firmado por la entonces gobernadora del estado de Yucatán, Dulce María Sauri, las autoridades se comprometieron a proporcionar los recursos económicos para conservar y mantener el inmueble, así como  operar y administrar el museo.

A partir de 2016, el apoyo se redujo de 15 millones 870 mil pesos, a 9 millones, 872 mil 406 pesos. En 2020, antes de la pandemia, como sólo recibió 4 millones 54 mil pesos, la fundación liquidó a 56.2% del personal. De febrero a junio de este año el apoyo fue de 2 millones. 

La colaboración entre coleccionistas que aportan su acervo y funcionarios que se comprometen a sustentar la operación museística tiene antecedentes negativos. El museo Blainsten, en la Ciudad de México, era un proyecto con estupendas piezas que desapareció por la misma razón.

En estas decisiones hay más pérdidas que ganancias. Conocer las colecciones privadas genera una construcción de valor social para el arte que es diferente de la dinámica gubernamental. La obligación de los funcionarios gubernamentales es buscar soluciones para ambas partes. En México, es común que se abran museos sin planear su sustentabilidad a largo plazo, y ya es tiempo de abandonar esa lamentable tradición.

Anunciado por la jefa de Gobierno de la Ciudad de México, Claudia Sheinbaum, en el contexto del inicio de las obras del Parque Urbano Aztlán de Chapultepec, el Museo Dolores Olmedo es un proyecto que debería iniciar un cambio como un modelo de asociación público-privada transparente, regulada. Su diseño y edificación, ¿están incluidos en los 3 mil 639 millones de pesos que invertirá la empresa Mota Engil en la construcción del parque o, de lo contrario, qué instancias lo pagarán? ¿Qué piezas se exhibirán, estarán de manera permanente las pinturas originales de Diego Rivera y Frida Kahlo?