Christopher Nolan es el prototipo del realizador que borra la frontera entre cine de arte o de autor, con el entretenimiento del blockbuster; es decir, sensacionalismo combinado con una escritura inteligente e innovadora. Comercialmente, Tenet (Estados Unidos–Gran Bretaña, 2020) representa la apuesta de las distribuidoras para remolcar al espectador de vuelta a las salas de cine preparadas para recibir al público con los protocolos de seguridad que exige la salubridad en tiempos de pandemia.
Resulta difícil, en realidad, imaginar Tenet fuera de la pantalla grande y sin equipo de sonido apropiado; la secuencia inicial, que ocurre en una sala de conciertos en Kiev, sirve de prólogo a la intrincada historia y funciona como metáfora de la concurrencia a la sala de cine, o la de un avión lleno de pasajeros a punto de despegar.
Nolan es el piloto del viaje que le propone a los asistentes; los admiradores del director de Interstellar se dejan llevar al final de la galaxia, y los que no van a tener un viaje incómodo en cuanto la sala de música se convierte en un campo de batalla entre policías y terroristas.
Obsesionado con el tiempo, sus paradojas y falacias inspiradas en las físicas del siglo XX, desde el inicio de su carrera (Memento, 2000) Nolan juega dentro de laberintos hechos de ficciones imposibles; el de Tenet, palíndromo o capicúa, condensa la premisa narrativa, las balas pueden regresar a la pistola, el mundo del futuro puede organizar una guerra que ocurra en el pasado; la científica a cargo de explicarle al héroe (llamado simplemente El Protagonista –John David Washington–, la técnica de la antientropía inventada en el futuro, lo tranquiliza con una fórmula simple, puerta de salida de emergencia para el público: “si no entiendes, sólo déjate sentir”.
Claro que nadie quiere ser ese tipo de espectador simplón y todos se quiebran la cabeza con las paradojas de reversibilidad temporal y posibles universos paralelos; lo cierto es que los agujeros ensangrentados de balas de disparos que ya ocurrieron en el futuro pero que están por ocurrir, o los coches en reversa a exceso de velocidad que se pueden estrellar con los que circulan en el presente, no dependen tanto de una teoría cuántica como de una figura cinematográfica tan vieja como el cine mismo, el reverse motion.
Pero ojo: Lo sorprendente en Tenet no es el simple truco de la acción en regreso, sino la manera en que la acción hacia adelante y hacia atrás se condensan en la espléndida fotografía de Hoyte Van Hoytema, apoyadas en la banda sonora del sueco Ludwig Göransson, y en una edición impecable, sin la mínima costura; personajes y objetos chocan, pero ritmo y planos temporales nunca.
La historia, que evoca las tramas de James Bond, no hace más que adaptarse al virtuosismo visual de Nolan; el malo quiere destruir al mundo (no faltaba más), Kenneth Branagh logra uno de los peores villanos del cine; la escultural dama en apuros, Elizabeth Debicki, sufre hasta patadas en el estómago; la actuación de Robert Pattison como apoyo de El Protagonista, desenfadada a la manera de Peter O’Toole en Lawrence de Arabia; y Washington, candidato de Nolan para 007, es un tanto tieso.








