Conocedor profundo del tema de la seguridad pública, coordinador de la lucha contra el narcotráfico en su país y exasesor de Enrique Peña Nieto en ese tema, el general colombiano Óscar Naranjo mira con preocupación la actual situación mexicana. En entrevista con Proceso, el especialista opina que la política lopezobradorista de “abrazos, no balazos” y la creciente militarización de la Guardia Nacional no pueden dar buenos resultados.
BOGOTÁ.- Óscar Naranjo, general de la Policía Nacional de Colombia –quien fue asesor de seguridad del gobierno de Enrique Peña Nieto entre 2012 y 2014–, está al día en cuanto a noticias sobre el deterioro de la seguridad pública en México.
Sabe de las masacres ocurridas en las últimas semanas en Zacatecas, Tamaulipas y Guanajuato; del creciente poderío del Cártel Jalisco Nueva Generación y de las dificultades del gobierno de Andrés Manuel López Obrador para consolidar a la Guardia Nacional (GN) como eje articulador de la estrategia de seguridad.
En entrevista con Proceso, Naranjo considera que “México necesita con urgencia” una policía profesional civil con presencia en todo el territorio y la Guardia Nacional no ofrece esa solución.
Además cuestiona la política de “abrazos y no balazos” de López Obrador frente al crimen organizado, porque en materia de seguridad “no bastan los eslóganes”, y habla, sin ocultar su frustración, de su experiencia como asesor de seguridad de Peña Nieto.
Sobre la GN, cree que lo que hará esa institución militarizada es “prolongar la posibilidad de consolidar una fuerza federal típicamente policial, no militar”, y eso implicará “años de un desgaste muy grande que le van a demandar mucha paciencia a los mexicanos para conformar una institución policial como la que se merecen”.
El general colombiano cree que la Policía Federal, que fue incorporada a la Guardia Nacional, estaba en proceso de convertirse en la fuerza de seguridad pública que México necesita.
“Y me parece que cuando se interrumpen estos procesos y se dan giros tan fuertes, de una policía federal a una gendarmería o a una guardia nacional, lo que se interrumpe es la posibilidad de estabilizar institucionalmente la seguridad de México”, asegura.
El pecado capital de Calderón
El general en retiro y exvicepresidente de Colombia presentó la semana pasada su libro Se creían intocables, en el que relata las investigaciones que llevaron a las capturas de 11 grandes narcotraficantes colombianos que tuvieron estrechas relaciones de negocios con los cárteles mexicanos.
Naranjo fue director de la Policía Nacional de Colombia entre 2007 y 2012 y al dejar el cargo, tras 36 años en la institución, viajó a México para asesorar a Peña Nieto en materia de seguridad.
Llegó cuando finalizaba el sexenio de Felipe Calderón (2006-2012), cuya fallida “guerra” contra el narcotráfico provocó un estallido de violencia que dejó 121 mil homicidios, más del doble de los que se registraron durante el gobierno de su predecesor, Vicente Fox.
Lo primero que recomendó el general a Peña Nieto fue desterrar el concepto de “guerra contra el narcotráfico” que había utilizado Calderón y que tuvo una expresión gráfica cuando el entonces mandatario apareció con una casaca verde olivo y gorra militar al principio de su sexenio.
“Mi mayor énfasis –recuerda Naranjo– fue que había que tener una nueva narrativa, que confrontar al narcotráfico no era una ‘guerra’, porque cuando uno lleva la palabra ‘guerra’ a asuntos de seguridad pública se producen antagonismos, perturbaciones y una lógica de muerte.”
El gobierno federal y varios gobernadores “fueron bastante receptivos a esa visión mía de que una política pública de seguridad no puede ser llamada de ninguna manera una ‘guerra’, así sea en contra del narcotráfico”, asegura.
Pero en el resto de sus recomendaciones, Naranjo se topó con resistencias que nunca logró vencer. “En los otros temas sí me declaro bastante… de alguna manera impotente…”, plantea.
–¿Se siente frustrado de los resultados de esa asesoría? –se le pregunta.
–Frustrado, sí. Por ejemplo, por no lograr avanzar en los procesos de homologación de las policías de una manera mucho más decidida, fuerte; por no lograr una mejor comunicación e identidad profesional de las policías municipales, estatales y la federal…
–En México hay una multiplicidad absurda de policías…
–Me costaba entender ese modelo tan disperso, me cuesta. Hay más de mil 300 corporaciones policiacas operando en el país. Es una tarea muy difícil para un conductor político de seguridad, como un presidente o un secretario de Gobernación, poder garantizar que su política de seguridad va a ser efectiva.
–¿Fue difícil ser asesor de seguridad en México?
–Ser asesor, consultor, en México, especialmente en México, no es una tarea fácil. Por muchas razones: tienen unas altas capacidades profesionales y de expertos y tienen, al mismo tiempo, una multiplicidad de instituciones muy complejas que hacen parte de ese modelo de seguridad federal, estatal, municipal…
Abrazos y balazos
Naranjo terminó sus labores como asesor de seguridad en México en 2014, cuando se incorporó al equipo del gobierno colombiano que negociaba la paz con la guerrilla de las FARC en La Habana.
Los homicidios en México habían bajado en 2013 en 11% respecto a los 25 mil 967 que se produjeron en 2012, último año de gobierno de Calderón, pero comenzaron a aparecer grupos de autodefensas en Michoacán y Guerrero para enfrentar a los cárteles de la droga.
“Yo anticipé –dice el general– que si no se aseguraba la presencia territorial y si no se administraba el monopolio de la justicia por parte del Estado, habría brotes de justicia privada, como en el caso colombiano, que nos habían llevado al paramilitarismo, y ese es un remedio mucho peor que cualquier enfermedad.”
Ese fenómeno, asegura, “fue tomando cuerpo en México y para mí fue una de las razones causales del incremento de los homicidios en los últimos años del gobierno anterior (32 mil en 2017 y 36 mil 685 en 2018)”.
–¿Qué piensa de la política de “abrazos y no balazos” de López Obrador? –se le pregunta a Naranjo.
–Tengo que ser tremendamente respetuoso con el gobierno mexicano, pero diría que cualquier política de seguridad debe tener como centro de gravedad, como valor supremo y sagrado, proteger la vida de los ciudadanos. Y para esto no bastan políticas, eslóganes o frases impactantes, esas frases se deben traducir en protección real de la vida de los ciudadanos.
–¿Y le parece que esto ocurre en México?
–Lo que quiero decir es que en América Latina noto, y no estoy hablando en este caso de México, que a veces se privilegia la lucha contra el narcotráfico por encima de la protección de las comunidades, y ahí se producen distorsiones enormes.
–¿Pero ese es el caso de “abrazos, no balazos”?
–Yo lo que diría es que hay que proteger la vida, y si esa es la intención del presidente López Obrador y ese es su propósito central, pues ojalá eso se desarrolle de manera efectiva y logre contener el crecimiento de los homicidios y la violencia. Lo otro (el narcotráfico) se atacará, se irá desmontando, pero debe hacerse sin que la sociedad mexicana pague el costo en vidas que ha pagado.
Lo que falló con García Luna
Desde hace años Naranjo ha sido partidario de desincorporar a la Policía Nacional de Colombia (PNC), institución que dirigió durante cinco años, del ministerio de Defensa, y de trasladarla a un ministerio de seguridad pública que hasta hoy no existe en este país.
Incluso cuando él fue ministro para el posconflicto, los derechos humanos y la seguridad, en 2015, se mencionó en Colombia la eventual creación de un ministerio de seguridad pública del que se haría cargo y al que se incorporaría la PNC, una institución que cuenta con 172 mil efectivos.
Naranjo no cree que una Guardia Nacional militarizada y adscrita a la Secretaría de la Defensa Nacional –como lo busca el presidente López Obrador– sea una solución para los problemas de seguridad en México.
“En el mundo entero –explica– hay una tendencia fuerte para que los cuerpos de policía tengan una inscripción a un ministerio de seguridad y no a ministerios como el del interior, de gobernación o de defensa.”
–Una Guardia Nacional militarizada y adscrita a la Secretaría de la Defensa Nacional va en contravía de esta tendencia…
–Sí, porque las labores de una guardia nacional son distintas a las de una policía. Una guardia nacional es viable en muchas naciones, pero como una fuerza intermedia, no como una fuerza que sustituye a la policía.
Naranjo, quien como consultor del Banco Interamericano de Desarrollo asesora a varios gobiernos de la región en materia de seguridad, considera que la decisión que tomó México hace varios años de crear una Secretaría de Seguridad al mismo tiempo que se fortalecía a la Policía Federal “iba en la línea correcta”.
–Pero mire lo que pasó con el secretario de Seguridad de Calderón, Genaro García Luna, que acabó trabajando para el Cártel de Sinaloa…
–Es un caso lamentable y triste, pero ese caso en particular no debe desdibujar el horizonte de modernización de las instituciones de seguridad del Estado. Lo que sí es que hay que aprender las lecciones y preguntarse: si eso fue así, ¿dónde estaban el servicio de contrainteligencia, el control interno, los medios de comunicación, dónde estábamos todos?
El narcoholding mexicano
En el libro Se creían intocables aparecen conocidos narcotraficantes mexicanos, como El Chapo Guzmán, El Mayo Zambada, los Beltrán Leyva y Amado Carrillo, siempre como socios de los capos colombianos a los que el general tenía bajo investigación.
Naranjo cuenta en detalle cómo fueron cayendo grandes traficantes colombianos de cocaína, como Juan Carlos Ramírez Abadía, El Chupeta; Maximiliano Bonilla, El Valenciano; Éricson Vargas, El Sebastián, y Daniel El Loco Barrera, cuyas capturas orillaron a los cárteles mexicanos a acercarse cada vez más a los centros de producción en Colombia para garantizar el abastecimiento del estupefaciente.
El Chupeta, a quien Naranjo logró capturar en Brasil en agosto de 2007, era un capo que despreciaba a los delatores y que era despiadado con ellos hasta que él mismo se convirtió en uno.
En Brasil, El Chupeta reveló a la policía un supuesto plan del capo brasileño Fernandinho para secuestrar a Luiz Claudio da Silva, hijo del entonces presidente de ese país Luiz Inácio Lula da Silva, y en 2018 fue el testigo principal contra El Chapo Guzmán en el juicio que enfrentó en Nueva York el jefe del Cártel de Sinaloa.
Los vacíos que dejaron en Colombia El Chupeta, El Valenciano, El Sebastián y El Loco Barrera fueron llenados en parte por sus socios mexicanos. Esa tendencia se consolidó a finales de 2016, cuando las FARC abandonaron varias zonas cocaleras tras firmar un acuerdo de paz con Bogotá.
Naranjo dice que la creciente presencia de enviados de los cárteles mexicanos en Colombia, quienes se encargan de supervisar la producción y coordinar los embarques de cocaína, es un tema de seguridad nacional para su país y para la región andina.
De acuerdo con el general, tras la caída de los grandes capos colombianos, el narcotráfico en Latinoamérica sufrió una gran transformación en la que las bandas criminales están articuladas por una especie de holding del delito controlada por los cárteles mexicanos.
“Yo sí veo a las estructuras mexicanas mucho más cercanas a la región andina en general, no solamente a Colombia, sino también a Perú y a Bolivia, y ese protagonismo se debe a que son los directores del holding”, asegura.








