Un largo y sinuoso camino han recorrido las mujeres en la conquista de sus derechos, para ser valoradas más allá de la visión masculina reduccionista de vírgenes o prostitutas. En El libro de la mujer, que Ediciones ER/Porrúa pone en circulación, la periodista y escritora Ivette Estrada ofrece su investigación histórica y crítica de la saga femenina que incluye el recuento de las luchas milenarias hasta los retos actuales. A sus cinco capítulos se añaden conclusiones y una bibliografía. Los fragmentos seleccionados de la introducción son reproducidos con autorización de la autora.
Los derechos de la mujer para algunos son una frase desgastada y rota. Una utopía para otros, tarea inacabada dirán unos, y hay quienes de plano consideran que es una “enloquecida y pervertida tontería”, como señaló la reina Victoria a Sir Theodore Martin en 1870.
Pero sin importar la percepción que se tenga de los derechos de la mujer, a través del tiempo y de diferentes culturas subyace una verdad dolorosa, admitida o ignorada: existe una notable desigualdad entre hombres y mujeres. En ellas, sin importar su nacionalidad o clase social, recaen distintos tipos de discriminación y su vida resulta más ardua. (….)
Asimismo, las oportunidades para la educación superior son menores para ellas que para los varones. Y en algunos casos, inexistentes. De hecho, el prejuicio de género en la educación superior y en el acceso a una preparación profesional es también perceptible en Norteamérica y Europa. A veces este tipo de asimetría se fundamenta en la idea de que los ambientes de mujeres y hombres son simplemente distintos. Y, a veces, en las propias universidades, se registran casos de acoso, bullying e incluso agresiones físicas y psicológicas. De alguna manera, existe una ley no escrita en la que se deben segregar a las mujeres de los ámbitos masculinos. (…)
Prejuicios y estereotipos de las sociedades machistas crean hombres que sólo se visualizan a sí mismos y a los otros como proveedores. Su valor está estipulado falsamente por el salario que devenga o las riquezas materiales que tiene. La visión reduccionista del hombre lo limita a ser un proveedor. (…)
Es paradójico: relegan a la mujer de actividades “típicamente” masculinas, pero a la par, al hombre se le vedan oportunidades en el arte o la pedagogía, por ejemplo. No sólo eso: nocivos patrones aprendidos de lo que debe ser un hombre o una mujer limitan la expresividad, comunicación y acompañamiento. Al hombre se le condena a andar solo y a establecer que las relaciones amistosas sólo son de trabajo y el género masculino resulta altamente competitivo.
¿Por qué la desigualdad entre hombres y mujeres, cuál es la raíz de esta inequidad milenaria?
Posiblemente una de las hipótesis más sólidas tiene que ver con la división del trabajo que segrega a la mujer a la vida privada y al trabajo no remunerativo. La monetización, entonces, recae sobre el varón.
Esta idea dota entonces de mayor importancia al proveedor que brilla en la vida pública mientras la mujer realiza las labores de la casa y su espacio de acción se reduce a la vida privada. Sí. Es confinada a donde no se toman decisiones, ni se realizan hazañas loables ni donde la historia cuenta nada. Paradójicamente, es en el hogar donde día a día construimos lo que somos.
Falta entonces un cambio íntegro, que reconozca la valía de hombres y mujeres en la vida, que rompa estereotipos y estigmas de las capacidades y el talento en uno y otro sexo, que no lo confine a cualidades predeterminadas y reduccionistas, que no se excluya y segregue a quien percibimos como diferente.
En la medida que cada uno de nosotros se valore a sí mismo, podrá respetar a los otros. Entonces podremos generar sociedades más ricas, solidarias, plenas y felices. Esos son, finalmente, los derechos de las mujeres.
En este momento afirmamos que existe desigualdad en los derechos y oportunidades que tienen los hombres y mujeres. Es vano argumentar una idea diferente. Vivimos en una sociedad patriarcal y sabemos que no siempre fue así.
En la prehistoria, ese periodo que abarca un millón de años, imperaba la gran diosa y múltiples imágenes de ella, al final sólo imágenes de las tres fases lunares o de la naturaleza que representaban la visión circular de la vida/muerte/regeneración. La naturaleza era un enorme femenino que reinaba en la tierra, porque en la era primitiva no existía el Cielo.
Hacia el año 4,000 a. C. guerreros indoeuropeos comienzan a modificar la visión de este mundo matriarcal y a la gran diosa de la naturaleza y sus abdicaciones, se extinguen a través de miles de años para que emerjan los masculinos dioses celestes del trueno y se imponga el patriarcado.
Pero antes de asumir un derrotista “así son las cosas”, veamos el mundo que vivimos ahora:
Las instituciones más férreas sobre las que se construye nuestra realidad afrontan una metamorfosis vertiginosa. Cada vez son más los que dicen adiós al celibato y al ahorro. Las fronteras nacionales desaparecen y las estructuras familiares se transforman. Los mercados crecen, el capitalismo muta, las culturas se fusionan, la tecnología no se detiene, el caos se cuela dentro del orden y ya sólo podemos esperar lo impredecible.
En este mundo donde las reglas y los patrones de antaño no tienen ninguna cabida, las personas ganan el control de sus destinos. El éxito en cualquier empresa depende de los individuos para combinar de forma inesperada la tecnología, las instituciones y los valores. La heterogeneidad es el signo de nuestra era, trátese de sexo, creencias, edades, profesiones o etnias.
Esto implica que el mito de los andróginos debe tener un final diferente. Esos seres autosuficientes que tenían dos cabezas, cuatro brazos y cuatro piernas concentraban un gran poder en sí mismos y despertaron el temor de los dioses, que decidieron partirlos en dos. Desde entonces los andróginos vagan en busca de su otra mitad. Esa es la historia original.
Ahora pensemos: la vida presenta cambios sustanciales e inmediatos. Nada es inamovible, y ante ese entorno vertiginoso tales seres tuvieron que asumir que no podían vagar indefinidamente en la busca de su otro yo. Las aparentes carencias en sí mismos se olvidaron y los andróginos se concentraron en catapultar toda la sapiencia y poder primigenio. Eran seres completos. ¿Y cuál era su sexo? Podrían ser uno u otro. Realmente esa característica no era determinante para aportar y crear.
Hoy se requiere que hombres y mujeres sepan que tienen un inmenso poder en sí mismos, que son únicos y desde esa unicidad logren percibir y valorar a los otros de la misma forma, aunque tengan colores, ideas y sexo diferente al suyo.
Tal percepción, por supuesto, genera un dios diferente. No eminentemente masculino o femenino, sino que tiene valores de uno y otro sexo: inteligente, capaz, bondadoso, comprensivo, emprendedor, honesto, digno y real. Es decir, todos los valores que admiramos a lo largo de nuestra vida. Un dios dentro de nuestra propia piel con la que daremos coherencia a un mundo aparentemente caótico, donde se fusionan los contrarios y conforman unidades más sólidas y holísticas.
Los derechos y oportunidades de la mujer ahora son un camino para generar una mayor riqueza y aprehender el pensamiento espiritual que estaba medio delineado y borroso hasta hoy.
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* Otros volúmenes de la autora nacida en la Ciudad de México: Remembranza de lunas, Siete senderos, Lo que guarda el corazón, Las voces de Dios y Legado dracónico: Autoengaño, autocompasión, autosabotaje (Vergara, Ediciones B).








