Señor director:
Agradecemos la publicación de esta carta que está dirigida a los poderes Legislativo y Ejecutivo federal.
En 2018 gran parte de la comunidad científica mexicana respaldó la alternancia político-partidista y a la coalición Juntos Haremos Historia. Sin embargo, a mitad del sexenio la llamada Cuarta Transformación ha quedado a deber en materia presupuestal.
Con descalificaciones constantes, sin fundamentos y en un momento en el cual la ciencia se ha vuelto referente mundial para dar la batalla contra el covid-19, se ha lastimado el prestigio público, la dignidad y legitimidad del conocimiento científico que producimos y desarrollamos miles de profesionales que buscamos el bienestar humano.
El presidente Andrés Manuel López Obrador ha llamado injustificadamente fifís a los científicos, pese a conformar uno de los sectores institucionales más golpeados por las políticas de “austeridad”. Basta con ver el recorte presupuestal que ha recibido el Instituto de Ecología, A.C., campus Xalapa, Veracruz, que aun antes de iniciar la pandemia ya no tenía ni para pagar la luz de sus edificios.
De igual manera tenemos registro de que el Poder Legislativo federal, específicamente la Cámara de Diputados, ha aprobado recortes presupuestales que afectan a los académicos por la disminución en la cantidad de becas disponibles, nacionales y para investigación en el extranjero; apoyos indispensables para la formación de investigadores, desarrollo de capital humano y, sobre todo, para innovar en la construcción de soluciones científicas a los grandes problemas nacionales. ¿Quién financiará la ciencia y cómo se podrá seguir haciendo investigación sin becas para los estudiantes de posgrado en beneficio del país? La iniciativa privada cuenta con algunas opciones, pero la perspectiva del interés público sobre el privado debe prevalecer en el Sistema Educativo Nacional.
La mayoría de los científicos estudiamos en universidades públicas. Las becas de licenciatura y posgrado cubren los gastos de manutención, pero también la inversión en producción académica: tesis, prácticas de campo, compra de reactivos, traducciones de textos… Cuando nos incorporarnos al mercado laboral generalmente es mediante la docencia en todos los niveles educativos, donde la mayoría nos constituimos como una fuerza laboral altamente calificada y competitiva a nivel mundial.
Desafortunadamente, en el nivel medio superior y superior los profesores de asignatura carecen de sueldos y prestaciones de ley, como se ha visibilizado en las recientes movilizaciones al interior de la UNAM, pero también en las universidades estatales. Hablamos de contratos que nos impiden solicitar presupuesto para proyectos de investigaciones independientes, aunque se cuente con título de maestría y doctorado.
Los científicos podemos considerar que alcanzamos cierto grado de certeza y estabilidad laboral cuando obtenemos una plaza de investigador en una universidad. Pero quedamos condicionados a mantener la productividad académica para mejorar nuestros ingresos con incentivos monetarios del Sistema Nacional de Investigadores (SIN).
Cada año pagamos de nuestros bolsillos miles de pesos para publicar los resultados de las investigaciones en revistas especializadas, asistir a diversos eventos académicos y colaborar con las tareas de divulgación científica que sirven para educar a la sociedad en su conjunto.
El llamar fifí a una fuerza laboral que en su mayoría proviene de clases bajas y medias, que por convicción y vocación se entrega al alumnado y con pasión desempeña su labor en los centros de investigación demuestra el poco entendimiento del quehacer científico, torpeza en el uso del conocimiento científico para solucionar problemas nacionales y una absoluta falta de empatía hacia quienes hacemos ciencia.
Recordemos que disminuir y desaparecer becas y financiamientos favorece la desigualdad de oportunidades y promueve la “fuga de cerebros”. Por tanto, exigimos a la nueva legislatura y al titular del Poder Ejecutivo federal que, antes de tomar decisiones presupuestales y ejecutar políticas públicas educativas, se consulte a la comunidad científica, se conozcan las historias de vida de quienes a ella pertenecemos y se haga tangible el compromiso público para defender los intereses del país.
¡Somos las personas que estudian, trabajan, educan e investigan!
Atentamente,
Científicos en formación
Posdata,
Señor presidente, sepa que nuestro anonimato no es cobardía o complicidad con “La mafia del poder”, sino un recurso para sobrevivir metafóricamente en la academia y, literalmente, en la vida.








