En medio de la oscura noche de un mes de 1791, un hombre con el bicornio hundido hasta los ojos y embozado toca fuertemente la puerta de la casa marcada con el número 970 de la calle Rauhenstein de Viena, capital del imperio austro-húngaro. Una casa de lo que hoy llamaríamos clase media. A quien le abre, un treintañero pálido, ojeroso, evidentemente enfermo, le entrega una bolsa con dinero y le dice que es el adelanto por componer un Requiem. Sin agregar mucho más se vuelve y pierde en las nocturnas sombras…
La imagen quedó grabada en millones de hombres y mujeres que, en los años ochenta del siglo pasado, vieron Amadeus, la famosa película de Milos Forman que dio la vuelta al mundo y, una vez más, puso sobre la mesa la interrogante de qué fue lo que ocasionó la muerte del más grande genio musical que haya conocido la humanidad, Wolfgang Amadeus Mozart.
La película, cuyo antecedente es la versión teatral del mismo Forman y otra del poeta ruso Alexander Pushkin, cuenta que quien recibió el encargo fue el mismísimo Mozart –ya gravemente enfermo–; y el embozado, un enviado de un aristócrata con pretensiones de compositor que encargaba obras para presentarlas con su nombre, y la misa de difuntos se tocaría en las exequias de su esposa, también muy enferma.
La película nos dice también que el genio de Salzburgo había sido envenenado por su rival musical, Antonio Salieri, desplazado de los favores de la corte que prefería la música de Mozart. La versión de esa rivalidad y el envenenamiento se extendieron tanto o más que la película. El tiempo, las investigaciones serias y la ciencia se han encargado de desmontar tales supuestos. Salieri respetaba y admiraba a Mozart y, por supuesto, jamás lo envenenó.
Doscientos veintinueve años después y a miles de kilómetros de Viena (donde Mozart falleció el 5 de diciembre de 1791), en la Ciudad de México el doctor Adolfo Martínez Palomo, miembro de El Colegio Nacional, nos regala una interesantísima conferencia-concierto para recalcarnos que el genio no fue envenenado y que muchas más otras causas pudieron ocasionar su muerte. Médicamente se han investigado y se tienen registradas en este momento 184 posibles. La más probable: Insuficiencia renal terminal.
Lo que sí se sabe es que Mozart fue enterrado en una fosa común cuya ubicación se desconoce. Y también aquello que de manera magistral sintetizó José Emilio Pacheco: La corriente de Mozart tiene la plenitud del mar y, como él, justifica el mundo.
Esa corriente fluida, prístina, eterna, estará por siempre y para siempre con nosotros. De ahí que la charla no podía quedarse en eso, era imprescindible incluir así fuera una gota del caudal inmenso que es la creación de Mozart; por ello, el pianista Sergio Vázquez, la mezzosoprano Verónica Alexanderson y la soprano Anabel de la Mora cerraron con auténtico broche de oro esta noche iridiscente con, entre otras, la tremenda “Der holle rache” –aria de La Reina de la Noche de La Flauta Mágica–, la gratísima “Voi che sapete” –de Bodas de Fígaro–, la Sonata para piano No. 18 –última del gran compositor– y, para dejar un dulcísimo sabor de boca, el simpatiquísimo dúo “Aprite, presto aprite” –igualmente de Bodas de Fígaro.
Por la reclusión forzada pero voluntaria, la conferencia-concierto La muerte más lamentable del arte está disponible, gratuitamente, en la página de El Colegio Nacional www.colnal.mx.








