Las muralistas vistas por sus familiares

El diálogo muralístico que prepara el Salón de la Plástica Mexicana (SPM) en torno a Elena Huerta, Rina Lazo, Fanny Rabel y Aurora Reyes será a través de sus descendientes. El nieto de la primera y las hijas de las dos siguientes adelantaron que ese diálogo se enfocará a revelar a las mujeres detrás de las artistas.

Rina Lazo Wasem (1923-2019), de origen guatemalteco, discípula de Diego Rivera en la década de los cuarenta y más tarde estudiosa de la iconografía maya, dejó una obra aún pendiente que aguarda a ser vista por el público, Xibalbá y el Inframundo de los mayas (2019).

El mural, de aproximadamente 2.70 x 5.50 metros, le tomó 10 años, siendo el último año y medio el más productivo. La obra, según contó Rina García Lazo, arquitecta e hija también del pintor y discípulo de Frida Kahlo, Arturo García Bustos (1926-2017), se podría ver este año en el Palacio de Bellas Artes. Informó por teléfono:

“Lo tienen resguardado desde el año pasado en el Palacio, en parte porque la casa de La Malinche en Coyoacán, donde vivían mis papás, se ha deteriorado cada vez más desde el sismo de 2017, y en 2019 se incrementaron los hundimientos. Tuve que desa­lojar el estudio de mi mamá, que era donde estaba el mural, pero afortunadamente el inmueble entró en el Programa Nacional de Reconstrucción este 1 de marzo.

“También porque la idea es que se exponga en el Palacio unos meses antes de que pueda viajar al Museo Mexic-Arte de la ciudad de Austin (Texas, EU), eso sigue en pie y se realizará.”

Fue ese recinto de Austin el que le entregó a Lazo, en 2018, la Presea en Artes Visuales “por logros de toda una vida en las artes y la cultura”. La discípula de Diego Rivera relató entonces al reportero Armando Ponce que cuando era niña y vivía en su natal Guatemala, su madre la llevó a unas cuevas en Cobán. Esos recuerdos y su pasión por esa cultura le inspiraron el que fue su último mural, pues para sorpresa suya en esas cuevas –supo años después– se ubicaba míticamente el inframundo maya.

Rabel

Vía telefónica también, la actriz Paloma Woolrich, hija de Fanny Rabel (Polonia, 1922-México, 2008), dibujante, grabadora, muralista cuya obra más conocida Ronda en el tiempo (1924-1925) –ubicada en el Museo Nacional de Antropología de la Ciudad de México–, cree que la mesa de diálogos propuesta por el SPM resulta muy importante en estos momentos:

“Me parece maravilloso, sobre todo ante el olvido de la cultura en el país, que muchos pensamos iba a cambiar con el gobierno de la 4T, y sigue igual. Pero, bueno, siempre es un orgullo y una honra que reconozcan a mi madre, que fue una gran mujer, una gran artista, que recuerden a las muralistas.”

Rabel, cuyos apellidos completos eran Rabinovich Duval, realizó una obra de esa naturaleza en la Unidad de Lavaderos Público de Tepalcatitlán (1945), así como Sobrevivencia Alfabetización en Coyoacán (1952), Sobrevivencia de un pueblo en el Centro Deportivo Israelita (1957), Hacia la salud para el Hospital Infantil de México (1982) y La familia mexicana (1984) en el Registro Público de la Propiedad, entre otros.

Tras afirmar que “desafortunadamente no sé de pintura, de murales, porque me dedico a la actuación”, Woolrich, al ser cuestionada si su madre le confesó alguna dificultad durante su trayectoria como artista, expresó:

“En el campo del arte siempre hubo límites para las mujeres, y seguramente muchas fueron frustradas, principalmente desde el seno familiar, porque esa era la verdad”.

En 2004, Paloma, en entrevista con Proceso­ (edición número 156), denunció el desalojó del cual era objeto su madre por parte de la Fundación Matías Romero en el inmueble que habitó por décadas en la colonia San Miguel Chapultepec. En 1979 la muralista refirió a este semanario su concepción sobre el deterioro sufrido por la capital del país, reflejado en su exposición Réquiem por una ciudad en el Salón de la Plástica Mexicana:

“Antes pintaba con amor; ahora con hostilidad, echando fuera todas estas presiones que te oprimen y te maltratan. Todo se revierte. Si hubiera sido músico hace 30 años habría hecho música como la de Bach; hoy haría estridencias.”

Huerta

Ser artista, ser una mujer preparada en la primera mitad del siglo XX ya conllevaba desafíos, según advirtió Valentín Garza, economista y nieto de la muralista Elena Huerta (1908- 1997). Su madre, Electa Arenal (1935-1969), también fue destacada escultora, grabadora y pintora.

Al otro lado del teléfono, Garza manifestó a la distancia el gran amor por ambas. De su abuela recordó 400 años de la historia de Saltillo (1972), mural de 450 metros cuadrados en el Centro Cultural Vito Alessio Robles de esa ciudad, el más grande realizado por una muralista en el país:

“Ser artista y ser mujer preparada ya era una complejidad para las mujeres en su momento; la abuela siempre tuvo claro que quería ser pintora, desde que estudiaba la secundaria en Coahuila, y después vino a la Ciudad de México porque a su padre (Adolfo Huerta), quien fue gobernador interino, lo asesinaron en 1917.”

–¿Fue difícil para su abuela dedicarse al arte?

–Bueno, el principal problema para un muralista es que siempre requiere un mecenas, y de alguna manera estar ligados a un cambio social, a una posición política, ideológica, porque los muros son el mecanismo de información. Tuvo que compaginar su amor por el muralismo con trabajos como el de telefonista.

Garza, quien ha dedicado la mayor parte de su vida a la administración pública, leyó a Proceso un fragmento de un escrito de su abuela, que data de 1927, sobre las dificultades de las mujeres trabajadoras:

“En el trabajo tuve mi primer encuentro con la realidad, de una vida cruel y dura que llevaban todas mis compañeras telefonistas. Casi todas muchachas sin preparación, para conservar el empleo tenían que ser ‘consecuentes’ con los jefes, por lo mismo casi todas eran madres solteras, y no de un hijo, sino de varios.”