Para arrancar esta segunda parte –recordará el memorioso lector que en la anterior hicimos un recorrido que se acercó a las epidemias en tiempos de la Grecia clásica, de la Roma imperial, de Bizancio y que entró a la Edad Media–, tenemos que trasladarnos al Reino Unido en los albores del siglo XIV. Es el momento en que John Cooke compone un himno a la Virgen María, en medio de otra tremenda peste. El himno se intitula Stella celi, estrella celeste, y es otra obra pionera que funciona como plegaria a los poderes celestiales rogando que el flagelo divino no vuelva a presentarse. En el texto encontramos la mención explícita a las “úlceras de esa muerte terrible” y, también, la invocación para que la virgen se comprometa desterrando definitivamente las plagas. Asimismo, podemos afirmar que este himno es la primera respuesta directa hacia una epidemia, dentro de un contexto netamente místico. Si usamos la imaginación para recrear el momento, veamos de manera paralela una procesión de fanáticos azotándose a la vista de todos, con la intención de expiar sus pecados. Para esas violentas manifestaciones de masoquismo la música también aportó su pulso rítmico para que los azotes autoinfligidos duraran horas, manando sangre cuales ríos púrpuras que debían horrorizar a los impenitentes… 1
Sigamos avanzando con las ruedas calendáricas para dejar atrás Medioevo y Renacimiento. Mas recordemos que en el transcurso de esos siglos se siguió creyendo en las enseñanzas de la antigua Grecia en el sentido de la conexión intrínseca del cuerpo y la mente y en la certeza, aún empírica, sobre el efecto que tenía un ánimo optimista para el tratamiento de la enfermedad. De igual forma, tengamos presente que también los médicos del Renacimiento les prescribían a sus pacientes que bromearan y se rieran con sus amigos y, especialmente, que hicieran música, ya que entonces fluiría una energía favorable hacia sus “humores” corporales, esas sustancias etéreas con las que se pensaba que se conformaban los bloques de nuestra constitución física. Ya desde entonces, se insistía en que la música no fuera sólo celebratoria y festiva, sino terapéutica. Igualmente podemos notar que, como parte de la búsqueda de ese esquivo equilibrio, después de las epidemias y los desastres naturales, se producen estallidos poblacionales, como si la naturaleza buscara compensar con más nacimientos las defunciones acaecidas. Repetimos que es imposible negar que la muerte estimula la sexualidad y el erotismo.
Recalados ahora en el siglo de Las Luces acerquémonos a uno de sus más grandes exponentes dentro del arte sonoro, el magister musicae Johann Sebastian Bach, pero antes contextualicemos brevemente lo que se experimentó en su era. Fue el momento donde el pensamiento crítico y el predominio de la razón alcanzaron una cima nunca antes vislumbrada. Jean Philippe Rameau desentrañó los efectos de la música sobre las emociones y los afectos. Se codificó, cual proeza similar al alunizaje, el temperamento homogéneo de las tonalidades sonoras; floreció copiosamente la invención de instrumentos musicales y se consolidó el auge totalitario de la ópera, con todo y sus absurdos y su gusto por la castración de niños para ser usados en la escena. Justamente un castrado encarnó a Hernán Cortés en la ópera Motezuma que Antonio Vivaldi y su falaz libretista Girolamo Giusti escenificaron en Venecia en 1733, teniendo como telón de fondo otra de las gripas que no dejaban de asolar a nuestros espantados antecesores.
Resulta, con toda la conmiseración que pueda suscitarnos, que Bach fue otro de los grandes afectados por las precarias condiciones sanitarias que reinaban en su ambiente. Quedó huérfano de ambos padres a los 10 años de edad, perdió a su primera mujer por una fiebre terrorífica y de sus 20 hijos, solamente sobrevivieron 10. Por tanto, en una de sus cantatas vertió buena parte de sus aflicciones utilizándola para provocar una mayor toma de conciencia sobre la perecedera condición humana. La fecha de la composición es 1723, justo un año después de la espantosa plaga de Marsella que le quitó la vida a más de 100 mil individuos, y el título es más que claro: “No hay nada saludable en mi cuerpo”.
En cuanto al texto, de autor anónimo, podemos entresacar estas lapidarias frases: “El mundo se ha convertido en un inmenso hospital” y “Los niños yacen por millares tendidos por la enfermedad”. El aria que aquí presentamos dice: “Mi plaga no puede sanarse con ninguna hierba o ungüento, nada más por el bálsamo de Gilead”, un perfume mencionado en la Biblia que, figurativamente hablando, proporcionaba alivio universal. 2
Dadas nuestras restricciones de espacio, se torna imperativo acelerar la marcha. Podemos soslayar al siglo XIX ya que su andadura fue casi igual de tortuosa, salvo que en él hicieron su aparición las benditas vacunas. El doctor Edward Jenner, quien por cierto era un flautista consumado, tuvo lista la suya contra la viruela al rayar el inicio de la centuria, y de ahí arrancó la posibilidad de erradicar los castigos hacia la raza humana que antaño se creían divinos. Empero, la polio, el tifus, el cólera, la fiebre amarilla, el dengue, la tuberculosis, el sarampión, fueron ingredientes imprescindibles de ese caldo de cultivo en el que nuestros tatarabuelos estuvieron inmersos y por el que muchos perdieron la vida. ¿Y qué hay de las músicas del decimonónico centradas en nuestro tema?
Hay muchas, sin duda, mas nos vemos forzados a omitirlas; por ende, nos trasladamos al fatídico año de 1918, al cabo de cuatro años de una guerra que masacró a millones. Era la primavera y de pronto apareció en la Unión Americana, paradójicamente, el primer caso de la gripe española, la cual recibió ese nombre porque nuestra otrora madre patria se mantuvo neutral en la gran guerra haciendo que la información sobre la pandemia circulara dentro de sus fronteras con libertad, a diferencia de los demás países implicados en la contienda que trataban de ocultar sus datos demográficos. La venenosa cepa del virus de la gripe se extendió por todo el mundo al mismo tiempo que las tropas seguían repartidas por los frentes bélicos europeos. Los sistemas de salud se vieron desbordados y las funerarias no se dieron abasto. Muchos seguramente se sorprenderán, puesto que su mortandad superó con largura el número de muertos de la Primera Guerra Mundial. Se estima que la tasa global de mortalidad fue de entre 10 y 20% de los infectados llegando a morir, en todo el mundo, entre 50 y 70 millones de personas. Hay quien inclusive se atreve a decir que pudieron llegar a los 100 millones de muertos. No hay un registro exacto en nuestro país, pero los difuntos abarrotaron los cementerios y decenas de compatriotas hubieron de improvisarse como carpinteros debido a la brutal necesidad de armar ataúdes, por rudimentarios que fueran. Como dato curioso para los que estén familiarizados con la colonia Guadalupe Inn de nuestra muy noble y muy contaminada Ciudad de México, su glorieta central, con el kiosquito venido a menos que la ocupa, lleva el nombre de uno de los caídos por la gripe española. Irónicamente, era un ciudadano español ultra reconocido en el mundo de la música –quizá uno de los compositores mejor pagados de la época por el furor que conseguían sus zarzuelas– que tuvo la mala suerte de viajar a nuestra patria, encontrando aquí el alto definitivo a sus afanes existenciales. Se llamaba Joaquín Valverde, por ello Plaza Valverde.
Con ese contexto, es de comentar que hemos localizado varias obras de interés. La que aparece pulsando el código QR impreso es un blues cuyo apelativo es exactamente el de Influenza Blues y data de 1919. Sorprendentemente, suena como si lo hubieran compuesto en nuestros días… Y la letra es una copia perfecta de muchas de las situaciones que hoy vivimos, aunque a una escala infinitamente menor…3
Para nuestro antepenúltimo bloque hemos de avanzar seis décadas. Nos topamos ahí y, desde luego la mayoría lo recordamos, con el demoledor Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida o, en buen cristiano, sida. Su poder de aniquilación rondó los 32 millones de víctimas de acuerdo a la Organización Mundial de la Salud, y cual paralelismo siniestro también se culpó al actor de tercera convertido en presidente de los vecinos de norte de no confrontar el virus con prontitud y de que sus políticas de salud pública fueron igual de mediocres que su carrera en Hollywood… Eso sí, la calca es nítida en cuanto a los reclamos que se le lanzaron al gobierno chino, yanqui y también al del señor López que se aposenta en nuestro blasfemado palacio virreinal…
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1 Acceda a la liga para escucharlo: https://youtu.be/-p84oPpjTx4
2 Pulse el código QR. J. S. Bach. Cantata BWV 25. https://youtu.be/iOHiYP24ZqI
3 La liga correspondiente es: https://youtu.be/BQbpyjZDLEE








