Se ha tornado tan difícil la situación en el organismo conservador del patrimonio nacional que abarca de lo prehispánico al siglo XIX, tan compleja la problemática en múltiples aristas, que el investigador-profesor Javier Guerrero Mendoza, de amplia labor en la Dirección de Etnología y Antropología Social, equipara la política cultural del actual gobierno a la neoliberal “en su falta de valoración de la cultura y la historia”. A ello se suman los reclamos de alumnos y maestros de la ENAH.
De nuevo hay agitación en el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH): los recortes presupuestales que lo han llevado a la pauperización, la falta de pagos a los trabajadores de base y el recorte o “no renovación” de contratos a eventuales mantiene una tensión que orilla a su comunidad a demandar la renuncia de su director Diego Prieto Hernández.
Se suma el malestar de profesores y estudiantes de la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH), también por los bajos presupuestos y por la supresión de materias optativas en su plan de estudios, y porque el pasado sábado 13 de marzo, al manifestarse pacíficamente afuera del Museo Nacional de Antropología, fueron agredidos.
Además, está latente el riesgo al patrimonio cultural por la explotación minera, turística y/o comercial, o megaproyectos, como el llamado Tren Maya (cuyos beneficios económicos, como anunció hace unos días el presidente, Andrés Manuel López Obrador, serán para el Ejército), más hechos como la pérdida total del templo purépecha de Nurío, Michoacán, y el lento avance en la recuperación de los monumentos dañados por los sismos de septiembre de 2017.
Una larga lista de frentes abiertos.
Con una reconocida trayectoria en la Dirección de Etnología y Antropología Social, el profesor-investigador Javier Guerrero Mendoza señala como una de las principales causas de la situación actual del INAH –que en febrero pasado cumplió 82 años– la política de “austeridad republicana” del gobierno de la Cuarta Transformación, equiparable a la neoliberal en su falta de valoración de la cultura y la historia:
“Hay que tomar en cuenta para qué sirve la historia, nos da muchas enseñanzas: en los momentos de grandes crisis, por ejemplo la de 1929, no se provoca austeridad sino lo contrario. Hay que leer el libro de Ricardo Pérez Montfort sobre la época cardenista (Lázaro Cárdenas. Un mexicano del siglo XX) (Proceso, 2217) cuando lo que se impone es el gasto público y la liquidez, que haya dinero, que haya monedas en mano de la gente. Se trata de fortalecer el mercado interno y que haya demanda efectiva de los compradores, o sea de todos nosotros.
“Un ejemplo excelente es el presidente Franklin D. Roosevelt, de Estados Unidos. No era ningún socialista, era defensor del capitalismo, pero después de la espantosa crisis del 29, que fue terrible, le da trabajo a 8 millones de desempleados que construyen 1 millón de kilómetros”.
Menciona como un asunto especial el impulso que le otorgó a la cultura con sus proyectos del llamado New Deal (Nuevo Trato) de Defensa de las Artes, Defensa de los Escritores, entre cuyos beneficiarios pueden mencionarse al pintor Jackson Pollock y al escritor y dramaturgo Eugene O’Neill: “Llevó el teatro norteamericano a muchas partes de ese país inmenso. La cultura fue súper robustecida en tiempos de Roosevelt, no fue marginada”.
Reconoce que el Producto Interno Bruto (PIB) de México es inferior al estadunidense, pero cuestiona que no se reparta de manera “más racional”:
“¿Por qué al INAH se le dan 3 mil millones de pesos de presupuesto, un cachito, y al Ejército 112 mil millones? Y le dan adjudicaciones directas, se le respetan sus fideicomisos. Estoy de acuerdo en que el Ejército realiza acciones importantes, sobre todo cuando vienen desastres naturales y aplican el Plan DN-III, pero la diferencia con respecto al INAH, que tiene una presencia nacional, es gigantesca. No puede haber ese tipo de brechas.”
Egresado de la maestría en ciencias antropológicas de la ENAH, con estudios de doctorado en la Facultad de Economía de la UNAM y autor de obras como La impasibilidad cuestionada de Juárez. Su papel axial en la Reforma y la Intervención, Las elecciones del 88, Indígenas y campesinos. Siete temas a debate (escrito con Arturo Warman), y la más reciente Memorias de un militante rebasado por el movimiento estudiantil de 1968, recuerda entrevistado por Proceso vía telefónica que el INAH se fundó precisamente en el gobierno de Cárdenas, contemporáneo al de Roosevelt.
Es, en su opinión, una conquista de la Revolución Mexicana, resultado de movimientos populares, que entonces iban en ascenso. Se crea para salvaguardar el patrimonio y las expresiones culturales de México. Y aunque Cárdenas lo concebía como una “cultura nacional”, ahora se reconoce la enorme diversidad cultural.
Espectáculo contra cultura
A decir de Guerrero Mendoza, la ofensiva contra el INAH comenzó hace unos años cuando se le dio mayor peso “a lo crematístico, al lucro, y la cultura se marginó como algo secundario”. Para las clases dominantes “muy tozudas, chatas”, lo importante son los beneficios económicos, y el patrimonio comenzó así a privatizarse y mercantilizarse:
Destaca que el progreso cultural está ligado a la educación y ésta comienza a derrumbarse cuando sus contenidos son cada vez más precarios, en la medida en que al Estado no le interesa desarrollar las capacidades cognitivas de los estudiantes, sino hacerlos gente que no cuestione. De ahí, explica, el golpeteo a las ciencias sociales como la antropología:
“La cultura, como un conjunto de procedimientos y mecanismos para solucionar los problemas del país, es relegada, se vuelve algo para el espectáculo.”
Trae a cuento el libro La civilización del espectáculo, de Mario Vargas Llosa, donde “dice que la cultura es un privilegio para los cultos, como él mismo, y que la cultura popular es un invento de los antropólogos… En realidad, todos los pueblos del mundo son cultos en el sentido de que crean y reproducen cultura…”.
Al respecto, advierte que México tiene un “problema gravísimo” porque se está tratando de acabar con el pluralismo cultural para imponer un pensamiento único. Por ello el quehacer del INAH es básico:
“Cuando se le recorta el presupuesto y lo obligan a la precarización, no es darse un balazo en el pie, sino en el corazón, porque nuestras culturas son precisamente todos aquellos mecanismos y formas de existencia que nos permiten enfrentar nuestros propios destinos.”
A modo de ejemplo, habla de la “horrenda pandemia”. Informa que el instituto tiene entre sus disciplinas la antropología médica, encargada del estudio de las medicinas tradicionales y de los pueblos originarios, y si bien no pueden curar el coronavirus porque ahorita no hay cura en ningún lado, tienen conocimientos muy desarrollados para atacar problemas inflamatorios derivados de la enfermedad. Los pueblos, subraya, conocen sobre la fauna, flora, el arte, los textiles, el firmamento, y todo ello forma “una multitud de rasgos culturales que enriquecen nuestra patria”.
Los recortes han conllevado a una carencia del personal que cuida los sitios y monumentos, pero también de las áreas de investigación científica, siendo que por ley deben proponer soluciones a los problemas del país. Por desgracia muchos trabajos de investigación del INAH no son tomados en cuenta, “no tienen socialización”.
Menciona el libro El ébola y la mundialización epidémica, de su colega de la ENAH Miguel Ángel Adame. Lo escribió en 2014 y “predice con toda exactitud la pandemia que ahora vivimos… no fue sorpresiva, pero su trabajo, aunque se hizo en el INAH, no lo publicó el instituto sino la Editorial Navarra, de España”.
Lo mismo sucede respecto a los megaproyectos: hay un taller por la Defensa de los Territorios que aborda las condiciones en la concesión a los proyectos, la capacidad de resistencia de los pueblos y sus posibilidades de defensa jurídica, política y social. Pero no es destacado por el instituto.
Se le pregunta si se debe a las políticas neoliberales. Responde que el neoliberalismo es un modelo oligopólico mundial, mercadocrático pues arguye el libre mercado cuando sólo es competencia entre esos oligopolios y no entre miles de productores, y trasnacional porque los empresarios, por ejemplo, los Aspe, los Zedillo, son parte ya de una burguesía trasnacional. A ese sistema le interesa apoderarse de los territorios indígenas de México y América Latina para sus megaproyectos.
Esto tiene sus antecedentes. Recuerda cuando en el gobierno de Luis Echeverría, estando Octavio Moreno Toscano en el Banco de México, se proyectó el polo turístico en Cancún. Él preguntó de dónde provendrían los capitales y Moreno le aseguró que eran nacionales y no se despojaría a los pueblos de sus tierras. Se pretendía atraer al turismo que iba a Cuba; al final sí hubo despojos (los sigue habiendo) y los inversionistas siguen siendo extranjeros. Además, denuncia, es una zona para la delincuencia organizada.
Ahora, lamenta, “quieren extender el cancunazo a otra partes y en eso tienen mucho que ver el famoso Tren Maya y el Transístmico”. En ellos se invierten millones de pesos, mientras a la cultura se le recortan. Pasa lo que en el Bosque de Chapultepec, “se le destina un millonario presupuesto a costa del Instituto Nacional de Bellas Artes”.
Inversión, no asistencialismo
En su revisión sobre el INAH, el profesor habla de los trabajadores. Explica que investigadores como él tienen asistentes y ayudantes que “ganan salarios de miseria bajo contratos supuestamente legales que en realidad violan la Ley Federal del Trabajo, son jóvenes que a veces ganan 4 mil pesos al mes. Los compañeros asistentes del Capítulo 3000 reciben 8 mil pesos al mes, pero tienen que pagar al SAT. Entiendo que deba hacerlo el señor Salinas Pliego, pero es grotesco que estos muchachos que viven al día lo hagan”.
Con pesar relata la historia de un joven al cual le dio covid-19, tras superarlo tuvo que operarse de peritonitis, no tenía dinero para un hospital privado y en los públicos no lo recibieron por falta de cupo. Finalmente fue al particular, pero ahora lo sigue pagando:
“Trabaja con los investigadores, él mismo es un investigador de la misma categoría que nosotros y recibe un sueldo de miseria. Así pasa con otros asistentes. Me parece injusto y totalmente irracional.”
Insiste entonces en la urgencia de modificar las políticas de austeridad republicana de la 4T:
“En lugar de recurrir a formas que yo llamaría keynesianas, recordando al economista John Maynard Keynes, es decir que el gasto público circule, porque además ahorita hay millones de desempleados. Eso va a provocar más conflictos sociales: que más gente se sume a la delincuencia, tanto a la común como a la organizada. Otros van a pedir limosna o tendrán que vivir con lo que les dé su abuelito o no sé cómo.
“Si este gobierno, llamado de izquierda, sigue con esa política, el resultado va a favorecer a la derecha… Ya hay demasiados problemas, hay despojo de territorios, mucha gente está sufriendo marginalidad, extorsión, explotación, opresión, siguen los feminicidios, todo se va acumulando y articulando entre ellos. Entonces la Cuarta Transformación será la Cuarta Trastornación porque nos puede conducir a una situación muy grave.”
En opinión suya, se debe incrementar el gasto público, favorecer el mercado interno, apoyar las plantas productivas, porque si bien es cierto que muchas empresas “invierten un dólar en nuestro país, mandan cinco a sus puntos de origen”, cuando aquí se pueden crear esas plantas y generar un aumento del PIB y mayor inversión tanto pública como privada que genere certidumbre, “para que los privados no sean rejegos y puedan devolver beneficios a la sociedad”.
Para ello se requiere también una reforma fiscal, pero desde que recuerda, en su infancia, con el presidente Adolfo Ruiz Cortines ya se planteaba y nunca se ha logrado, mucha gente evade impuestos y sólo contribuyen los cautivos. Además, hay que hacer una redistribución de la riqueza más justa…
Y si bien ve aspectos positivos en la forma como lo hace el gobierno actual, una buena parte es asistencialista:
“No contribuye a generar producción: Se les da apoyo a los campesinos, pero como pobres, no como productores. Hay que ayudarles para que tengan capacidad de producir, crear una cultura próspera y de grandes rendimientos.”
En ese campo hay precisamente otros estudiosos del INAH, como sus compañeros ya fallecidos Elio Alcalá y Teófilo Reyes, que hicieron un trabajo sobre el artículo 27 constitucional y plantearon mecanismos y programas de rescate agropecuario que no han sido valorados. Incluso los arqueólogos Eduardo Matos Moctezuma y Leonardo López Luján, más reconocidos y valorados, han señalado también esa situación con el INAH y la política cultural de este gobierno:
“En general, los investigadores estamos muy carentes, no sólo de asistentes, sino hasta de lápices, plumas, computadoras, de un montón de insumos necesarios para la investigación.”








