Paloma Torres: “El hilo de la tierra”

Con una espléndida propuesta que asimila concepto, manufactura y contemporaneidad artística, Paloma Torres, en El hilo de la tierra, desborda los límites de su propia creación. 

Sin abandonar la interpretación geométrica de esa mirada urbana que caracteriza toda su obra, la artista conjuga dualidades convirtiendo la suavidad del textil en contundentes volúmenes, y la solidez del barro en sobrios y fascinantes relieves intervenidos como si fueran gofrados. 

En toda la obra, la narrativa gráfica se impone registrando huellas, construyendo espacios y diluyendo alevosamente la distinción entre bidimensión y tridimensión. 

Emplazada en la galería del Seminario de Cultura Mexicana, en Mazaryk 526, en la ciudad capital, la muestra integra piezas realizadas entre 2013 y 2020 que evidencian el tránsito a una nueva etapa creativa. Sobresaliente por la originalidad de los lenguajes, la selección manifiesta un equilibrio de las poéticas características de Paloma Torres: el vigor del color, la síntesis del volumen y la marca en la superficie escultórica. En cuanto al lenguaje, la abstracción geométrica se mantiene como la identidad de toda la obra.

Al margen de un conjunto de sus características columnas de gran formato producidas en 2020, lo más interesante de la exhibición se encuentra en los textiles y relieves.

Reconocida desde la pasada década de los noventa como una de las principales artistas de la tridimensión en barro, la escultora, sin abandonar el concepto urbano que define su propuesta, ha sustituido la interpretación visual de imágenes urbanas por la apropiación simbólica del espacio público. Como ella señala, el confinamiento social que exigió el covid-19 la llevó a realizar caminatas que convirtieron los trayectos en rutas y trazos que, “como hilos, o como un cordón umbilical, nos conectan al territorio que caminamos. De ahí el título de la exposición”.

Trabajados en barro de Zacatecas, con la superficie en blanco y en formatos amorfos que refieren a mapas sin límite precisos, los relieves denominados Huellas destacan por los registros que, al marcar la superficie, la convierten en un ente autónomo de gran protagonismo. Estampados con residuos de materiales utilizados en la construcción, intervenidos con finas líneas y pequeñas retículas de intensos negros, y con algunos campos azulosos o invadidos de rayones que recuerdan el caos de nuestra urbe, las piezas de mediano formato materializan la memoria gráfica de una artista que en el 2020 trató de liberarse del confinamiento apropiándose de la espacialidad callejera.

No tan recientes, las bidimensiones en fibras –petates, fieltros, afelpados y un gobelino– recuperan los cromatismos geométricos con los que inició su trayectoria a mediados de los ochenta. Producidas con distintos maestros artesanos, todas las piezas destacan en su individualidad: el gobelino de gran formato y burda textura que reinterpreta el impacto visual de un plano aéreo de Ciudad Neza; los afelpados reticulares o de intensos matices que transfiguran estructuras de los túneles del Metro; los fascinantes tapices en fieltro de dos vistas, en los que el añadido de distintos campos se transmuta en un discurso gráfico de poética pictórica; y por último, dos estupendos petates de intensos y profundos colores, uno verde con líneas bordadas en amarillo que refiere a un plano urbano, y otro en tonos lilas y rojos que se expande en un relieve al enrollarse en sí mismo.

De formato muy pequeño, las atractivas columnas en fieltro develan una exploración escultórica de huecos y vacíos que se doblan y enciman entre ellos. Excelente museografía.