A la memoria del gran artista Lorenzo Rafael
A fin de seguirnos sumando a las celebraciones beethovenianas que en estos días alcanzan su ápice, en esta ocasión tenemos la oportunidad de conversar con el maestro Humberto López S., quien acaba de echarse a cuestas la proeza de grabar la Novena sinfonía “Coral” op. 125, con la destacada Camerata Metropolitana, un colectivo musical fundado por él que se compone exclusivamente de valiosos jóvenes instrumentistas mexicanos.
Sin más, entremos en materia con el entusiasmo que suscita la trayectoria de un admirable compatriota que ha sabido consolidar un prestigio basado en el trabajo metódico, y la claridad de visión para dirigir sus energías vitales hacia la consecución de un ideal artístico del más alto nivel.
–Para presentarte con nuestros lectores, lo primero por decir es que ya desde tu examen de titulación en el Conservatorio Nacional de Música quedaron de manifiesto tus sobresalientes capacidades artísticas y tus enormes dotes de convocatoria, pues lograste reunir a una orquesta para que te acompañara el concierto de violín de Tchaikovsky. A partir de ahí has crecido humana y artísticamente con una solidez poco común en nuestro medio, al grado que hoy te yergues como una de las personalidades con más que aportar a la música de nuestra patria. Cuéntanos cuáles han sido tus motivaciones interiores y cómo ha sido el periplo que te llevó a consolidar tus metas…
–Pensar en ese examen profesional me significa mucho y evoca innumerables recuerdos; haber reunido compañeros y amigos en la sala Silvestre Revueltas del Conservatorio para interpretar las notas del propio Beethoven, Tchaikovsky y hasta Puccini, el final de una época –concluía una licenciatura, pero un siglo y un milenio fenecían–, además de marcar el inicio de nuevos retos y visiones. Visto ahora en perspectiva, creo que mi gusto por los encuentros musicales significativos y copiosos comenzó en ese verano de 1999.
–Es importante mencionar que, entre la multiplicidad de tus actividades, también le dedicas un tiempo a la escritura y a la composición. ¿Cuál es tu fórmula para encontrar el difícil equilibrio que requiere una actividad tan diversificada y tan llena de exigencias?
–Considero que la actividad artística es una misma, una filosofía, una especie de sendero o budo en el que una vez estando inmerso es fácil perderse –en todos los sentidos– entre todas sus manifestaciones; hay tantos ejemplos de colegas que además de tocar un instrumento o cantar son buenos pintores, videastas, escritores, fotógrafos o alfareros. Me gusta pensar en ellos y en mí, si se me permite la expresión, como personajes del renacimiento, con la inmensa fortuna de no haber tenido a nadie que nos dijera “no se puede” o que, si lo escuchamos, no lo creímos. Sin divagar ni perder profundidad, considero que hay dos ingredientes claves en la fórmula de esa alquimia: un amor genuino por el conocimiento, y el regocijarse por lo que el ser humano significa.
“Tocar, dirigir, escribir, componer o lo que sea que uno realice, son quehaceres que van a tener un mensaje trascendente y honesto, siempre que se le haya estudiado con amor y en tanto se cuente con una idea o necesidad auténtica por ayudar, por comunicar, por hacer al menos una mínima diferencia en la persona que lo presencia o colabora.
“Cuando realicé mis estudios de maestría en Nueva York, me tocó un tiempo complejo (estaba en mis veintes, nada más con mi violín en las manos, llegado a la Gran Manzana apenas unos días antes del 11 de septiembre de 2001), escribir de ello era obligado, catártico, fue un mecanismo para mantener informada a la gente de lo que pasaba, y para mantener la cordura y el corazón en el lugar correcto. De allí surgió el Diario Neoyorquino y tuve el privilegio hace unos años de que se publicara como un libro, que viene, además, acompañado de algunas fotografías de Manhattan y de un disco que busca recrear el ambiente que viví a través de la música, interpretada por mi propio instrumento y la Camerata Metropolitana.
“Lo de hallar el equilibrio es una tarea que aún hallo compleja y sigo buscando darle el peso adecuado a cada cosa; a veces desearía tener más tiempo para estudiar la partitura de una obra orquestal, otras debo aprenderme con poca antelación pasajes al violín, tal o cual pieza requieren un arreglo, los proyectos demandan juntas interminables, de pronto surge una idea original para escribir o para ponerle música. Justo pienso que la música nos enseña eso: el balance como culmen.”
–Hablemos de la Camerata Metropolitana puesto que es, asimismo, un proyecto relevante que has forjado de manera independiente y cuyos frutos son dignos de loas…
–Estoy muy orgulloso de lo que hemos logrado; se trata de un colectivo independiente, de concepción mexicana, una suma de voluntad y talento colaborando en torno a faenas musicales. Hace poco grabamos un concierto y yo no sé si mis compañeros lo alcanzaron a detectar o no, pero eché un vistazo desde el pódium y los percibí inmersos en la música, contagiados del sentido de pertenencia, creyendo en el proyecto, con aire único de confianza en el equipo. A la hora de despedirse me dieron una palmada en la espalda (hoy día, más bien un amistoso codazo) y me mandaron mensajes diciendo cosas simples como “me encanta tocar con Camerata”, “en tal momento me emocioné de cómo sonamos”, etcétera, cosa que me remonta al inicio del proyecto, en diciembre de 2006, cuando entre estudiantes de la Escuela Superior y amigos cercanos gestamos algo que ahora nos enorgullece. Son 14 años de trabajo fraguado en el tesón y la confianza.
–En cuanto a tu última producción discográfica, es de asentar que tuviste la valentía de lanzarte a reinterpretar una de las obras sinfónicas más emblemáticas del repertorio universal y que el resultado es digno de encomio, no sólo por ser el primer registro fonográfico hecho por mexicanos en su totalidad, sino por la propuesta musical en sí, que desborda de ideas interpretativas novedosas. En ese tenor, hemos de aclarar que la filiación de nuestros músicos con la obra es bastante exigua, pues las tres grabaciones comerciales hechas por directores mexicanos –Bátiz, J. G. Flores y Lozano– han contado con sinfónicas cuyos miembros, en un gran porcentaje, son extranjeros…
–Interpretar a Beethoven es, para la mayoría de los músicos no sólo un sueño, sino un reto. Entre la vasta cordillera de su obra, la Novena se erige como la cúspide, la aspiración máxima –junto con sus cuartetos de cuerda tardíos– por ser un resumen de la experiencia humana y universal; desde la contemplación más taciturna hasta el movimiento planetario, pasando por el amor, la esperanza y la hermandad. Con esto en mente abordé la obra con un inmenso sentido de responsabilidad; estudié y presenté otras obras del compositor, estuve un verano en Maine perfeccionando la técnica de dirección, revisé traducciones y repasé el texto con germanohablantes; hice ensayos con los principales y con cada sección, tuve un sinfín de encuentros de planeación artística y logística con el tenor Fernando Menéndez, director del Coro EnHarmonia Vocalis; de igual manera viajé a Michigan a profundizar en la sinfonía con mi maestro de dirección, organicé una conferencia, gestioné que nos grabaran amigos del estudio NAFF y llevamos a feliz término dos conciertos en el Auditorio Blas Galindo del CNA. En efecto, me parece que los escuchas notarán licencias y replanteamientos en algunos tempi y articulaciones; la pieza ha sido abordada tantas veces que hay indicaciones del propio Beethoven que se pasan por alto. El resultado de esa visión compartida, tanto con las voces solistas –todos mexicanos– la orquesta y el coro me parece no sólo encomiable, sino certero y asumiendo riesgos. El hecho de que la versión sea en vivo le añade, además, vertiginosidad. El trabajo de dos compañeros completa el cuadro: el diseño de Vicente Vanegas y las notas de Eduardo Espinosa.
“A 250 años del nacimiento del titán y con la situación actual, que requiere fraternidad y música hecha entre amigos, optamos por hacer un disco1 para allegarnos la ilusión de tener en manos y oído esa magia sonora que roza, en el imaginario, algo del genio que tanta dicha nos sigue otorgando.”
–Para concluir, citemos la estrofa del poema de Friedrich Schiller que Beethoven musicalizó con la idea de inocular en nuestras sufrientes sociedades un concepto escurridizo, igual que la noción de una verdadera fraternidad humana. Hoy como hace dos siglos, el llamado sigue palpitando con la renovada urgencia de su materialización: “Alegría, bella chispa divina, tus encantos atan lazos […] Alegría, bajo tus alas bienhechoras todos los hombres serán hermanos”. l
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1 Ofrecemos, en primicia, la audición del Primer Movimiento, en la interpretación de la Camerata Metropolitana bajo la dirección de Humberto López S. Pulse el código QR impreso.








