Lo inhumano

Lo inhumano no es lo animal. No es lo que en la naturaleza es distinto al hombre. Cuando decimos que un asesino o un violador es una bestia, nos equivocamos. Los animales no asesinan ni violan. Ni siquiera pueden concebirlo. Pertenecen a lo salvaje. En realidad lo inhumano es propio de lo humano, está cosido a él como el reverso al anverso; es su otra cara. Lejos de los rasgos monstruosos con los que la literatura suele simbolizarlo, lo inhumano tiene –como el Eichmann descrito por Hannah Arendt– rostro humano. Se parece a cualquiera de nosotros y cualquiera de nosotros puede asumirlo. Su monstruosidad no está, por lo tanto, en los rasgos de quien lo hace suyo, sino en la capacidad desatada de someter, de reducir a otro a una cosa a la que, según el capricho, el deseo o la oportunidad, se puede usar, humillar, torturar, violar, destazar, desaparecer.

Todas las épocas han sido inhumanas. La nuestra, en particular la de México, no es la excepción. Se distingue de otros periodos de su historia en que lo inhumano está hoy entretejido con la conciencia de su otra cara: lo humano. En ninguna época anterior, la defensa y la sensibilidad ante lo humano ha sido tan fuerte como en ésta. En ninguna, tampoco, la destrucción sistemática de lo humano lo ha sido también. Pese a la gran cantidad de organizaciones defensoras de derechos humanos, lo inhumano se exhibe con una brutalidad descomunal. Lejos de detenerse, prospera al amparo del Estado y ante la indiferencia de muchos que miran su acontecer como una nota más en medio del show mediático.

Varias son las hipótesis que buscan explicarlo. Hay una, sin embargo, que no ha sido traída a la reflexión. Entre 1879 y 1880, Dostoievski escribió Los hermanos Karamazov, una novela sobre el deicidio. En ella, Dostoievski pone en boca de Iván Karamazov una palabra que anunciaba nuestra época: “Si Dios (el Dios del evangelio, el Dios de la compasión y la justicia) no existe todo está permitido”. Años después, en 1882, como una confirmación de las palabras de Iván, Nietzsche, en La gaya ciencia exclamó: “Dios ha muerto”. En su lugar colocó al “superhombre”.

La idea, despojada de las profundidades del filósofo alemán, la retomó el nazismo, que hizo del “superhombre” el inhumano absoluto, el individuo al que todo le está permitido, cuyos ­actos están retratados en Auschwitz. Lo que, a partir de entonces, caracteriza lo ­inhumano es la arbitrariedad del poder, su fuerza bruta. El prestigio del héroe moderno –exaltado por narcocorridos, corridos y series de televisión– radica así en su impiedad, en su capacidad de hacer del otro una cosa sometida al capricho de su fuerza. Si se le admira y se le teme es por la superioridad que le confiere su crueldad que lo coloca por encima de la ley, en una especie de Olimpo, dueño, como los dioses, del poder de imprimir en los otros sus desvaríos. La exhibición de su crueldad es un equivalente de lo que algunos pueblos de la Polinesia llaman mana: un poder sobrenatural e impersonal que pasa de la víctima al victimario y crea en el victimario la sensación de estar más allá de la servidumbre y de la muerte. Esta realidad, que día con día asumen más personas en México, se mide por el destrucción de ya cerca de 350 mil personas, de alrededor de 80 mil desaparecidos, de 70 mil niños y niñas sometidos a explotación sexual, y de un profundo terror que lleva a gran parte de la población a la parálisis, tiene su correlato en el poder político.

Ese poder, en sí mismo inhumano (el lenguaje de la poesía le dio el nombre de un monstruo: Leviatán), se ha contaminado cada vez más de maldad. No se expresa, con la inhumanidad del crimen organizado, pero sí con la ímpetu del despreció y de su complicidad con la violencia. Bastan unos ejemplos: el apoyo irrestricto del presidente López Obrador a las Fuerzas Armadas –responsables de violaciones a derechos humanos–, la saña con la que culpa, persigue y lincha mediáticamente a sus opositores, el respaldo a los cárteles: saluda a la madre del Chapo, deja escapar al hijo de éste en Culiacán, destruye la Comisión Ejecutiva de Atención a Víctimas y su Fondo de Ayuda, Asistencia y Reparación Integral, y, junto con gobernadores y partidos, abandona a la población a la violencia. En dos años de su gobierno, el número de víctimas es inaudito: cerca de 60 mil. Hay que agregar, a causa de una política de salud basada en la arrogancia, los más de 100 mil muertos por la pandemia. El día de su anuncio, el presidente prefirió hablar de beisbol e Irma Eréndira Sandoval de festejarlo: “La crisis del covid-19 le ha caído como anillo al dedo a la 4T”. Y qué decir de un Mario Delgado empeñado en apoyar candidatos como Ricardo Gallardo, en San Luis Potosí, sospechoso de delincuencia organizada y crímenes atroces, o del propio presidente que, con la suficiencia de un dios, que decide quién vive y quién muere, anuncia, desde lo alto del cielo, que optó por inundar a los más pobres en Tabasco… En un mundo sin Dios, el poder lo es todo. Sirve para acumularlo al precio de instrumentalizar al otro y justificar lo inaudito. Muerto Dios, todo está permitido y la alegría del devenir se convierte en el espantoso hábito del aniquilamiento que, al deshumanizar la inteligencia, fabrica subhombres.

Además opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, detener la guerra, liberar a todos los presos políticos, hacer justicia a las víctimas de la violencia, juzgar a gobernadores y funcionarios criminales, esclarecer el asesinato de Samir Flores, la masacre de los Le Barón, detener los megaproyectos y devolverle la gobernabilidad a Morelos.