Premio de poesía a la lengua ch’ol

Para la poeta chiapaneca Juana Peñate Montejo el Premio de Literaturas Indígenas de América 2020, que le fue entregado en el marco de la Feria Internacional del Libro (FIL) de Guadalajara, es “la revalorización de la lengua ch’ol, minimizada en mi propio estado, y la oportunidad de seguir acercando a los jóvenes por el camino de la poesía”.

En su versión virtual de este año, la FIL rea­firmó la presencia femenina en los galardones pues, además de Peñate Montejo, la portuguesa Lídia Jorge recibió el premio de Literatura en Lenguas Romances; la argentina Camila Sosa Villada, el de Literatura Sor Juana Inés de la Cruz, y la escritora y educadora colombiana Yolanda Reyes, el Iberoamericano SM de Literatura Infantil y Juvenil.

El poemario Isoñil ja’al/Danza de la lluvia, en lengua ch’ol, fue valorado por el jurado porque “exalta el dolorido sentir que deja la muerte en sus rituales, la muerte que se clava como un rayo y nos parte en dos” en versos precisos, y de acuerdo con lo dicho a Proceso por la poeta (nacida en 1979 en el Ejido Emiliano Zapata del municipio de Tumbalá), dedicado a las mujeres mexicanas ante la violencia.

El ch’ol es una de las cuatro lenguas indígenas mayas de Chiapas (191 mil 947 hablantes), con el tzeltal (461 mil 236 hablantes), el tzotzil (417 mil 462 hablantes) y el zoque (53 mil 839 hablantes).

Vía WhatsApp desde Tumbalá, y entre un par de llamadas interrumpidas por la falta de señal, la poeta recordó el camino que la llevó a la poesía: primero como maestra de primaria bilingüe, luego como abogada (se graduó en el Centro de Estudios Superiores de Tapachula), y finalmente en su anhelo por estudiar psicología (que abandonó en el quinto semestre para tomar un diplomado en creación literaria, donde reafirmó su amor por las letras).

Recordó:

“Mi mamá siempre me decía: ‘estudia hija, estudia, tú no te puedes quedar aquí’. Yo estudiaba la preparatoria y mi idea era llegar a la psicología clínica, pero cuando surge el movimiento zapatista ya no pude terminar porque mi familia se vio afectada y tuvimos que abandonar la comunidad; nos refugiamos en la cabecera municipal de Tumbalá, éramos 10 personas viviendo en un cuarto de tres por tres metros.

“Decidí trabajar para ayudar y empecé a dar clases, primero como maestra bilingüe de ch’ol y después busqué estudiar psicología social, que era lo más cercano a la psicología clínica. En los pueblos, cuando ven que estudias, que te preparas, piensan que sabes de todo, y se me acercaba la gente para pedirme ayuda en problemas de todo tipo, especialmente de justicia, y para entender mejor y apoyarlos estudié derecho.”

–A la distancia, ¿qué piensa del movimiento zapatista?

–En su momento no lo entendí, estaba hasta enojada, sobre todo al ver a mi familia abandonar su lugar de origen, sufrimos los estragos, pero ahora me doy cuenta que sin el movimiento yo no sería lo que soy, así que ahora lo agradezco. Soy más consciente de lo que es mi cultura, y eso me ha permitido desarrollarme en otros campos, conocer a otras personas y, sobre todo, a mi propia gente.

–¿Cómo surge el amor por la poesía en usted?

–La poesía me gustaba desde niña, en la primaria pedía que en lugar de bailar me pusieran a recitar y así gané varios concursos; conforme crecí escribía lo que yo llamaba “pensamientos”, porque siempre he pensado que la poesía es inspiración, pero fue un diplomado en creación literaria, por el cual dejé la carrera de psicología, que me acerqué a la poesía.

Sus primeros poemas se publicaron en la revista Nuestra Sabiduría en Chiapas, además de que obtuvo el tercer lugar en concurso de cuento con Y el Bolom dice, más el Premio de Poesía Pat o’tan.

–¿Cómo llegó al poemario Danza de la lluvia?

–Fue en enero cuando un amigo de la Ciudad de México me envió la convocatoria porque estaba buscando una editorial para que se publicara este año, esa era mi idea.

“El poemario tiene dos vertientes: por un lado, la falta de visibilización de la lengua ch’ol, a menudo minimizada a nivel estatal; y la otra parte es la violencia de género y los feminicidios, porque reconozco en las mujeres ch’oles la timidez, solemos ser tímidas y no decir nada cuando hay alguna violencia, entonces quise plasmar esas vivencias desde mi cultura y desde lo que vivimos las mujeres en general. Ese mismo dolor en la poesía, en la cual también se puede encontrar la fuerza para salir adelante, es una reflexión de la vida.”

En un poema, “Soy una mujer ch’ol” (Joñoñ xty’añonbä x-ixik), refleja esa situación:

Vengo de aquella lejanía

donde los ríos, manantiales,

silencios y oscuridades hacen que

   (las mujeres sean tímidas,

firmes dibujando el camino del miedo.

(Tyilemoñ tyi’ tyamlel lum

ya baki jiñi pa’, wuty  ja,

ñäch’tyälel yik’oty ik’yoch’añbä

lichikñaj mi’ mel jiñi x-ixikob,

tsäts mi’ boñob majlel ibijlel bäk’eñ).

–Mencionó que el premio de la FIL es una revalorización del ch’ol. ¿Ha significado algún cambio para usted o su trabajo?

–El único cambio y el más gratificante ha sido que los jóvenes de Tumbalá se interesan por el ch’ol, me reconocen y a veces me paran en la calle y me piden algún consejo para escribir, algún libro para leer, ayuda para traducir, pero sobre todo que me preguntan: “¿Cómo le hace, maestra?”, y les respondo como mi maestro del diplomado José Antonio Reyes Matamoros me dijo: “Trabajando, hay que trabajar”.