En los márgenes de la CDMX y Morelos, dentro del bosque de San Miguel Topilejo, se extraen de manera clandestina alrededor de 50 toneladas de madera al día. Habitantes de esa comunidad originaria han sido golpeados y amenazados de muerte por los talamontes que ahí operan. Con tal de mantener a salvo la integridad de los árboles, los defensores ecológicos en Topilejo se han vuelto expertos en explorar los senderos y su espacio aéreo, lo mismo para combatir incendios que para documentar la devastación en la alcaldía de Tlalpan.
Los troncos permanecen heridos en un paisaje convertido en cenizas. En el paraje Astillero Viejo, en el bosque limítrofe con Morelos, pinos enormes se desparraman en el terreno sobre zacates chamuscados, abonando a una geografía trastocada por las motosierras y el fuego.
“Hay un descontrol de la tala clandestina en el último año; se llegan a tirar hasta 100 árboles al día. Es una zona complicada, los incendios son provocados por los mismos talamontes para distraer, para limpiar zonas boscosas y poder cometer su delito”, cuenta uno de los brigadistas que recorre cotidianamente los caminos del bosque.
Dentro de ese bosque dominado por distintos tipos de pino, cada sendero tiene un trazo distinto, donde es fácil extraviarse. Los teporingos –un grupo de guardabosques comunitario, así llamados por el animal en peligro de extinción– conocen sus caminos y el proceso de deterioro que ha sufrido el área en los últimos meses, no sólo por la tala clandestina, sino también por los incendios que diariamente localizan y controlan con brechas de tierra.
Como si fuera un pórtico al ecocidio, una estrecha vereda permanece bloqueada con troncos y copas de pino mutiladas, advirtiendo la presencia de talamontes en la zona. “Este derribo lo hacen para que no suban las camionetas, para que no tengamos acceso a los árboles que derriban más adelante”, comenta el brigadista antes de luchar por desbloquear el camino. Mientras la cuadrilla de teporingos arrastra un tronco para usarlo como palanca, explica: “Con éstos ruedan los trozos de madera para subirlos a la plataforma, se les llama caballos”.
Los talamontes son expertos en derribos direccionales. Con una motosierra y un machete realizan muescas al pie de los árboles. La madera cruje algunos segundos y luego el tronco se desploma sobre otros troncos que funcionan como rieles para cargar en vehículos. Una vez en el suelo, eliminan las ramas y la copa es utilizada para bloquear los caminos que conducen a los parajes deforestados.
En uno de sus recorridos de vigilancia en el mismo paraje, el 20 de noviembre pasado, el sonido de las motosierras desgarrando la corteza de los árboles llamó la atención de la comunidad agraria. “Eran como las seis de la mañana cuando se oye el primer derribo: ¡plaf!”, cuenta uno de los integrantes del Comisariado de Bienes Comunales.
Recuerda un diálogo con las autoridades que en esa ocasión los acompañaban en un operativo para detener a los talamontes.
–Nosotros conocemos el bosque. ¿Quieren agarrar a los talamontes o nomás espantarlos? –ofreció el comunero.
–Vamos a agarrarlos –exclamó un agente de la Procuraduría Federal de Protección al Ambiente (Profepa).
–Pero vamos a estar conscientes de que nos van a aventar de balazos, nos pueden golpear y hasta matar. ¿Quieren?
–Sí, adelante –indicó un mando de la Guardia Nacional (GN).
Los representantes comunales, acompañados de dos agentes de la Profepa y una docena de elementos de la GN se encontraron de frente con una de las camionetas cargada de madera. Los talamontes dispararon al aire, abandonaron el vehículo y corrieron en varias direcciones. Veinte minutos después, alrededor de 80 talamontes regresaron por el botín.
–Vamos a seguir, no nos van a sacar, somos más –fue la advertencia de los talamontes al calor del encontronazo.
“Se pusieron bien agresivos y nos amenazaron. Nos decían: ‘Si no nos dejan trabajar, los vamos a matar’. Se reían, se engrandecieron porque la Guardia Nacional no hizo nada. Nos tuvimos que tragar la impotencia y el coraje. Hemos pensado en armarnos, pero no es fácil, necesitamos un arma, no para andar buscando problemas, es una zona caliente y por eso debemos entrar resguardados”, explica con aire de resignación.
En una de las fotografías tomadas ese día por los comuneros se observa una camioneta roja con nueve troncos anchos cargados en el paraje Astillero Viejo. La monotonía verde del paisaje anterior a la tala quedó registrada en Google Maps, donde en dichas coordenadas se apreciaba el follaje cerrado en el bosque, ahora transformado en un horizonte gris donde los zacates apenas comienzan a retoñar de un mazacote de ceniza.
–¿Quiénes son los talamontes? –se le pregunta.
–Son toda una banda de criminales muy bien organizada. Traen radios, motosierras, camionetas y armas largas. No son de la comunidad, pero sí de sus alrededores.
–¿Qué otro tipo de amenazas han recibido?
–En una ocasión golpearon a los caseteros del paraje Tepeyehual. Les dijeron: “Los dejamos vivos, pero lleven ese mensaje al comisariado: que si no nos dejan chambear los vamos a matar”.
–¿Se podría alcanzar un diálogo con ellos?
–Son asesinos de árboles. El ser humano se defiende, pero un árbol fiel muere ahí, con el monstruo de la motosierra y nadie protesta. El único defensor que tiene el árbol somos nosotros. El árbol a gritos pide auxilio. Que actúen las autoridades, es su trabajo, las leyes deben ser más severas respecto a ese delito.
El gobierno los deja solos
En un campo de cultivo se forma una gran nube de tierra, densa y café como si de pronto una montaña obstruyera la visión. “Se ve una polvareda, monitoréame a ese vehículo”, informa por radio uno de los brigadistas camino al paraje de Tepeyehual, a pocos kilómetros de Astillero Viejo.
“En esa otra lomita hay mucho derribo”, dice otro, mientras traza un circulo imaginario como si tuviera un compás en la mano. Él y los demás comuneros y brigadistas entrevistados acordaron por mayoría no dar sus nombres, debido a que no cuentan con garantías de seguridad.
Troncos amontonados, despedazados, astillados, con la corteza colgando dominan lo que poco a poco se va convirtiendo en un gran patio. “Aquí empieza el tiradero”, dice un teporingo, señalando hacia las faldas de un monte que tiene al menos tres árboles caídos, algunos pinos enclenques con las ramas bajas chamuscadas y una docena de troncos regados. Sólo quedan algunos pinos en pie con las hojas cafés por las llamaradas de uno de los incendios.
En el paraje Tepeyehual, sentado sobre un tronco junto a botellas de gasolina deformadas por el fuego, uno de los integrantes de la comunidad agraria da cuenta de ocho hectáreas arrasadas: “La tala viene primero y nos rematan con el incendio. Ya son más de mil hectáreas devastadas por la tala y los incendios que ellos mismos provocan. Hacen mucho daño a los bosques de San Miguel Topilejo. No les basta con llevarse la madera, todavía le pasan a prender, como de burla”.
En medio de las ramas, uno de los integrantes de la brigada despega el dron de la comunidad. Todos lo miran como si fuera una nave espacial. Con sus alas de plástico y su cámara de alta resolución revisa los caminos más secos, las veredas, las tolvaneras. “Vamos a volar el dron para asegurarnos de no correr peligro”, dice el operador cerca del paraje en el kilómetro 45 de la carretera rumbo a Tres Marías.
El uso del dron ha ampliado la comprensión de la comunidad sobre el territorio, ya que, por un lado, funciona para identificar y explorar las zonas devastadas y, por otro, para inspeccionar los caminos y los movimientos dentro de la reserva. Volar el dron les ha permitido elaborar una cartografía de la deforestación que puntualmente van actualizando en una bitácora.
En ese páramo de tocones mutilados e incendiados, los integrantes de la comunidad de San Miguel Topilejo han documentado con coordenadas al menos 78 sitios donde se ha observado tala clandestina desde hace dos años. Un ojo vigilante en busca de camionetas ajenas o taladores en acción, a falta de autoridad.
Como parte de su investigación comunitaria han logrado identificar al menos 20 aserraderos clandestinos en los alrededores del Ajusco y Lagunas de Zempoala (Proceso 2296).
Las denuncias interpuestas por la comunidad se remontan al 23 de julio de 2020, cuando decidieron dar a conocer la tala de al menos 90 árboles.
El 23 de diciembre pasado, después de seguir sufriendo amenazas, el Comisariado de Bienes Comunales de San Miguel Topilejo envió una carta a la jefa de Gobierno de la Ciudad de México, Claudia Sheinbaum, en la que expusieron la problemática de la deforestación:
“Nuestros recursos naturales se han visto dañados y amenazados por talamontes que ingresan a nuestro territorio de manera clandestina, en grupos organizados y portando armas de fuego, devastando grandes áreas de bosque.”
Hasta enero de 2021 la comunidad agraria interpuso 21 denuncias por tala ilegal, saqueo de tierra, hostigamiento y amenazas de muerte.
El pasado 13 de abril también se manifestaron en Palacio Nacional, donde exigieron “acciones inmediatas contra la tala de los bosques” y entregaron un pliego petitorio en el que solicitaron un “plan de protección para el pueblo de San Miguel Topilejo, en lo concerniente a la tala ilegal, el saqueo de tierra y la salvaguarda de la flora y fauna”.
Esa misma semana les presentaron a las autoridades diversos documentos y fotografías que daban cuenta de las actividades de los talamontes en la zona. A cambio recibieron elementos de la Policía Ambiental de la Secretaría de Seguridad Ciudadana de la Ciudad de México, autonombrados Faunos, que vigilan con subametralladoras la zona urbana de San Miguel Topilejo, a pesar de que dicho agrupamiento “se encarga de vigilar todas las zonas agrestes y boscosas, con el objetivo de evitar invasiones, tala clandestina, y el uso de estas áreas como tiradero de basura”, según la propia dependencia.
Sin embargo, “cuando pasa la efervescencia del papeleo nos dejan solos y estamos amenazados; al final no sabemos qué va a suceder con nosotros”, explica una de las integrantes de la comunidad.
A pesar de que en noviembre de 2015 México se sumó a la iniciativa “deforestación cero al 2030”, camiones cargados de troncos o madera procesada recorren las carreteras de la zona conurbada sin un rumbo aún conocido. “Cuidemos el bosque, no encienda hogueras”, se lee en la carretera poco antes de uno de los accesos a las 9 mil 950 hectáreas del bosque de la comunidad de San Miguel Topilejo.
–¿Qué papel juega Topilejo dentro del ecosistema? –se le pregunta a una ambientóloga que acompaña a los comuneros.
–El bosque es el filtro de sobrevivencia del ser humano, produce agua y aire. Por ignorancia o por ambición nos quitan la vida, desequilibran el ecosistema del planeta porque también se está acabando la fauna y los acuíferos. Después de la tala vienen las plagas que se meten a las raíces, por eso necesitamos proyectos para levantar este bosque que nos han talado. Este problema no sólo incumbe al pueblo de Topilejo, sino a la Ciudad de México entera. Vía satélite ya se ven los patios que van dejando sin árboles de más de 100 años de vida. Se viene un gran problema para el resto de los árboles, necesitamos prevenir la plaga y no esperar otro año de papeleo.








