Danzón dedicado a la Sierra Madre y cerros que la acompañan

A mi querido amigo don Francisco Salgado Aranda, con motivo de sus primeros 85 años de vida.

Por causa del covid, sin importar su número: 19, 20 o 21, han dejado de oírse y, sobre todo, de bailarse los danzones. Las orquestas que eran famosas por tocar danzones: las danzoneras, han callado.

Guardan silencio la Big Band-Danzonera, Cinco Estrellas, de mi querido amigo don Ramón Cedillo Rodríguez; la de otro amigo, la de don Sebastián Cedillo; no se oyen las notas de Acerina, el mejor timbalero; de Mariano Mercerón; de Felipe Urbán, la Danzonera Yucateca, que tocaba el danzón Ferrocarril central; la Danzonera de José Casquera, de mi amigo Julio Casquera; la Danzonera Joven del Chamaco, no tan chamaco, Aguilar; la Danzonera la Playa, de Germán Varela; la Orquesta América de Chucho Valdez y Félix Reina; la Danzonera Popular de Emilio B. Rosado; la orquesta de José Gamboa Ceballos; la Danzonera Mandinga de Luis González; la Dinastía Oaxaqueña de Justo Alcázar Mesinas; la de Alejandro Cardona; las Danzoneras Coyoacán, Veracruz, la de Santa y su Nueva Danzonera, entre otras. ¿De qué vivirán sus músicos? Las reservas, sobre todo cuando son pocas, se agotan.

Antes, por razón del tiempo, que no ha aprendido a perdonar, desaparecieron aquellas danzoneras que fueron clásicas: las cubanas de Antonio María Rameu, Cheo Belem, Antonio Arcaño, Rodrigo Prats, Cachao y su Típica Gigante, la Moderna Tradición, Chepín y su Orquesta Oriental, la Orquesta Cuba, la de Frank Emilio Flynn, Orquesta Almendra de Abelardo Valdés, la de Antonio Arcaño y otras. De las mexicanas se fueron la de Veracruz de Pasos, Los Xochimilcas y los danzones con el mariachi de Pepe Villa. Había numerosas danzoneras con marimba, oaxaqueñas y chiapanecas.

¿Qué será del California Danzing Club, mejor conocido como el “Califas”, en donde se bailaba danzón los lunes? ¿De que vivirán los empleados, administradores, dueños y los “viene, viene” del Salón los Ángeles; el Gran Fórum; La Maraka, la plaza de la Ciudadela y otros salones o lugares de baile? Antes de la epidemia habían desaparecido el Salón Riviera, el Colonia, el Salón México, el Versalles y el de los Manantiales de Xochimilco.

Desde hace tiempo dejaron de componerse danzones de manera regular; los cantados, que caracterizaban a las danzoneras cubanas, como la de Cheo Belem, ya no se componen. Algunos recuerdan su Papá Montero:

Alguien alegará que en México también se compusieron danzones cantados que llegaron a ser clásicos, entre otros Juárez, La pajarera, Aquellos ojos verdes. No son ejemplos válidos. Juárez es un danzón cubano dedicado originalmente a José Martí; cuando se cantaba “Martí, no debió de morir, ay de morir”, no se atentaba contra la buena rima. En cambio, cuando se canta “Juárez, no debió de morir”, se rompe la métrica.

La pajarera y Aquellos ojos verdes, entre otros ejemplos, son dos canciones, muy bellas, por cierto, que se arreglaron para danzón.

En México, que yo recuerde, como danzón, danzón y no como un arreglo para danzón, uno de los pocos cantado es Karen, de Miguel González, que dice: “… qué me has dado vida mía, que ando loco noche y día, en espera de tu amor. Tu belleza, ha de ser mujer, lo que tiene loco mi corazón”.

Ya no se escuchan: el grito “Zacatlán de las manzanas, vámonos…”, “Danzón dedicado a la Sierra Madre y cerros que la acompañan”; el sonido del silbato del danzón Cadete constitucional, de Jacobo Rubalcaba, que ordena a la orquesta seguir tocando; el sonido de la campana y pito del danzón Ferrocarril central; el pregón: “Danzón dedicado a las momias de Guanajuato”; el llanto del niño en el danzón “¿Por qué llora el niño?” en la versión de los Xochimilcas; la trompeta a distancia que responde la llamada de la orquesta en el danzón Teléfono a larga distancia, de Aniceto Díaz; el timbre llamando a examen del danzón La Libre de Derecho, basado en la vieja canción El desterrado de don Manuel M. Ponce; y el solo de contrabajo del danzón Las alturas de Arteaga, ambos de la autoría de Miguel González Hernández. Las notas en tono menor del danzón Cecilia, uno de los danzones más bellos.

Los danzones de Arturo Márquez, por obrar en partituras y ser piezas de concierto están a salvo. Lo mismo pasa con el arreglo para orquesta de cámara del danzón La Libre de Derecho, del maestro Ignacio Medrano Fuentes.

Extrañamos la genial entrada del danzón Nereidas del oaxaqueño Amador Pérez Dimas; a los pachucos del “Califas”, de sombrero con pluma, saco al estilo Tin-Tán: largos, de colores vivos, zapatos de dos colores y paliacate. A las damas con sus peinetas y abanico. ¿Todavía habrá orquestas que sepan poner trampas a los bailadores y que los hacían perder el paso; habrá bailadores que no caigan en ellas?

Desde luego, los festivales, encuentros, seminarios, escuelas y concursos de danzón que se celebraban o existían en Veracruz, Oaxaca, Puebla, Ciudad de México, Mérida y otras ciudades, se suspendieron. Con el tiempo pocos se acordarán de Maru y Fredy, que fueron declarados campeones en algunos concursos. ¿Los acreditados maestros de danzón Irma Montero, Lilia Aguilar Iriate, Francisco Arellano y su esposa doña Francis, qué harán? Alejandro Martínez, Félix Rentería, Ulises Romero, El Chale, Carlos Medina y su esposa Lolita, con su grupo Isora ¿a qué se dedicarán?

De prolongarse la cuarentena, existe el riesgo de que desaparezca eso que ya hace un año eran fósiles vivientes. Se perderá la cultura del danzón; que ya no haya bailadores que sepan que hay que dejar de bailar, limpiarse el sudor y abanicarse, cuando la orquesta toca el estribillo; que se olvide cómo bailar y hacer florituras en el montuno. Que las damas deben estar sentadas esperando que haya un caballero que, con una ceremonia, las invite a bailar; que se comienza a bailar cuando cesa la introducción, en ese momento, con gestos elegantes, se da inicio al baile; que el danzón se baila en un ladrillo imaginario, moviendo la cadera con cuadro, paseo, columpio y montuno. Por desgracia todo esto, que es cultura, corre el peligro de perderse.

El danzón nació en Matanzas, Cuba; el primero Las alturas de Simpson de Miguel Failde, se tocó y bailó en un salón con piso de ladrillo el 1 de enero de 1879. Entró al territorio mexicano por Yucatán y Veracruz.