Las horas inciertas de Siglo XXI

Conmociona al medio editorial la venta de acciones mayoritarias de Siglo XXI, pertenecientes a Jaime Labastida, su director, quien aquí justifica como un derecho el convenio con una empresa de Chihuahua ajena a la publicación de libros. Pero accionistas y exaccionistas consultados lo desmienten: Argumentan ilegalidades y lamentan el destino de la casa que fundó Arnaldo Orfila Reynal con el apoyo de artistas e intelectuales, por su injusta separación del Fondo de Cultura Económica en 1965, cuando el gobierno de Díaz Ordaz creyó denigrante para México el ensayo Los hijos de Sánchez, del estadunidense Oscar Lewis.

La venta de 58.7% de las acciones de Siglo XXI Editores por parte de su expropietario y aún director Jaime Labastida Ochoa a la empresa de Chihuahua Merkcent Consulting and Funding SA de CV, es irreversible.

Así lo advierte el también escritor y miembro de la Academia Mexicana de la Lengua, y añade que la asamblea de accionistas que se realizará este 19 de marzo no es para sancionar la transacción: El orden del día será para presentar al nuevo accionista, ratificar al Consejo de Administración y al director general, y nombrar un comisario, figura hasta hoy inexistente en la editorial.

Tras conocerse la venta por un texto de la socióloga y accionista Tatiana Coll, publicado en La Jornada hace unas semanas, otros accionistas, como Helena y Emma­nuel Haro Poliatowska, Pablo González Casanova, Iván Restrepo, Jussara Teixeira, Néstor Braunstein y Julio Sheimbaum, entre otros, deploraron la acción a través de un desplegado.

Recordaron –como Coll en su texto– la historia y el espíritu que motivaron al intelectual argentino Arnaldo Orfila Reynal (1897-1997 o 1998, según la fuente) a fundar Siglo XXI. Y cómo, mediante una carta testamento, legó sus acciones en cinco partes a un grupo de personas, entre quienes se encontraba Guadalupe Ortiz (directora hoy del Grupo Editor Orfila Valentini).

Relatan también que Labastida y Ortiz fueron apoderándose de más acciones hasta que él le compró a ella las suyas. Se convirtió en el accionista mayoritario y decide hoy, “con un espíritu netamente mercantil”, venderlas a una compañía dedicada a la gestión empresarial, jurídica y financiera, ajena (en apariencia) al ramo editorial, en una operación “que asciende a 7 millones de dólares”. Eugenia Huerta y la misma Tatiana Coll reiteran en estas páginas esos mismos argumentos.

En entrevista con Proceso, vía Zoom, Labastida se defiende, las considera acusaciones falsas y sin fundamento, resultado de la mala fe y del desconocimiento, y niega traición al espíritu de Orfila o desentendimiento de su acervo. Por el contrario, anticipa que pronto lanzarán un nuevo volumen de su correspondencia con Alejo Carpentier, como existen ya los de cartas con Alfonso Reyes, Carlos Fuentes y Octavio Paz. Están, asimismo, las misivas con Julio Cortázar, pero considera que no tienen interés para el público general.

Esgrime tener derecho legal a desprenderse de sus acciones, que asegura ha sido en monto mucho menor del que se ha difundido, pues es su deseo jubilarse tras “70 años de trabajo continuo”, y dedicarse a sus proyectos personales: “escribir y leer”.

–¿No tiene conflictos éticos, morales ni legales?

–No, desde luego que ningún conflicto. Todo lo contrario, me aseguré de que los nuevos accionistas respeten la trayectoria de Siglo XXI y así me lo han expresado.

Según él, cuando recibió la editorial, en octubre de 1990, estaba prácticamente en quiebra, no había “ni para pagar a los acreedores”. Su primer año de gestión fue igual, pero desde 1992 hasta ahora han obtenido ganancias. Y, aunque sin cifras a la mano, insiste en que mientras algunas empresas quebraron por la pandemia de covid-19, la editorial mantuvo finanzas “muy sanas”, no hubo recortes de personal y repartió entre éste sus utilidades.

Todo eso “atrajo a los inversionistas”. Porque afirma que fue la empresa chihuahuense la que se acercó a hacer la oferta. Él no ofreció ni abrió una subasta. En este sentido responde a las críticas pues, efectivamente, son acciones financieras porque la editorial es una empresa mercantil, una sociedad anónima de capital variable:

“Pagamos impuestos, estamos sujetos a lo que marca la Ley de Sociedades Mercantiles, hacemos reuniones de accionistas por lo menos una vez cada año, las del Consejo de Administración también se realizan con toda puntualidad. No hay ningún secreto.”

Intereses múltiples

Se le comenta que se teme quizá que los nuevos dueños no quieran continuar la línea editorial, distinta a otras empresas editoriales, por incluir obras como El Capital, de Marx, de sociología, antropología, filosofía, para lectores muy específicos. Rebate que aprendió su criterio editorial de Orfila, “a quien guardo un enorme respeto y cariño”, que es publicar libros necesarios, “así no se vendan”, pero también los de gran venta. Su edición con mayor tiraje es Las venas abiertas de América Latina, del escritor uruguayo ya fallecido Eduardo Galeano.

Llama la atención, se le insiste, que esa empresa desee invertir en Siglo XXI. Según documentación de la Secretaría de Economía y del Registro Público de Comercio de Chihuahua, Merckcent Consulting and Capital, SA de CV, de la cual Proceso tiene copia, se constituyó el 1 de diciembre pasado y se inscribió con el número N.2021010261 el 19 de febrero de 2021 (aunque el nombre de Merckcent aparece en páginas de Facebook desde antes). Hugo Eduardo y César Alejandro Parada Martínez se registraron como administrador único y gerente, respectivamente.

Se constituyó con un capital de 50 mil pesos: 37 mil 500 por parte del administrador; 6 mil 500 del gerente, y 6 mil 250 de un tercer inversionista, Carlos Jesús Villar Erives. Como comisario de la sociedad quedó José Alfredo Salas Márquez. Entre los múltiples objetivos de la sociedad mercantil pueden mencionarse la compra, venta, permuta o arrendamiento de bienes muebles e inmuebles; prestar financiamiento para proyectos cualquiera que sea su naturaleza, siempre que sean lícitos; administración financiera y contaduría pública; y obtener el registro de marcas, patentes, fórmulas, tecnología, nombres comerciales, y adquirir o enajenar todo tipo de derechos de propiedad industrial y derechos de autor.

A Labastida le parece hasta “mejor” que no sean del ramo editorial pues le han dicho que quieren, “usaron esta expresión, ‘con toda humildad’, aprender con nosotros, por eso me piden que siga un año más al frente con el nuevo director”.

–Dice que está garantizada la continuidad de la editorial, ¿hubo una cláusula que así lo determine o está confiando en la buena fe de la empresa?

–A ver, no hay garantía de nada, ni siquiera de seguir viviendo… Se nos ha dicho, se ha establecido, hay acciones de parte de ellos que lo demuestran, como la que le he indicado de la ratificación del consejo, del director general y de la plantilla existente. Porque los trabajadores son un capital importante y ellos no quieren mover absolutamente a nadie. 

Añade que el capital de Siglo XXI es su catálogo de publicaciones y el conjunto de los trabajadores, “en esa medida digo yo que su futuro está garantizado, más allá no puedo garantizar nada ni nadie lo puede garantizar”.

Uno de los cuestionamientos es cómo Labastida es ahora el accionista mayor, luego de que Orfila legara sus acciones repartidas en cinco a través de una carta. El escritor recuerda que ni él ni su esposa Laurette Séjourné dejaron testamento y la carta no tenía valor jurídico. Además, sigue, el editor poseía 21 mil 414 acciones, ella 2 mil 884. Sumaban 24 mil 398 sobre 2 millones de acciones de la sociedad, “representan 1.2%”. Corrige: entonces eran 1 millón de acciones, hoy son dos, entonces representarían 2.4%.

Se las dejaron en partes de 20% a Sergio Bagú, Rosa Cendreros, Alejandro López y Esperanza Rascón, Hugo y Mabel Galetti, y Guadalupe Ortiz, quien a decir de Labastida, una vez que murió Séjourné, se quedó con el 100%, “le correspondía sólo 20% y se quedó con el otro 80%, deben preguntarle a ella cómo lo hizo, no a mí”. Efectivamente, se le consultó a Ortiz por correo electrónico, pues su número telefónico no está operando, y aunque se comprometió a dar su respuesta por la misma vía, no lo hizo.

Años más tarde, prosigue el director, Ortiz le vendió el total de su paquete accionario, “tenía de ella, del marido y las de Orfila” y “yo se las compré de buena fe”. Asegura que hay más de 400 accionistas, “muchos de ellos muertos o no sabemos dónde están”.

Siempre igual

Cercana al matrimonio Orfila Séjourné –“fui como su hija”– y alumna de Filosofía de Labastida, Tatiana Coll opina que él no sólo ha dilapidado la herencia (material e intelectual) de su fundador, sino que desde su llegada comenzó a hacer negocios individuales. Entró por la “muy lamentable renuncia de Martí Soler”, quien venía trabajando con Orfila desde el Fondo de Cultura Económica.

Las declaraciones de Labastida a la prensa sobre el valor de las acciones de Arnaldo y Laurette le parecen cínicas. Es falso que la editorial estuviera quebrada, por el contrario, tenía una trayectoria impecable en el pago de regalías, lo que hoy se hace a “cuentagotas”, según acusaron algunos trabajadores en una carta a La Jornada. Había 80 trabajadores entonces y Labastida los fue despidiendo hasta quedarse con 20, y colocó a sus amigos en el Consejo de Administración.

También desmiente que la cantidad de acciones de la pareja equivalieran a 24 mil 398, si bien ya no hay forma de precisarlo, y niega que representaran 1.2% como lo afirma el escritor. Quizá hoy, luego de que se emitieron más acciones, pudiera ser, pero no se sabrá nunca, en cambio está segura de que “no era una bicoca que no valía nada, por eso él negó la validez del testamento totalmente”.

Cuenta que Labastida y Guadalupe Ortiz crearon cada uno una empresa distribuidora para quedarse con la comisión de distribución e intermediación:

“Cuando eres funcionario público te dicen que esto es corrupción, pero como aquí es privado nadie dice nada. Y fueron sucediendo cosas a lo lago de los años, muy graves.”

Menciona como un ejemplo cuando se adquirió en España la editorial Anthropos, incluso poniendo en riesgo a Siglo XXI, por lo cual el escritor e intelectual de origen español Federico Álvarez se peleó frontalmente con él. Otro caso, en el cual coincide con Eugenia Huerta, es que Labastida pidió a la propia editorial un préstamo para comprar un paquete grande de acciones.

Huerta lo califica como una operación “extraña, más bien fraudulenta, ilegítima, ilegal”. Dice que fue algo parecido a lo hecho en 1995 por el director de Aeroméxico, Gerardo de Prevoisin Legorreta “y fue a dar a la cárcel”. Pero acá no hubo acciones de tipo penal en contra, porque alguien del Consejo de Administración le dijo: “Ay, Eugenia, pero las cantidades son distintas”. Así que ella renunció al consejo y cortó la relación con la editorial.

En opinión de Coll, en tanto que ciertamente la carta de herencia de Orfila no estaba notariada, en un acto de honestidad Ortiz y Labastida, “que eran socios”, debieron llevarla a una reunión de accionistas para tomar una decisión colectiva, los integrantes del Consejo de Administración eran cercanos al intelectual y habrían tratado de cumplir su voluntad.

Pero “él dejó que ella se quedara olímpicamente con las acciones, sabiendo que era ilegal”. Vino luego una guerra frontal entre ambos que “terminó con la compra de las acciones de ella por parte de Labastida; seguramente él dijo: ‘ya pasaron por la mano de Guadalupe Ortiz, ya están limpias, se las compro barato’, y así es como las adquirió. Eso es lo que él presume que no tiene que ver, pero es una ilegalidad”.

La también periodista admite que ya es difícil contactar a todos los accionistas, pues algunos han muerto, otros tal vez rebasan los 80 años. Y otros más quizá vendieron sus acciones. A ella, Labastida le ofreció 100 pesos por la suya que en el último título en 1987 valía 1 millón de pesos, pero me dijo “ya ni vale nada”. Ella prefiere enmarcarla porque tiene la firma de Orfila, e irá a la asamblea con la representación de otros accionistas, entre ellas su prima Atlántida.

Por su parte, Huerta ha tomado la decisión “muy, muy dolorosa” de regalar sus acciones, que calcula en unas 600, porque no quiere tratos con la empresa de Chihuahua. Anuncia que incluso ya no asistirá a la asamblea, porque además están exigiendo condiciones que nunca habían puesto.

Si, como dice Labastida, el total de Siglo XXI son 2 millones de acciones, su 58.7% equivale a 1 millón 174 mil. El resto de los accionistas quedan con 826 mil.

Es “absolutamente simbólico”, dice Huerta, porque siempre fue la idea de la editorial, todo “simbólico, amistoso, solidario”, acorde al proyecto de Orfila. Considera muy penoso que ese proyecto “tan hermoso, acabe siendo negocio privado de un señor”, y señala una irregularidad más en esta transacción en la que además no se ha dicho quién fijo el precio (señalaron los trabajadores):

“En todas las operaciones de compra-venta de acciones de Labastida, nunca le dieron a los demás accionistas el derecho al tanto.”

Es avisarles de la venta y darles prioridad si están interesados en adquirir acciones, “pero no lo hicieron nunca, eso también es ilegal”.