Una vez más, la directora del Museo Tamayo de la Ciudad de México, Magalí Arriola, colabora con una feria de arte internacional.
En la reciente versión de la feria española ARCO, que se celebró de manera presencial en Madrid del pasado miércoles 7 al domingo 11 de julio, la servidora pública del Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA) se desempeñó como asesora de adquisiciones para la Fundación ARCO.
Y si bien su participación en el mercado internacional del arte ya es una actividad reiterativa –en menos de dos años, desde que asumió la dirección del museo en septiembre de 2019, ha colaborado en tres ocasiones con la feria Art Basel (Proceso 2249, 2301, 2331)–, el vínculo directo con decisiones de compra exige una explicación de Lucina Jiménez como su superiora y directora del INBA. Sobre todo porque la Fundación ARCO adquirió obra de la galería Nordenhake, que tiene una sede en la Ciudad de México.
¿Qué objetivos, metas y programas vinculan el mercado ferial con beneficios concretos para la escena del arte mexicano bajo la gestión de Lucina Jiménez? Un cuestionamiento relevante si se considera que Jiménez, aun cuando trabaja para la 4T, ha promovido una gestión de las artes visuales que se caracteriza por su tendencia neoliberal. Si al presidente Andrés Manuel López Obrador le interesara el arte, ¿cómo calificaría el desempeño de Jiménez?
Vergonzosamente monárquica, como desde su fundación en 1982, la feria internacional de Arte Contemporáneo de Madrid (ARCO) se distinguió, este año, por un acertado concepto que evidenció una gran resiliencia ante las exigencias económicas, sanitarias y artísticas de las circunstancias post-covid. Emplazada, también como siempre, en el recinto ferial Juan Carlos I (IFEMA), ARCO se concentró en la atención a coleccionistas y especialistas, abriendo sólo dos días para público general.
Sin poner gran atención a la versión en línea, la feria centró su apuesta en recuperar su identidad como cita para dinamizar el negocio del arte, atraer coleccionistas y debatir el futuro inmediato del arte con énfasis en el devenir ferial. Tres aspectos acertados, ya que la vocación de una feria, a diferencia de los museos gubernamentales, es promover el negocio del arte.
Además de la tradicional sección de galerías, que se redujo a sólo 105 comercios de los más de 200 que la constituían en años anteriores, ARCO integró dos secciones que paliaron las ausencias: una políticamente correcta dedicada a mujeres artistas, y otra que, bajo la nominación de Remitente, incluyó firmas latinoamericanas sin la estancia de sus galeristas. En esta sección, la presencia de la Arroniz-Arte Contemporáneo sobresalió con papeles intervenidos con narrativas lingüísticas de Moris (Israel Meza Moreno, 1978) ya que, aun cuando no se menciona, en una foto oficial de la inauguración aparecen las obras de este artista camino de los monarcas Felipe y Letizia.
Integrada por algunas galerías de alto prestigio –Perrotin, Chantal Crousel, Thaddaeus Ropac, Hauser & Wirth– y muchísimas de nivel medio o aun menor, la feria sobresalió principalmente por un foro que, bajo el título de Las ferias de arte en tiempos de cambio, abordó el presente del mercado del arte global. Organizado por el Think-Tank catalán Talking Galleries, en el foro fue evidente la importancia de incluir la sostenibilidad en la industria artística.
Una de las participaciones más interesantes, e inclusive motivantes, fue la de la importante coleccionista Ella Fontanals Cisneros. Lejos de quejarse por las consecuencias derivadas del covid-19, su actitud se centró en el cambio de actitud y paradigma artístico que exige la situación actual. (https://www.ifema.es/arco-madrid).








