De la Plaza de la Noche Triste a la Noche Victoriosa

En un afán de los gobiernos federal y capitalino por “reivindicar” la historia prehispánica de México, el 27 de julio se renombró a la Plaza del Árbol de la Noche Triste como Plaza de la Noche Victoriosa.

El renombramiento se sumó al cambio de placa al ahuehuete ubicado en Popotla, donde el año pasado el gobierno de la Ciudad de México le colocó otra con la frase “500 años de la noche victoriosa… 30 de junio de 2020” (Proceso 2279).

Claudia Sheinbaum, titular del gobierno capitalino, y Beatriz Gutiérrez Müller, presidenta del Consejo Asesor Honorario de la Coordinación Nacional de Memoria Histórica y Cultura del México, encabezaron el acto y develaron la nueva inscripción en Calzada México-Tacuba 453 (frente al Metro Popotla), en donde ahora se lee que se montó en homenaje “a la completa gloria de los valerosos mexicanos” –a pesar de que entonces México no existía como nación– “que obligaron a huir a los perpetradores de la masacre del Templo Mayor sobre danzantes desarmados la noche del 20 de junio al 1 de julio de 1520, y a las generaciones que mantuvieron en la memoria popular el recuerdo de aquella victoria”.

La decisión partió de un “Acuerdo de la Comisión de Nomenclatura por el que se modifica la nomenclatura del espacio público”, asentado el 14 de julio en la Gaceta Oficial.

Bernal Díaz del Castillo, en su Historia Verdadera de la Conquista de la Nueva España, narró el recuento de la formación con la que se retiraron:

“Veíamos nuestras muertes a los ojos, y las puentes que estaban alzadas… En total huyeron entre mil y 2 mil españoles junto a 10 mil tlaxcaltecas.”

Para algunos historiadores, como Federico Navarrete, especialista en el estudio de la conquista de México y académico del Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM (Proceso, 2332), los tlaxcaltecas también podrían considerarse “valerosos”, dado que su unión con los conquistadores nació de su lucha para sacudirse el yugo al que estaban sometidos por los aztecas.

A su vez, la historiadora Carolina Figueroa (ver texto principal de esta edición), “en el siglo XIX nos peleamos como mexicanos con nuestras raíces (…) lo asocian con esa historia de ‘los tlaxcaltecas traidores que fueron capaces de matar a sus hermanos de sangre’. Todo ese discurso construido en función de una nueva identidad nos hizo mucho daño”.

Gutiérrez Müller dijo, en cambio, que aquella noche fue victoriosa pues “quienes revisan la historia saben que lo más común es que la cuenten los vencedores; los ojos de la victoria son gloriosos y cuando queda por escrito o se transmite de boca a boca se escribe la leyenda…”.

E insistió: “pero fue victoriosa para los mexicanos, ya lo he dicho, y este hecho histórico es el que se resarce ahora con el nombramiento de este lugar y el reconocimiento de la defensa de los héroes de 1520”.

Sheinbaum, a su vez, refirió:

“¿Por qué cambiar el nombre de la plaza?, ¿por qué colocar mosaicos en los muros de la ciudad? Lo hacemos porque partimos de la convicción de que una sociedad necesita saber de dónde viene para saber a dónde va. ¿Cómo podríamos resolver algunos de los grandes problemas actuales si no sabemos dónde comenzaron?”

Y defendió una política de memoria sobre la invasión de 1521 que originó uno de los fenómenos que aún lastiman a nuestra sociedad: el racismo.