La crisis de los albergues saturados

La política migratoria que Donald Trump dejó y el cierre de las fronteras obligado por la pandemia detonaron la saturación de albergues en las urbes fronterizas. Coincidente con el arranque del gobierno del presidente Joe Biden, el aumento de migrantes, y sobre todo de niños que viajan solos, agrava la situación que enfrentan los gobiernos de Estados Unidos y de México y quienes se arriesgan en busca de mejores condiciones de vida. 

CIUDAD JUÁREZ, CHIH.– “¿Cómo vamos a extrañar un país delincuente que hay allá?”, dice Diego en México ante el puente internacional Paso del Norte, a unos días de ser expulsado de Estados Unidos junto con sus padres y cuatro hermanos.

De 15 años, Diego –su verdadero nombre se oculta por motivos de seguridad– vive frustrado el sueño de cruzar hacia Estados Unidos; a diferencia de él, cientos de menores de edad viajan y cruzan solos, lejos de sus familias, en el contexto de una nueva crisis migratoria agravada por la pandemia de covid-19.

De acuerdo con el jefe del Módulo para la Atención de Niñas, Niños y Adolescentes migrantes del DIF del estado de Chihuahua, José Alfredo Villa, en este 2021 se han disparado los casos de menores no acompañados que cruzaron hacia territorio estadunidense y fueron expulsados de ese país; el año pasado 180 menores de edad centroamericanos no acompañados fueron deportados en Ciudad Juárez y en menos de tres meses de este 2021 ya suman 100 los casos. 

Si bien 2020 cerró con 700 menores de edad mexicanos repatriados, al cierre del primer trimestre de 2021 van 500 casos; la mayoría proviene de Guerrero y Chiapas. 

Desde octubre último, la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza de Estados Unidos documentó un incremento de 114% en las deportaciones de menores de edad que viajan solos, cuando en cinco meses registraron 29 mil 729 casos; en contraste, en 12 meses del ejercicio fiscal anterior la suma total de los reportes fue de 33 mil 239. 

Desde hace una semana, el área de Atención a Migrantes de la Comisión Estatal de Población (Coespo) recibe diariamente entre 130 y 200 personas deportadas diariamente en grupos en el puente internacional Paso del Norte y entre 50 y 150 todos los días desde marzo por el puente internacional Palomas, en el municipio de Ascensión.

Diego viaja con sus hermanos de 18, 10, cinco y dos años. La familia decidió huir de Honduras cuando a su papá le dieron 12 balazos en un asalto. El señor sobrevivió y muestra una de las heridas que lleva en el vientre, con una sonda para evitar que se le infecte. 

“El sueño de nosotros es llegar allá”, dice el adolescente al tiempo que mira hacia la ciudad de El Paso, Texas. “Me gustaría estudiar para ser ingeniero o abogado”.

Este joven cuenta que tuvo que dejar la escuela porque todos los días era golpeado y la policía nunca hizo nada.

“Teníamos amigos, nos llevábamos bien, jugábamos y no teníamos ningún vicio. Pero ahora ya todos ellos se metieron al vicio. Ahora nosotros queremos una vida mejor”, agrega Diego.

A esta familia migrante le gusta Ciudad Juárez, ven la urbe fronteriza como una opción para quedarse, aunque también saben que no será fácil. Lo que tienen claro es que a Honduras ya no regresarán.

El padre de Diego asegura que su carácter es de una persona calmada. “Fui agredido como no se imagina. Lo que queremos es conseguir un lugarcito dónde estar y trabajar”. 

En otro sitio, también frente al puente internacional Paso del Norte, está Monse, una niña de cuatro años que abraza a su joven madre que no para de llorar. Vienen de Guatemala. “Tuve que escapar para salvar a mi hija. La quisieron matar porque no les pagué 25 mil quetzales”. 

En el albergue Pan de Vida, en una de las colonias más marginadas de la ciudad y desde donde se ve El Paso, viven varias familias centroamericanas. 

El encargado de este lugar, Ismael Martínez, cuenta a esta reportera que apenas el jueves 25 un grupo de 85 migrantes logró ingresar a Estados Unidos después de dos años de procesos jurídicos.

Pan de Vida tiene áreas deportivas, de juego y casas comunales alrededor; aquí conviven decenas de familias guatemaltecas y hondureñas que llegaron hace una semana. Algunas de ellas ya no quieren saber nada de Estados Unidos.

“Nos atraparon, nos encerraron y luego nos enviaron a México. No conocemos aquí y nos trajeron para este albergue. Íbamos 15 en el grupo, pero sólo nos regresaron a tres; los demás eran menores de edad que se quedaron porque iban solos, eran como 10”, relata Imelda, una joven de Guatemala que viaja con su hijo de seis años.

El director de la Coespo, Enrique Valenzuela, hace un llamado a los migrantes para que en estos momentos no viajen. Les dice que, además de los peligros de seguridad, está el del covid-19, porque ningún país ha logrado contener la enfermedad. La frontera está cerrada y no hay solicitudes de asilo. 

Ofelia Primero e Ingris Chac, de Guatemala, e Irma, de Honduras, están decididas a aguantar el tiempo que sea necesario para pasar a Estados Unidos en busca de una mejor vida para sus hijos.

Ingris requiere atención médica para su hijo de un año y ocho meses que sufre un problema de la columna, Ofelia desea que sus hijos no crezcan en un ambiente violento e Irma no puede regresar porque está amenazada de muerte por su pareja, con quien vivió una relación de violencia extrema.

Sin espacios 

Desde 2018 Ciudad Juárez tiene una red de albergues, pero ahora está saturada por la crisis sanitaria que mantiene cerrada la frontera con Estados Unidos y no hay solicitudes de asilo político.

El jefe de División del Programa Estatal de Migrantes de la Coespo, Dirvin Luis García Gutiérrez, explica que se vive un momento difícil con el cierre de la frontera norte. “Surge el Título 42 del Código 265 de Estados Unidos, que básicamente restringe el flujo de mercancías y de personas; como es cuestión sanitaria el virus podría alterar la seguridad nacional”. 

Durante la entrevista con este semanario, García Gutiérrez atiende llamadas telefónicas de las encargadas de varios albergues que le informan cuando algún lugar es liberado para que otro migrante lo ocupe. 

Explica que desde marzo de 2020 los migrantes son retornados al último país de tránsito: México.

Quienes logran cruzar y los detienen en Estados Unidos son deportados porque están llenos sus centros de procesamiento. Así que son enviados en avión a El Paso, Texas, y luego trasladados en un camión azul al puente internacional Paso del Norte… y caminan hacia Ciudad Juárez, donde funcionarios migratorios los reciben. 

La mayoría de las familias expulsadas de Estados Unidos son originarias de Guatemala, Honduras y El Salvador. También han llegado menores no acompañados de Nicaragua, El Salvador, Brasil y Ecuador. 

García explica la diferencia entre el gobierno de Donald Trump y el de Joe Biden en materia de migración: “Anteriormente apoyaban a los migrantes para agendar citas desde México, para ir ante la Corte a solicitar el asilo. 

“Ahora se toman datos biométricos y así como los agarran entran a una oficina y luego, inmediatamente, son regresados a Santa Fe, en este caso. Están suspendidas las peticiones de asilo desde marzo del año pasado.”

Por la coyuntura sanitaria, además de la complejidad de los centros de procesamiento en la región del Valle del Río Bravo, todas las ciudades de la frontera están a su máxima capacidad, dice el funcionario.

El Consejo de la Coespo coordina acciones para la atención de migrantes, instancias de los tres niveles de gobierno, organizaciones de la sociedad civil y organismos internacionales, como la Unicef, el Alto Comisionado de la ONU para los refugiados y la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), entre otros.

La prioridad del consejo son los migrantes más vulnerables, quienes hablan poco o nada de español, embarazadas y quienes viajan sin la compañía de su pareja, víctimas de violencia, adultos mayores o personas con capacidades especiales.

El albergue Nohemí 

El Centro de Asistencia Social para la Atención de Niñas, Niños y Adolescentes en Situación de Migración Nohemí Álvarez Quillay, lleva el nombre de una niña indígena de la provincia de Cañar, en Ecuador, que viajó sola a Estados Unidos. 

La menor de edad fue violada y deportada, y recaló en la Casa Hogar Esperanza, donde se suicidó en marzo de 2014.

“El soñador: este mural dedicado a todos esos niños y niñas migrantes que han tenido que salir de sus hogares, de su país y han sido incluso separados de sus familias y para seguir SOÑANDO”, dice un mural gigante y luminoso en el comedor del albergue.

La mayoría de los residentes de este lugar son adolescentes de entre 15 y 17 años, aunque también hay niños de ocho y nueve años; 80% son hombres, detalla José Alfredo Villa.

Esfuerzos locales

Como los 17 albergues de Ciudad Juárez están saturados, el ayuntamiento acondicionó una estación de bomberos y un gimnasio municipal para alojar a los migrantes de manera temporal, informó Roberto Pinal, director local de derechos humanos.

“Con los niños se está programando la atención integral por los tres niveles de gobierno, que se realizará en Puente Lerdo, en la estación de migración, para darle soporte por conducto del DIF y tener a estas personas en una situación legal en México, de manera provisional, a disposición del DIF.”

Un hotel y un albergue filtro habilitados por la pandemia han dejado de cumplir su función por la cantidad de gente que han deportado de Estados Unidos, sólo les queda que no se junte un grupo de un día con el que llega al siguiente para evitar propagación de contagios. 

Esos espacios son patrocinados por la OIM, que también apoya los retornos voluntarios, y por la Organización Mundial por la Paz.