La música en las epidemias (I)

Como bien sabemos, a lo largo de la historia el ser humano ha tenido que lidiar con la enfermedad, las epidemias, la muerte y, claro está, el miedo a todo lo anterior. Resultado de ello es que los artistas, y en especial los músicos, han dejado una profusa huella creativa con la intención de mitigar, conjurar o inclusive aceptar los estragos en sus indefensas sociedades. Ya sea como antídoto, como intento de vacuna, como medicamento espiritual o como mero placebo, las obras musicales que se plasmaron en partituras se han acumulado desde el medievo hasta nuestros días, y su recuento es un espejo nítido que reafirma, aun pese a los avances de la medicina, la fragilidad de nuestra vida.

Asentado esto, iniciemos puntualizando que glosaremos sobre las plagas más catastróficas de la historia, y que propondremos la interesante escucha de varias de las músicas que han surgido alrededor de ellas. En esencia, las composiciones musicales de las que quedó registro arrancan en los albores de la peste negra y concluyen, al cabo de casi siete centurias, con los conciertos virtuales en nuestros renovados tiempos de pandemia por el covid-19. Si somos receptivos al mensaje subliminal, quedará de manifiesto que el arte sonoro tiene poderes enormes sobre la psiquis, y que su recurrente empleo es inherente a la necesidad que tenemos, las pobres criaturas humanas, de proporcionarnos algo de “inmunidad”, por fútil o utópico que ello sea.

No hay duda de que la peste es la epidemia por excelencia, y en el imaginario colectivo se identifica con esa maligna peste negra, o bubónica, que devastó al continente europeo en el siglo XIV. Sin embargo, otra epidemia igualmente letal, pero menos conocida, mató a millones de personas casi un milenio antes: la llamada peste de Giustiniano, el primer desastre pestífero del que se conservan fuentes escritas.

La peste de Giustiniano. Hagamos una descripción sucinta. Esta epidemia de la mitad del primer milenio surgió en Etiopía, pero sólo se tuvo conocimiento de ella cuando alcanzó la ciudad de Pelusio, en Egipto, en el año 541. Desde allí remontó la costa de Levante. Al año siguiente arrasó Gaza, Jerusalén, Antioquía y Constantinopla, la capital de Bizancio, cuya población ascendía a 800 mil habitantes. El imperio bizantino se encontraba en uno de sus momentos de mayor esplendor cuando esta epidemia vino a oscurecer el mandato de su emperador. La enfermedad, y con ella el terror y la histeria, se esparcieron a una velocidad vertiginosa. Y de Constantinopla se expandió a todo el imperio. Incluso, el propio Giustiniano fue una de las víctimas, aunque terminó recuperándose. Como resultado del flagelo, la capital imperial perdió casi 40% de su población, y en todo el imperio se piensa que fallecieron cerca de 4 millones de personas. Las consecuencias económicas fueron tremendas, pues hubo momentos en que el número de muertos superaba al de los vivos y, naturalmente, la música estuvo presente en todos los momentos de duelo, angustia e incertidumbre; pero, muy a nuestro pesar, no tenemos evidencia de cómo pudo haber sonado o de quién pudo haberla compuesto.

Siendo acuciosos, del siglo VI podríamos remontarnos hasta el séptimo siglo antes de Cristo; otro momento trágico del que también quedó noción, no testimonio escrito, de esa plaga que azotó a Esparta con una furia imparable. Y de ahí sería lógico asumir que también en el antiguo Egipto y en Babilonia las pestes y las plagas fueron compañeras inseparables de su existencia misma. Y como tal, la música fue, incuestionablemente, una herramienta confiable para la sanación espiritual y la cohesión social en medio de las ubicuas calamidades virales. Vale decir que los griegos le reconocían un valor sanador, terapéutico y profiláctico, de acuerdo con la Teoría de los Cuatro Humores de Hipócrates y Galeno. En la citada plaga de Esparta, sus gobernantes le pidieron al poeta Thaletus que cantara himnos, y a Terpandro, otro renombrado vate de la antigua Grecia, se le rogó que entonara cánticos en Lesbos para aliviar los horrores de la peste. El mismísimo Pitágoras, quien no sólo fue matemático, sino uno de los pioneros de la ciencia de los sonidos, se valió de la música como un válido método curativo, tocando la lira para calmar a los enfermos, a los viciosos y a los vagabundos.

La gran peste negra. Desplacémonos ahora hasta el siglo XIV. Cuando la peste negra se diseminó en Europa, con cuatro largos años de infortunio, de 1348 a 1352, uno de cada tres individuos fue borrado del mapa. Su radio de acción fue tan extenso que nadie sabía a donde atacaría de nuevo, causando un pánico difícil de controlar; es más, podría creerse que se desató un nerviosismo colectivo tan atroz como la propia peste y, obviamente, la medicina era incapaz de contenerla y de hallarle diagnóstico. En medio de ese caos, como sublimación de la impotencia hacia la explosión creativa, Giovanni Bocaccio escribió su célebre colección de cuentos Il Decamerone. Para aquellos que no los hayan leído o no hayan visto la película homónima de Pier Paolo Pasolini, les contamos que se trata de un grupo de jóvenes ansiosos y desbordantes de hormonas que se aíslan en las afueras de Florencia. Son confinados en una villa para darle rienda suelta a sus apetitos y a sus sueños, convertidos éstos en narraciones eróticas. Porque otro de los efectos que provocan las desgracias es el incremento de la libido. No es casual que la naturaleza haga que, ante el peligro de su extinción, se exacerbe nuestra capacidad reproductiva como un mecanismo de defensa y reacomodo para la sobrevivencia de la especie. Cada una de las jornadas descritas por Bocaccio termina con bailes y fiestas, por lo cual a muchos de sus relatos se les puso música de inmediato. Escuchemos uno de los primeros ejemplos que musicalizó el Ars Nova fiorentino en la década de 1350. Hasta donde sabemos, este es el modelo primigenio de una composición musical emparentada con las epidemias

Podríamos aseverar que esa reclusión juvenil florentina fue una deliciosa encerrona selectiva que duró 10 días, quizá como un precursor remoto de los memorables conciertos de Woodstock o los de Avándaro. No está por demás citar las palabras del propio Bocaccio para describir el veloz exterminio de la peste: “¡Cuántos valerosos hombres, cuántas hermosas mujeres, cuántos jóvenes gallardos a quienes no otros que Galeno o Hipócrates hubiesen juzgado sanísimos, desayunaron con sus parientes, compañeros y amigos, y llegada la tarde cenaron con sus antepasados en el otro mundo!”.

A pesar de la debacle, los médicos se afianzaron a sus principios. Un famoso galeno llamado Tommaso del Garbo, profesor de medicina en las universidades de Perugia y Bolonia, anotó en su libro de consejos contra la peste, escrito alrededor de 1360:

“No ocupen su mente con ideas de muerte y tragedia ni con nada que los entristezca o acongoje, sino ocupen sus pensamientos en cosas placenteras y deleitables. Reúnanse con personas despreocupadas, felices y ajenas a la melancolía. Quédense en su casa, pero no con demasiada gente alrededor, y como pasatiempo dedíquense a embellecer sus jardines con plantas aromáticas, vides y rosas. Aprecien su floración. Y hagan uso extensivo de las canciones y los cuentos que les den placer, evitando agotarse y procurándose todas las cosas amenas que pueden proporcionarles alivio. No cesen de maravillarse con el milagro de la vida.”

Vemos, pues, que la música no fue jamás fortuita en el confinamiento. Llegar al final de cada día era un logro, un auténtico triunfo, un canto a la existencia y un himno al erotismo que debía celebrarse: triunfaba la jubilosa vibración de la vida sobre el silencio pétreo de la muerte. Se tiene constancia de más de medio centenar de composiciones que se plasmaron a partir del inusitado éxito del Decamerone, desde su aparición hasta el siglo XVII. La obra de Boccaccio siguió reverdeciendo porque en ese lapso temporal la sucesión de plagas no bajó su ritmo: la viruela que se aposentó en nuestro continente en 1520, el “Sudor inglés” de 1529 que sólo atacaba mortalmente a los hombres adultos; la peste bubónica de Milán de 1577, la peste romana de 1591, la nueva peste milanesa de 1627, etcétera… Muchos compositores hoy olvidados aplicaron sus talentos en esto, pero destaca Pier Luigi da Palestrina, con su madrigal Giafu chi m’ebbe cara e volontieri Giovinetta, inspirado en la tercera jornada del Decamerone. El título lo traducimos como “Ya fue, o ya murió, la jovencita que me quiso voluntariamente”.2

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1 Accédase a la liga: https://youtu.be/1-h4n8tRQLU.

2 Escúchese este madrigal, con su evidente tránsito de la monodía de la balada anterior hacia la amplia polifonía vocal de ese último tercio del siglo XVI: https://youtu.be/fSMu9yr0nHE.