La reapertura de los museos, en estos tiempos de pandemia, plantea retos que rebasan el cumplimiento de los protocolos sanitarios que establece la Secretaría de Salud. Desde la concepción museística tradicional que comprende la utilidad y misión social de los museos, hasta los modelos de exposición y gestión, deben transformarse para servir a los ciudadanos de manera eficiente y afectiva en relación con las nuevas circunstancias.
Exhibir una muestra en un museo que se ubica en una zona de atención prioritaria por covid-19 –como el Museo del Palacio de Bellas Artes en la Ciudad de México–, en salas carentes de ventilación natural y con una museografía que las oscurece para provocar efectos dramáticos con la iluminación puntual de las obras, provoca serios cuestionamientos sobre la responsabilidad profesional, social y sanitaria de los funcionarios que administran el museo: su director, Miguel Fernández Felix; la coordinadora de Artes Visuales, Mariana Munguía, y la directora del Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA), Lucina Jiménez.
Espléndida por su tema y contenido, la muestra El París de Modigliani y sus contemporáneos podría haberse exhibido en un recinto más apropiado, tanto para la seguridad sanitaria como para el disfrute de las obras. Por ejemplo, el Museo Tamayo Arte Contemporáneo, un recinto ubicado en el Bosque de Chapultepec, con iluminación natural y salas tan amplias que no sólo hubieran permitido admirar las obras –guardando una “sana distancia” más relajada–, sino que hubiera cumplido con dos claves anti-covid en espacios cerrados: iluminación y ventilación natural.
Aspectos esenciales si se toma en cuenta que, debido a la necesidad de proteger las obras pictóricas, la sanitización del ambiente no puede realizarse con métodos de aspersión.
Concebida originalmente por el curador francés y especialista en la obra de Amedeo Modigliani, Marc Restellini, la muestra presenta una perspectiva general y sintética de los artistas judíos de estética expresionista que pertenecieron a la Escuela de París. Un término, este último, que se refiere a los creadores franceses y extranjeros que trabajaron en los emblemáticos barrios bohemios de Montmartre y Montparnasse de esa ciudad entre la primera y la segunda guerras mundiales.
Organizada en su origen con obras pertenecientes a la Colección Jonas Netter –quien a partir de 1915 fue mecenas de Modigliani y coleccionista de Chaim Soutine, Maurice Utrillo, André Derain, Maurice de Valinck, Moïse Kisling y Suzanne Valadon–, la muestra, en su versión mexicana, se enriquece con la curaduría de Jaime Moreno Villarreal, quien integró a los artistas nacionales vinculados con la famosa Escuela: Ángel Zárraga –a quien se le atribuye que Modigliani fuera el modelo para su famosa pintura Exvoto, San Sebatián” de 1912–, Diego Rivera –retratado por Modigliani–, Angelina Beloff, Carlos Mérida, Benjamín Coria y Santos Balmori.
Estructurada curatorialmente a partir de los retratos de Modigliani (Italia 1884-Francia 1920) pertenecientes a la colección Netter, la exposición, aun cuando no incluye ni sus famosos desnudos ni las esculturas que resignifican las máscaras africanas de la etnia Fang, sí permite conocer las sutiles y dramáticas estéticas expresionistas de los pintores de la Escuela de París.
Y si bien la asistencia a la muestra es difícil de recomendar por los riesgos sanitarios, el recorrido de su micrositio digital es una excelente opción para disfrutarla a través de explicaciones de las secciones temáticas, entrevistas con especialistas, obras comentadas y piezas musicales de compositores que, como Erik Satie, fueron parte de la escena parisina: https://museopalaciodebellasartes.gob.mx/modigliani.








