A partir de la tendencia a la baja de fieles de la religión católica y el incremento de los adeptos de las nuevas religiones de corte evangélico en América Latina, especialistas en el tema consideran que la alianza electoral de López Obrador con el Partido Encuentro Social en 2018 (hoy Partido Encuentro Solidario) abrió la puerta a que, como sucedió en Brasil, los pastores de esas Iglesias ganen terreno político e impongan su agenda conservadora.
México y Brasil son los principales bastiones de la fe católica en el mundo, con 262 millones de fieles que profesan esa religión; pero en ambos países el avance de las Iglesias evangélicas amenaza ese predominio.
Y los presidentes de las dos naciones, Andrés Manuel López Obrador y Jair Bolsonaro, no sólo conocen muy bien esta realidad, sino que la intentan capitalizar políticamente, asegura Rebecca Bartel, profesora del Departamento de Estudios de la Religión de la Universidad Estatal de San Diego.
En entrevista, Bartel sostiene que López Obrador ha sido sensible a la reconfiguración religiosa que vive México “y eso explica su alianza” con el Partido Encuentro Solidario (PES), una organización política cristiana.
En una investigación realizada por el Pew Research Center en 2014, México aparecía como el país latinoamericano con mayor porcentaje de católicos después de Paraguay, con 81%, a pesar de que desde 1970 los fieles de esa religión han disminuido en 15 puntos.
En los censos de población realizados por el Inegi, los católicos mexicanos son incluso menos. En 2020 representaron 71.6% de la población, casi cinco puntos menos que en 2000, cuando eran 76.5%.
En contraste, el porcentaje de evangélicos mexicanos casi se duplicó entre 2000 y 2020 al aumentar de 6.6% de la población a 12.8% en ese lapso, según los datos del Inegi, que estima en 16.1 millones el número de fieles de las Iglesias cristianas en México.
Juan Carlos Donoso, académico de la Universidad de Michigan y uno de los investigadores del estudio del Pew Research Center en 2014, dice a este semanario que la tendencia a la disminución de católicos y el aumento de evangélicos se mantendrá en México “al menos esta generación”.
Bartel considera que aunque López Obrador puede compartir aspectos de la agenda conservadora del PES, lo que él busca en esa organización no es un referente ideológico, sino votos y respaldo a su proyecto político.
“Es una relación de interés mutuo, de utilización mutua –dice la académica–, en la que López Obrador amplía su base electoral y la zanahoria para el PES es lo que gana políticamente, sin importar que sea una agrupación conservadora, de derecha. Y tampoco se puede decir que el presidente de México sea realmente progresista.”
El filósofo, teólogo, sacerdote jesuita y doctor en estudios políticos de la Escuela de Estudios Superiores de Ciencias Sociales de Francia, José Darío Rodríguez Cuadros, dice a este semanario que “políticos carismáticos y caudillistas, como López Obrador, suelen establecer vínculos muy estrechos con los grupos evangélicos porque éstos están habituados a ese estilo de liderazgos”.
También Jair Bolsonaro llegó a la Presidencia de Brasil con el respaldo mayoritario de las Iglesias cristianas, lo mismo que Donald Trump en Estados Unidos en 2016, y en Colombia el expresidente Álvaro Uribe es el político favorito de millones de evangélicos.
“Al acercarse a esos grupos, López Obrador va a tener seguidores que lo verán como el presidente enviado por Dios”, señala Rodríguez Cuadros.
Los grupos evangélicos, añade, han adquirido “una fuerza enorme y que cada día es mayor”. Por eso los partidos y los políticos tradicionales “instrumentalizan a las Iglesias evangélicas, y esto lo aprovechan los pastores para obtener poder político”.
Según él, “lo que no es sano es convertir las posiciones religiosas en posiciones políticas y ver convertidos en políticos a pastores que quieren imponer sus valores al resto de la sociedad, como lo han hecho durante siglos sectores conservadores de la Iglesia católica”.
El referente brasileño
Todos los partidos políticos evangélicos de América Latina –desde el PES en México hasta Justa-Libres en Colombia– tienen la mirada en Brasil, donde las nuevas religiones cristianas han logrado convertirse en un poderoso actor político. Con 105 diputados federales y 15 senadores (la quinta parte del Congreso), esos grupos tienen creciente participación en el gobierno del ultraderechista presidente Bolsonaro, cinco de cuyos ministros son cristianos.
Los 24 millones de fieles evangélicos que votaron por Bolsonaro fueron decisivos para llevarlo a la Presidencia. Sin esos sufragios, hoy el presidente de Brasil sería el izquierdista Fernando Haddad, quien perdió por 10 millones de votos en la segunda vuelta electoral de octubre de 2018.
Los evangélicos brasileños tienen alcaldes, gobernadores, cargos de alto nivel en los ministerios y en las empresas estatales y una presencia cada vez mayor en los gobiernos locales. En elecciones, acuden a sus templos para hablar sobre la “bendición” que significa la llegada de esas congregaciones religiosas al escenario electoral.
El doctor en filosofía Glauco Barsalini no cree, sin embargo, que el creciente poder político de los evangélicos sea una “bendición”:
“Los políticos evangélicos tienen los mismos vicios que los políticos tradicionales –dice el experto a Proceso–: muchos están involucrados en casos de corrupción, usan el clientelismo religioso y la manipulación de la fe para ganar votos y sus posturas son fundamentalistas, excluyentes e intolerantes con la pluralidad. Ellos no tienen un proyecto religioso, sino un proyecto de poder.”
Estos grupos defienden una agenda ultraconservadora que incluye el rechazo al aborto, a los matrimonios entre parejas del mismo sexo, a la eutanasia, a la diversidad sexual y a la despenalización del consumo de mariguana. Son tan conservadores como los católicos tradicionales, a los que se unen para defender “la familia tradicional”.
“Brasil se ha convertido en un referente para todos los evangélicos por el poder que han ganado allá. Muchos líderes cristianos de Colombia, de México, de Perú, de Chile, están viendo cómo lograron eso para importar el modelo”, dice el pastor y líder de la Iglesia cristiana Tabernáculo de la Fe en Colombia, Héctor Pardo.
Asuntos de familia
Líderes evangélicos de la región se han ocupado en los últimos años de estrechar relaciones con sus pares brasileños. Es el caso de la pastora colombiana Emma Claudia Castellanos, quien en 2004 fue nombrada por el entonces presidente, Álvaro Uribe, embajadora de Colombia en Brasil.
Durante el año y meses que permaneció en el cargo, Castellanos conoció de cerca la experiencia brasileña y creó sólidos vínculos con grupos y líderes cristianos brasileños, lo que la llevó a desatender sus labores como embajadora, según denuncias del personal de la sede diplomática.
Sara Castellanos, la hija menor de Emma Claudia, está casada con el brasileño Laudjair Guerra, hijo de un pastor del mismo nombre.
A su regreso a Colombia, en 2005, la pastora Emma Claudia le dio un nuevo impulso a su carrera política, que había iniciado en 1989 junto con su marido, el poderoso pastor César Castellanos, cuando crearon el Partido Nacional Cristiano (PNC).
El pastor Castellanos fue congresista por el ya desaparecido PNC y es fundador de la Misión Carismática Internacional, la Iglesia evangélica más grande de Colombia, con presencia en 10 países latinoamericanos, y para facilitar el pago de diezmos a su feligresía acepta tarjetas de crédito y de débito.
La pastora Emma Claudia es senadora por el partido Cambio Radical y su hija Sara es concejal de Bogotá por el Partido Liberal. La familia no tiene preferencia por algún partido; escucha propuestas y, dependiendo de la oferta, decide qué bandera izar. Proceso solicitó entrevistas con la senadora Castellanos y con su hija Sara, pero no obtuvo respuesta.
En México, el evangelista Hugo Éric Flores Cervantes, líder y fundador del PES, fue senador suplente del PAN, funcionario en el gobierno de Felipe Calderón y diputado federal suplente del PRI.
Esta mezcla de religión, militancia transversal y el negocio de la fe es muy propia de gran parte de las Iglesias evangélicas, que en Brasil lograron duplicar su feligresía en dos décadas. Los evangélicos hoy constituyen 30% de la población de ese país y un porcentaje similar de los votantes.
“Lo que hemos visto en estos años en Brasil es que los evangélicos no buscan ampliar la democracia y los derechos humanos. La generalidad de ellos busca conseguir y mantener los mismos privilegios que ha conseguido históricamente la Iglesia católica en su relación con el Estado”, dice Glauco Barsalini, profesor de la maestría en ciencias de la religión de la Universidad Católica de Campinas.
Señala que, como todo proyecto de poder, el evangélico en Brasil involucra, por lo general, muchos intereses económicos que se ocultan en una maraña de moralismo, oportunismo político y la negación del paradigma de la pluralidad en un Estado laico.
El pastor Edir Macedo, fundador y líder de la Iglesia Universal del Reino de Dios (conocida en otros países como “Pare de sufrir”), tiene una feligresía de más de 20 millones de personas sólo en Brasil, es dueño del conglomerado de medios Record y su fortuna se estima en mil 100 millones de dólares.
Él no aspira a ningún cargo electoral, pero promueve a sus pastores y fieles a través del partido de su Iglesia, el Republicano Brasileño. Apoya de manera entusiasta a Bolsonaro y su agenda ultraconservadora, igual que en el pasado apoyó a los presidentes centroizquierdistas Dilma Rousseff y Luiz Inácio Lula da Silva.
El sobrino de Macedo, Marcelo Crivella, quien considera la homosexualidad una “conducta maligna”, fue alcalde de Río de Janeiro y senador y enfrenta varias acusaciones de corrupción y lavado de dinero, lo que no afecta los negocios del tío, que siguen prosperando con apoyo de publicidad oficial y privilegios estatales.
El pastor colombiano Héctor Pardo está en desacuerdo con que las Iglesias se conviertan en “partidos políticos confesionales”; es un crítico del “clientelismo religioso-electoral” y de la “manipulación” de los fieles para que “voten por quienes digan sus pastores”, y cree que los evangélicos deben participar en política como individuos, no como representantes de su fe.
“Corremos el riesgo de que se desdibujen nuestros principios cristianos. Cuando la motivación es el poder por el poder, ya nos alejamos de esos principios”, dice el pastor a este semanario.








