Cuando “El Chapo” buscó a la DEA…

En 1998, cuando Joaquín Guzmán Loera estaba preso en Puente Grande, contactó al agente de la DEA Joe Bond y ofreció informarle sobre lugares, personas y operaciones clave de sus rivales (los Arellano Félix, los Beltrán Leyva y Héctor Palma). Pidió a cambio que se anularan los cargos contra él en Estados Unidos. En 2001, ya prófugo, Guzmán reiteró la oferta. En un libro sobre el capo que empezará a circular en Estados Unidos en julio próximo, el periodista Noah Hurowitz relata ambas tentativas y cómo el entonces recién nombrado director de la AFI, Genaro García Luna, demostró no ser confiable.

Washington.- En marzo de 1998 Joaquín El Chapo Guzmán Loera se reunió en secreto con agentes de la DEA para ofrecerles información sobre los Beltrán Leyva, El Güero Palma Salazar y políticos mexicanos que protegían al narco; todo ello a cambio de que le perdonaran sus delitos en Estados Unidos, revela el periodista estadunidense Noah Hurowitz en su libro El Chapo, la historia no contada del más infame barón de las drogas del mundo.

Agrega que en septiembre de 2001, en otra reunión, El Chapo mandó a uno de sus hermanos a concertar otro encuentro con la DEA, al que asistió Genaro García Luna, quien traicionó a un representante de la dependencia federal estadunidense.

El autor confirma, en entrevista con Proceso, la reunión de 1998: “Por documentos de la Corte me enteré de dicha reunión. En 2019, a las afueras de ­Washington DC, me reuní con Joe Bond (uno de los agentes que asistió), quien me enseñó y explicó el reporte interno que él escribió para la DEA luego de haberse encontrado con El Chapo”.

La obra del joven reportero que cubrió las audiencias del juicio contra Guzmán Loera en 2018 y 2019 en la Corte Federal del Distrito Este en Brooklyn, Nueva York, saldrá a la venta en Estados Unidos el 20 de julio, bajo el sello Atria Books, de la editorial Simon & Schuster.

En el capítulo 5, “I am Tito” (Soy Tito), describe a un Chapo urgido de delatar a sus enemigos del Cártel de los Arellano Félix como argumento para no ser extraditado y juzgado en Estados Unidos. Aunque existía el rumor, nunca se había corroborado que Guzmán fuera uno de los tantos soplones que se acercó a la DEA.

“El 7 de noviembre de 1997 Joe Bond se encontraba en su oficina en la embajada de Estados Unidos en México cuando recibió una llamada de uno de los marinos que resguardaban las puertas de entrada al inmueble” –escribe Hurowitz en el citado capítulo–. “El marino le explicó que un hombre quería pasar un mensaje a su dependencia”.

Bond, de padre estadunidense y madre mexicana, nacido en la Ciudad de México, fue a la entrada de la sede diplomática, donde un individuo al que después se le asignaría la clave de Electra se identificó como cuñado del Chapo.

–¿De verdad? –respondió Bond, interesado y suspicaz.

–Sí –le dijo Electra. El Chapo deseaba hablar con la DEA.

La edición adelantada de la obra de Hurowitz que recibió Proceso del autor y la editorial destaca el reto que significó esa petición para Bond. El narcotraficante estaba preso en Puente Grande y por eso había que informarle al gobierno mexicano.

El agente de la DEA tenía que planear la reunión y encontrar a un funcionario confiable del gobierno mexicano que no filtrase la información. Bond eligió al entonces subprocurador José Luis Santiago Vasconcelos.

“Con toda la secrecía”, anota Hurowitz, Bond y Larry Villalobos, un colega de la DEA, iniciaron las conversaciones con Vasconcelos sobre la posibilidad de visitar al Chapo. “Finalmente, el 2 de marzo de 1998 Vasconcelos le informó a Bond que puede seguir adelante con el plan, siempre y cuando acepte que los acompañe un funcionario de la PGR, Pepe Patiño Moreno”.

Vasconcelos arregló las cosas para que los agentes de la DEA y Patiño entraran a Puente Grande haciéndose pasar por sociólogos a fin de evitar sospechas de los directivos y vigilantes del penal comprados por El Chapo.

Desprevenido

“El 4 de marzo –prosigue Hurowitz– Bond se puso en contacto con Electra y le dijo que le informara al Chapo que se reunirían con él en el futuro cercano. Al día siguiente la pequeña delegación voló a Guadalajara y fue en auto al penal de Puente Grande.”

Cuando los agentes de la DEA y Patiño se acercaron a la prisión, fue a su encuentro un grupo de guardias armados. Bond se identificó con una licencia de conducir falsa a nombre de José Bonillas y Patiño informó a los guardias que eran sociólogos. Los dejaron pasar sin más contratiempos.

Luego de cruzar los puntos de seguridad dentro de la cárcel, fueron conducidos a la sala de exámenes psicológicos, donde verían al Chapo.

“Después de unos 15 minutos, tal vez una media hora, un guardia abrió la puerta y condujo al hombre al que iban a ver. Se veía bien, como si hubiera perdido peso, estaba comiendo bien y hacía ejercicio. Una vez que Bond se cercioró que el guardia había salido, se presentó. ‘Buenas tardes’, saludó Bond al prisionero; ‘soy Tito’, le dijo, repitiendo el código que Electra le proporcionó para que El Chapo supiera que estaba frente a un representante de la DEA.”

Sigue Hurowitz: “Tan pronto salió de la boca de Bond el nombre clave, el capo palideció, cerro un poco los ojos. No sabía la fecha en que irían los agentes, no estaba preparado, lo agarraron descuidado.

“Sin decir palabra, El Chapo se tiró al suelo en la posición que se toma para hacer lagartijas y miró por debajo de la puerta para tener certeza de que nadie se encontraba cerca y escuchando, mientras Bond, Villalobos y Patiño lo observaban. Una vez que El Chapo se aseguró de que no había guardias tras la puerta, se puso de pie y los miró; comenzó a decir algo muy bajito que no entendieron, casi como un susurro. Bond le indicó al Chapo que todo estaba bien y se volvió a presentar junto con Patiño; y le indicaron que, aunque Pepe era de la PGR, ellos tenían plena confianza en él. El Chapo le lanzó una mirada a Patiño pero, con un movimiento afirmativo de la cabeza, aceptó. Nervioso, comenzó a lanzar un torrente de cosas sobre sus enemigos y de amenazas contra él.

“‘Están por todos lados’, dijo El Chapo. ‘Ellos, la gente que pertenece a los Arellano Félix, están en la Ciudad de México, Guadalajara y Aguascalientes’. Estaba preocupado porque fueran a tratar de matarlo a él, a su familia y a cualquiera que pudieran atrapar y asociarlo a él.

“Estaba despotricando contra todos, recuerda Bond. Le dije que se calmara. Bond se dio cuenta que El Chapo era de aquellos a quienes les gustaba tener el control de todo y quería demostrarle que eran ellos y no él quienes tenían las riendas del asunto.”

Cuando Guzmán Loera se tranquilizó, habló de su desconfianza hacia los funcionarios mexicanos, comentó que cuando fue detenido en Guatemala le ofreció a la PGR información sobre los Arellano Félix y que al gobierno le tomó más de una semana utilizarla contra al Cártel de Tijuana, por lo que decidió nunca más darle avisos a las autoridades mexicanas.

“Antes de decir más, El Chapo les aclaró que quería hablar fuera de la prisión, donde pudiera platicar cara a cara con uno de sus socios de confianza para tener información actualizada de sus enemigos y podérsela entregar a la DEA. Pidió garantías sobre su seguridad y la de su familia, y que se le absolviera de los cargos que le imputaban en Estados Unidos con la posibilidad de que pudiera defenderse de la extradición.

“En ese momento Patiño se puso duro. El Chapo estaba en prisión, le recordó, y cumpliendo una condena de 20 años.

“Bond intervino diciéndole al Chapo que tendría que proveer información que probara sus deseos de cooperar antes de que el gobierno de Estados Unidos considerara sus peticiones. El Chapo asintió solemnemente. ‘Voy a hablar con honestidad y les doy mi palabra por cada cosa que les diga’, prometió.”

El capo sinaloense les explicó la razón de su guerra con los Arellano Félix, que eran ricos, inteligentes y extremadamente peligrosos.

“Les advirtió que estaban en la práctica de enviar agentes dobles a trabajar como informantes de la DEA para recolectar información sobre las interacciones con los gringos. Que en los últimos seis meses él se enteró de que metían drogas por la frontera de Baja California con California. Nombró a los hombres responsables de negociaciones con colombianos. Cuando los agentes le preguntaron sobre la protección política que recibía el clan Arellano, El Chapo se cerró; se rehusó a hablar de políticos. ‘Son muy peligrosos’, les dijo.”

En ese momento Guzmán Loera soltó que deseaba hablar sobre su amigo y socio Héctor El Güero Palma Salazar.

Entre amigos

A decir de Hurowitz, la mención de Palma sorprendió a Bond, Villalobos y Patiño. Para ellos El Chapo y El Güero eran amigos y socios, ambos presos en Puente Grande luego de andar juntos afuera durante muchos años.

El Chapo les manifestó que llevaba unos cuatro años sin hablar con Palma y que su amistad se rompió en 1994, cuando El Güero, sin su consentimiento, ordenó el asesinato de Sal López, hermano de Griselda López, esposa de Guzmán.

“En 24 horas, les dijo El Chapo, podía darle a la DEA y a la PGR información sobre el paradero de bodegas de droga y armas; que con una semana de plazo proporcionaría información de la infraestructura de todo el grupo, incluyendo el nombre de los funcionarios corruptos que los protegían en Tepic, Nayarit, así como a lo largo de la frontera y en la ciudad de San Luis Río Colorado, por donde regularmente El Güero cruzaba las drogas.”

Para ello El Chapo solicitó, como condición, ser llevado a una cárcel en la Ciudad de México para reunirse con la gente que lo actualizaría, por el temor a que los Arellano Félix la identificaran y ordenaran matarla.

El encuentro del capo con los dos agentes de la DEA y el representante de la PGR duró unas dos horas, expone Hurowitz. Antes de que concluyera, el narcotraficante nacido en la ranchería de La Tuna, municipio de Badiraguato, les advirtió que “los Arellano Félix estaban planeando asesinar el exprocurador general de la República y en ese momento embajador de México en Francia (Ignacio Morales Lechuga), y culparlo a él del crimen. Quería que quedara claro que él no estaba involucrado en ninguna amenaza a funcionarios de la PGR”.

Hurowitz subraya que los agentes de la DEA y el funcionario de la PGR no se volvieron a reunir con Guzmán:

“Bond fue notificado por fiscales de Estados Unidos de que cualquier reunión en el futuro podría dañar las causas penales contra El Chapo y le ordenaron parar la comunicación. Bond estaba lívido. ‘Son territoriales, estos cabrones fiscales de Estados Unidos, los odio’, me dijo Bond. Claramente la orden, 20 años después, seguía siendo como una espina clavada para el agente de la DEA.”

Al final del capítulo quinto el autor narra que el 10 de abril de 2010 Patiño y dos de sus colegas (Óscar Pompa Plaza y el capitán del Ejército Rafael Torres Bernal) regresaban a México por San Diego, California, en donde participaron en un encuentro con el FBI y la DEA, ya que los tres estaban a cargo de las investigaciones sobre los Arellano Félix.

Las cámaras de video fronterizas grabaron el momento en que, a bordo de un auto, los funcionarios entraron a México por la garita de la Mesa de Otay. Después desaparecieron. Dos días más tarde los tres cadáveres fueron localizados dentro del automóvil en una zanja, como si hubiesen tenido un accidente. La autopsia demostró que fueron torturados con saña. A dos les reventaron la cabeza pasándoles autos por encima y a otro lo aplastaron con una camioneta.

“Bond sigue preguntándose si la horrorosa muerte de su amigo fue el resultado de la reunión en Puente Grande”, resalta Hurowitz.

La traición

El capítulo seis de la obra se llama, “An Excellent Surprise” (Una sorpesa excelente), y vaya que sí lo es para el lector.

Luego de que El Chapo escapara de Puente Grande en enero de 2001, al inicio del sexenio de Vicente Fox, Bond fue buscado por el capo del Cártel de Sinaloa, quien esa vez mandó como emisaria a su esposa Griselda, con el pretexto de solicitar en la embajada estadunidense la visa para ella y sus hijos.

La presencia de la segunda esposa del capo recién fugado de la prisión de alta seguridad causó tal revuelo en la embajada, que Bond recibió llamadas telefónicas desde Washington. Le cuestionaron si seguía en contacto con El Chapo contra las órdenes estrictas de evitarlo.

“‘Sé quién es usted’, le dijo Griselda cuando Bond bajó de su oficina para hablar con ella. Además de obtener las visas, ella tenía un mensaje para el agente: el hermano del Chapo (Arturo Guzmán Loera), El Pollo, quería contactarlo a nombre del capo fugitivo y pronto; El Pollo se pondría en contacto. Unas dos semanas después del encuentro con Griselda, sonó el teléfono de Bond.

“‘Es El Pollo’, anunció la voz. Bond le dijo que él le llamaría. Después del arresto de Electra asumía que sus contrapartes mexicanos estaban escuchando la conversación y desde un teléfono seguro llamó a Arturo un poco después.

“Bond sospechaba que El Chapo pretendía utilizar a la DEA para anular a quien se interpusiera en su camino. ‘Quería eliminar a la competencia –dijo Bond–. Y no lo pueden culpar, porque la DEA es la que se hace cargo de eso’.”

El Pollo, al igual que su hermano, tenía imputaciones de narcotráfico en Estados Unidos, por lo que Bond requería de la autorización del gobierno de México para poder encontrarse con él.

El conducto fue nuevamente Santiago Vasconcelos, el único en quien confiaba dentro del gobierno mexicano. Pero Genaro García Luna había sido recientemente nombrado por el presidente Vicente Fox como director de la Agencia Federal de Investigación (AFI). El autor del libro dice que Bond dudó si avisarle a García Luna de la petición del Pollo por temor a que lo arrestara y echara todo a perder.

Hurowitz recuerda las palabras de Bond; “Tenía que bailar con el diablo”.

Sin otra alternativa, tras consultarlo con Vasconcelos, el agente de la DEA accedió a ver al Pollo acompañado de García Luna, quien se hizo pasar por guardaespaldas de Bond. La reunión fue en una habitación de un hotel de lujo a 15 minutos de la embajada.

Una noche de septiembre de 2001, “El Pollo explicó que El Chapo deseaba sentarse a platicar con la DEA sobre la reducción de sus cargos, o por lo menos eliminar de la mesa la extradición: a cambio le daría información de sus rivales y particularmente de la familia Arellano Félix… El Pollo insistió en que desconocía el paradero de su hermano: que así lo había decidido El Chapo por el temor de que su propio hermano lo entregara si lo sometían a tortura. La reunión duró una media hora. Bond explicó al emisario del Chapo que había pocas posibilidades de que sus jefes o el gobierno mexicano aprobaran su petición”.

El agente de la DEA le dijo al Pollo que continuaran en comunicación e intercambiaron números de teléfono. “Menos de dos horas después, Bond regresó a su oficina a escribir el reporte sobre la reunión cuando sonó su teléfono. Era García Luna:

“–Joe, lo teníamos que arrestar –declaró García Luna.

“–¿Qué chingados? –preguntó enojado Bond.

“–Yeah, lo teníamos que levantar, la presión era intensa –le respondió.”

Furioso, el agente de la DEA colocó inmediatamente a García Luna entre su lista de funcionarios mexicanos en quienes no se podía confiar.

“Me sentí realmente mal, dijo Bond: 15 años después seguía sintiendo el aguijón de la traición de García Luna. ‘Di mi palabra, esa es una cosa, la otra: mi integridad, no quería que dudaran de mí, pero obviamente el arresto del Pollo generó la duda.”

El 31 de diciembre de 2004 El Pollo fue asesinado de siete balazos en el penal de máxima seguridad de La Palma.