Estimado Andrés Manuel:
Aunque bien sé que no debo distraerte con temas que pueden parecer triviales, me permito exponerte el atropello sufrido por mí, una mujer de 79 años que ha dedicado su vida al servicio público, justamente en busca de eso mismo por lo que ahora trabajas: una patria mejor y más justa.
Debo comenzar por contarte, como menciono en mi libro Pese a todo, que “mi vida tomó un nuevo rumbo a partir del tantos años esperado triunfo de Andrés Manuel López Obrador”. Por eso mismo, me es difícil describirte el desconcierto, la tristeza e indignación que me causa el trato que he recibido al ser injustificada y groseramente despedida como directora general de Comunicación de la Comisión Nacional de Derechos Humanos, una institución tan noble en la que tuve el privilegio de participar como fundadora.
Cuando Francisco Estrada Correa, actual secretario ejecutivo de la Comisión, me invitó a la CNDH en agosto pasado, recibí el nombramiento respectivo de la presidenta Rosario Piedra Ibarra en persona. Pero ahora, al ser inexplicablemente despedida, no tuve el mismo honor, pues ni Estrada ni la presidenta tuvieron la cortesía de citarme para hablar de mi salida. Es más, ni siquiera una llamada recibí de alguno de ellos y fui “notificada” de mi súbito e inexplicable despido por la titular de Recursos Humanos y la abogada de la institución, como si hubiera yo cometido alguna falta.
Mi despido muestra también la poca importancia que merece a los mencionados contar con una estrategia de comunicación, elemento indispensable en una institución que, por su propia naturaleza, está obligada a informar amplia y debidamente a la ciudadanía.
Mi trayectoria profesional se ha nutrido, sobre todo, de los importantes encargos que la UNAM me hizo en el pasado, desde mi labor al lado del entonces rector Jorge Carpizo en la rectoría universitaria, hasta la dirección de Radio Universidad, donde privilegié, sobre todo, la pluralidad de ideas y el diálogo constructivo. Después, como responsable del área de publicaciones, participé en la fundación de la CNDH al lado también de Jorge Carpizo, cuando con él surgió una institución que ha sido clave en la defensa de los derechos humanos.
Cuando Francisco Estrada me buscó para invitarme a la Comisión, yo tenía el privilegio de ser la coordinadora de asesores de la maestra Ifigenia Martínez, en el Senado de la República. Si acepté irme a la Comisión fue por el gran cariño que profeso por la institución que yo misma ayudé a fundar. Imaginarás mi sorpresa al enterarme que mi llegada estaba condicionada y “a prueba”, como sostiene el boletín informativo que la misma Comisión hizo público para anunciar mi salida.
Resulta paradójico, por decir lo menos, que una institución dedicada a la defensa de los derechos humanos viole los míos tan artera y públicamente y me someta a una contratación “a prueba”, actitud semejante al “outsourcing” que estamos combatiendo.
Sobra decir que como mujer, y sin ahondar en obviedades propias de mi edad y de mi trayectoria profesional, enfatizada en el propio boletín de la Comisión en relación con mi “salida”, y de la crisis sanitaria actual, este es un golpe directo a mi persona y a mis derechos.
Alguna vez, el rector Javier Barros Sierra, como bien sabes, mi tío paterno, dijo que “es deshonroso renunciar y no denunciar”. Esta es la pauta que ha guiado mi conducta siempre, así como estas líneas, Andrés Manuel.
No deja de ser contradictorio, espero que coincidas conmigo, que se reconozca, como dice el boletín que la propia Comisión envió a la prensa, mi trayectoria y experiencia profesional y se constate “mi espíritu de servicio y calidad humana”, y al mismo tiempo, se sostenga que me voy por “no convenir a los intereses de la institución”.
Me pregunto, y te pregunto, ¿cuáles son esos intereses, Andrés Manuel?
Me despido y agradezco tu atención
Beatriz Barros Horcasitas








