Querida Silvia, me pidieron que escribiera una reseña de tu libro La República Española en un pañuelo. Recuerdo de infancia (Cuadernos del Seminario) para la página de Cultura de la revista Proceso y, en cambio, lo que me nace es escribirte a ti, como si esto fuera una carta enormemente agradecida, como si fuera una respuesta a las entrañables cartas con las que comienza tu libro. Quien abra sus páginas entenderá profundamente la grandeza que significó y sigue significando el exilio español en México, no sólo por parte de los que llegaron en barcos trasatlánticos después de haber luchado por la justicia y la libertad, sino también por parte de quienes los recibieron en México con los brazos abiertos. La amalgama de ambas partes sin duda floreció como un renacimiento para la cultura mexicana, pero, mucho más importante que eso –y ahí es donde está la gran riqueza de tu libro–, hizo florecer los valores más entrañables del ser humano: la generosidad y el agradecimiento.
Desde las primeras páginas nos sorprende la ternura con que describes a tu familia y a todos los que rodearon esos años en la maravilla de tu casa. Cómo acaricias con tu narrativa a aquellos hombres y mujeres que venían expulsados de su tierra: presos políticos, sobrevivientes de campos de concentración, escritores, músicos, cineastas que vinieron a construir su mundo en tierras mexicanas. Te imagino Silvia, sacando de los sobres los manuscritos de esas cartas, deshilando su memoria prodigiosa, te imagino riendo, caminando, llegando a casa de alguien que prepara una tortilla de patatas. Es entrañable cómo describes esas pequeñas cosas que van tejiendo los días. Se trata de un camino de la memoria guardada en un racimo de cartas, una mina de luz en el silencio de los años.
Regreso a él y las lágrimas me saltan, me lleno de nostalgia, de amor, de alegría, de tristeza; toda esta bomba de sentimientos me invade, y no me ha permitido ni siquiera decirte a ti que este pañuelo que te dejó prendido en tu vestido blanco doña Filo, es una joya, un bálsamo que me llega hasta el fondo del corazón. Me emociono porque en esas cartas tuyas, atadas con un lazo de seda que alguna vez fue rojo, están también las mías, las de mis padres, las de mis tíos, las de mis primos.
Quizá pienses que soy una exagerada y hasta me da pena decirte todo lo que siento; seguramente tengo atorado el llanto desde hace mucho tiempo y tu libro maravilloso consiguió romper las compuertas de una tristeza de años. Me emociona cuando empiezas a dibujar tu infancia con una prosa transparente. Eras muy pequeñita cuando murió tu padre Héctor Pérez Martínez, que dejó viuda con cinco hijos a tu madre María Celis Campos. Vas desatando la memoria gota a gota. Vas dibujando a los amigos de tu padre, los entrañables intelectuales del exilio español y de otros exilios: Juan Rejano, León Felipe, José Herrera Petere, Enrique Díez Canedo, Antonio Rodríguez Luna, Max Aub, Gilberto Bosques, Luis Cardoza y Aragón, Juan de la Cabada y muchos otros. Todos ellos también formaron parte de mi entorno, de mi infancia, pues mi padre era el médico de muchos de ellos, de ahí la gran emoción que me produce leerte, en tu libro consigues que todos ellos regresen, como si los volviera a ver, hasta sus voces puedo escuchar gracias a tu pañuelo.
No sé qué más decirte Silvia, siento un profundo agradecimiento por permitirme caminar contigo, mirar desde los ojos de tu infancia, ir contigo al cementerio, brincar entre las tumbas y los monumentos, conocer a tus hermanos: Javé Peye, Chachita, Quito; a tu hermosísima madre, a ese padre tuyo que, según escribió Fernando Benítez, hubiera sido presidente de México y que cobijó a los que llegaron de España, les dio trabajo en El Nacional, a Juan Rejano, a Elvira Gascón y a otros; y los hizo sus entrañables amigos. Asomarme a la ventana de “las Franciscas”, a tu tía Refugio y a su esposo don Rafael Sánchez Ocaña, cuya historia no tiene desperdicio. Y luego llegar a doña Filo, “la de la letra de hormiguita”, que “de su boca caían las palabras como gajos de mandarina jugosa” y que fue quien te dio ese pañuelo blanco con sus iniciales que colgó de tu vestido “para que no lo pierdas”. Revivir contigo la memoria de los poetas, los pintores, los médicos.
Gracias Silvia por este pozo de sueños, por esta mina de luz en el silencio de los años.
(*) Ciudad de México (1948), escritora, poeta, periodista y editora con maestría en Antropología Social. Coautora del libro Evocación del 68, publicado por la editorial Siglo XXI. Su más reciente poemario: De la Mano del Viento.








