Todo lo que perdieron

¿Qué pasó en las vidas de los presos de Tlanixco durante su encierro? ¿De qué se perdieron mientras estuvieron tras las rejas? Los seis activistas cuentan a Proceso lo que padecieron y lo que ya no podrán recuperar –la convivencia familiar, las muertes en su entorno– después de haber perdido injustamente su libertad durante 16, 13 y 12 años.

SAN PEDRO TLANIXCO, EDOMEX.- Pedro Sánchez Berriozábal fue detenido el 18 de junio de 2003. Tres años después fue sentenciado a 50 años de cárcel. Tenía 36 años. Salió libre el 5 de abril de 2019 con 52 años a cuestas.

“Estar en la cárcel con una sentencia de 50 años es estar muerto. A pesar de que uno respira, por la condena era como vivir en estado vegetal. El juez cuando nos condenó nos tenía muertos en vida. Yo estuve a punto de atravesarme a los camiones que llegaban a dejar abasto…

–¿Tenía alguna representación comunitaria cuando murió el empresario Alejandro Isaac Bazo? 

–No. Había nuevo comité (de defensa del agua). Pero para el gobierno yo seguía siendo miembro. Por eso fueron directo contra nosotros. 

–¿Dónde estaba cuando pasó lo del empresario? 

–Cuando pasa algo en el pueblo se tocan las campanas. Así me enteré. Que habían llegado unas personas al lugar y me fui, pero el que haya ido no significa que me hubieran visto los testigos. Yo estuve como a 500 metros de donde ocurrieron las cosas.

–¿Qué fue lo que más le dolió perder en estos años de encierro? 

–La dedicación a mis hijos, sus estudios. Y en lo individual yo tenía un proyecto de vida, las tortillerías, y en el campo me iba bien, me dedicaba a cultivar flor.

“Tuvimos muchas pérdidas. Los abogados costaron mucho. Yo quería dejarles un patrimonio a mis hijos, tenía terrenos para construir y todo se fue para abajo.

“También teníamos una asociación civil. Seguro ya tendríamos certificación del lugar, calle pavimentada, diéramos servicios, esa era mi otra preocupación, ayudar.

“Mi papá se murió a los 10 días de que me encerraron. Era una persona muy sana, ya grande, pero trabajaba, caminaba. Falleció de un paro cardiaco. Luego se murió mi madre.”

–¿Qué tan recuperado se siente ahora? 

–Todavía hace cuatro años me sentía bien pero me enfermé, se me fue el hambre y las cosas me sabían feo. En el penal me dijeron que tenía diabetes y tuberculosis. Mi esposa logró que me examinaran afuera y resultó que tengo hipertiroidismo. No me siento bien. Como que me quedé tullido. Mis mejores años se quedaron en la cárcel. Me los quitaron.

“Cuando me detuvieron tenía tres hijos. Ahora tienen 26, 23 y 21 años. Y hace ocho años llegaron unas gemelas.

“Lo que abrió la puerta a nuestra libertad fue nuestra calidad de indígenas, cuando nos empezamos a defender por ese lado. Nos dimos cuenta, después de muchos años, de los derechos que teníamos y de las violaciones que cometieron en nuestro proceso.

“Me quitaron parte de mi vida”

Teófilo Pérez González era ayudante de albañil y manejaba un taxi. El día de los acontecimientos había ido por la mañana a Villa Guerrero a poner unas ventanas. Regresó al mediodía a su casa y se fue a un pequeño ranchito donde la familia tenía puercos. Pasó las horas limpiando a los cerdos y alimentándolos. De noche regresó a su casa. Se enteró de lo ocurrido hasta después.

–¿Tenía un cargo en el comité del agua? 

–Sí, Tenía unos cuatro meses de que me habían nombrado vocal. Las cosas pasan en abril y me detienen en julio. Nunca me escondí ni nada. Cuando me detuvieron tenía 33 años. Llevaba 16 años de casado. Tenía cuatro hijos de 12, nueve, siete y seis años. Salí de la cárcel con 50 años de edad. 

–¿Qué considera que fue lo más importante que perdió estando preso? 

–El tiempo de convivencia con mis hijos. Crecieron sin papá y no pudieron tener una carrera porque su mamá tuvo que trabajar, hacerla de papá y mamá. Para mí eso fue lo peor, que me quitaron parte de mi vida, de la vida con mis hijos, con mi esposa, con mis padres. Todo el núcleo familiar se destruyó, se fue para abajo. 

–Cuando salió de la cárcel, ¿qué pasó?

–Es un cambio muy fuerte. Llega uno al mismo lugar pero diferente. Mis hijos ya grandes, mis papás más acabados, viejitos. Ahora tengo seis nietos. Y uno con las manos vacías.

“Se perdió todo lo económico. El carrito que tenía, los animalitos que criaba uno y, pues, a empezar a buscar trabajo. Regresé a la casa sin nada, como gallina recién comprada que no sabe para dónde correr.

“Al principio me fui con mi papá al campo. Luego un conocido me dio trabajo en un taxi y voy sacando para el día a día.”

–¿Seguirá en el comité del agua? 

–Quiero que lo que pasó valga la pena. Siguen los mismos problemas y si en mis manos está poder ayudar, lo voy a hacer. Sólo que voy por pasos. Primero conseguir un trabajo estable… En el penal me dediqué a la música. Aprendí lo básico: la guitarra, el acordeón, el teclado. Quizá más adelante me dedique a la música…

 

“Perdí a mi familia”

Rómulo Arias Mireles. Lo detuvieron el 13 de junio de 2006. Cuando quedó preso tenía 37 años. Quedó libre el 5 de abril de 2019. Pasó 13 años en la cárcel.

Su principal actividad era y es la de mecánico, pero alquilaba plantas de luz, tenía cuatro taxis y algunos terrenos. 

–¿Estuvo usted presente cuando falleció el empresario…? 

–El día que pasó lo del accidente regresaba de Metepec a donde fui a rectificar el motor de una camioneta. Cuando llegué sólo me asomé al edificio de la delegación (de la comunidad). Nunca estuve donde ocurrieron los hechos. 

–¿Por qué lo inculparon entonces? 

–A nosotros nos empiezan a poner como de una asociación civil para defender el agua. Querían quitarnos unos ríos que salen dentro de nuestro territorio. Era tesorero de la asociación. 

Rómulo fue el tercero en ser detenido. Antes, en un operativo, golpearon a sus padres. Lo encontraron tres años después en la casa de su hermano, a un lado de su taller. Lo amenazaron con pistolas y golpes para que delatara a sus compañeros. 

–¿Qué fue lo que más le dolió perder en estos 13 años de cárcel? 

–Perder a mis seres queridos. Al año de que me detuvieron perdí a mi papá por los golpes que le dieron. También se murió un hermano y tengo un hijo en el reclusorio (la esposa de Rómulo asegura que también por un asesinato que no cometió).

“Perdí la convivencia con mis tres hijos. Cuando me liberaron tenía 50. El mayor de mis hijos no entraba ni a la secundaria cuando me llevaron. El otro acabó sólo la primaria y la hija hizo la prepa y ya no siguió estudiando. Se truncaron sus estudios. Mi esposa estuvo metida en todos los trámites de mi defensa. Iba a audiencias, a visitarme, se descuidó la casa, a los hijos.

“¿Qué más perdí?, pues en lo material tenía dos grúas, cuatro plantas de luz, cuatro taxis, algunos terrenitos. Todo eso se acabó. Todo se vendió para pagar abogados que abusaban, que prometían sacarme. Terminé con problemas de salud.”

–¿Piensa seguir en la defensa del agua? 

–Ahorita no, pero sí me voy a meter, tienen que reconocer nuestros recursos naturales. Mi abuela decía que todo lo que alcanzara mi vista era mío, del pueblo. Somos pobladores originarios.

 

“Defensores del agua, no delincuentes”

Lorenzo Sánchez Berriozábal fue el cuarto en ser detenido. Lo localizaron el 12 de diciembre de 2006 mientras se escondía en la colonia Portales de la Ciudad de México. Cuando quedó preso tenía 43 años. Quedó libre el 17 de febrero de 2019. Estaba casado y tenía un hijo de 14 años.

Se presenta: “Soy del pueblo indígena nahua de San Pedro Tlanixco”. 

Entrevistado en el comedor de su casa cuenta: “Lo de la muerte del ingeniero Issac Bazo todos supimos que fue un accidente, pero se dedicaron a alterar la realidad y nos hicieron culpables a pesar de que no estuvimos en el momento crucial.

“Los testigos que presentaron dijeron en su primera declaración que no sabían nada y ya posteriormente, en otras, nos identificaban, nos señalaban, daban hasta datos personales de nosotros… Todo fue una mentira, llegaron a culpar a una persona que llevaba un año de muerta, a otros que estaban en el norte trabajando e incluso a uno que trabajaba en la policía del Estado de México.

“Yo estuve a unos 500 metros de donde se dio el accidente. Yo me fui huyendo junto con mi cuñado Santos Alejandro. Anduve escondiéndome desde mediados de 2003 hasta 2006, que me localizan.

“Llevaba tres años y medio con mi esposa manteniendo mis gastos. Me la pasé trabajando en la construcción. No podía en otra cosa porque nos pedían papeles.

“Aquí en el pueblo trabajaba en un negocito de materiales para la construcción, tenía una tlapalería, unos camiones fleteros, un invernadero con clavel y tulipanes. Tenía cinco empleados. Todos perdimos. Gracias a mi esposa no se cerró el negocio.”

–¿Qué fue lo más fuerte que pasó en la cárcel? 

–Lo más pesado fue que por la edad de mi mamá, que ya era muy grande, no tuvimos el valor de decirle que estaba en la cárcel. Cuando agarraron a mi hermano (tres años antes que a él) tenía más uso de razón, cuando me detienen a mí se le dijo que estaba en Estados Unidos. Decía que me cuidara porque no iba a aguantar que dos de sus hijos estuvieran presos siendo inocentes. Para mí eso fue lo más doloroso. Cuando mi mamá iba a visitar a mi hermano a la cárcel yo me escondía.

“Mi madre falleció hace cuatro años, va para cinco. Fue el sufrimiento más fuerte. Mi padre también murió a raíz de este problema. Falleció antes del año de que agarraron a mi hermano. Se enfermó. Estaba envenenado por tanta preocupación. Murió en 2003.”

–¿Seguirá en la defensa del agua? 

–Da miedo por todo lo que pasó, pero cuando es una lucha por nuestros recursos materiales, tenemos la obligación de participar dentro de la ley, por la vía pacífica y de la razón. No debió pasar esto. Nosotros somos defensores del agua, no delincuentes. 

“Mi vida se derrumbó” 

Se le pregunta a Marco Antonio Pérez González:

–¿Tenía algún cargo en el comité de defensa del agua?

–Era como voluntario. El tiempo que tuviera disponible participaba.

–¿Estuvo en el momento del incidente con el empresario Issac? 

–Yo estaba en mi casa. Llegan unas personas y me avisan que gente ajena al pueblo se había metido a nuestro territorio. Como uno es parte del pueblo y su tradición es proteger a nuestra gente, nuestra tierra, nuestra agua, nuestros bosques, fui al lugar. Llego al sitio y veo gente que empieza a insultar a esta persona, pero no había ninguna autoridad de nuestro lado.

“Entonces me regresé al pueblo en busca de una autoridad, pero no encontré a ninguna y me vine para la casa porque mi mujer se acababa de aliviar.

“Hasta el otro día me enteré de lo que ocurrió, que una persona se había desbarrancado. Pregunté si era alguien del pueblo y me dijeron que no. Eso es lo que pude ver y saber y eso le comenté a la autoridad cuando me citaron a dar mi testimonio.

“La familia me escondió. Sólo me daba mis vueltas al pueblo dos o tres veces al año, hasta que me agarraron en la Ciudad de México, donde trabajaba en la construcción.

“Yo siempre trabajé fuera del pueblo. Sólo venía en fin de año, en fiestas grandes, pero me iba por periodos de tres, cuatro meses. Si gente del pueblo no me conocía, cómo fue posible que personas de otro pueblo me identificaran y dijeran que sin temor a equivocarse era yo. Cuando me fui a esconder tenía 24 años. Me detuvieron a los 27.

–Cuando ocurrió el fallecimiento del ingeniero, ¿llevaba tiempo en Tlanixco?

–Vine a bautizar a mi hijo. Por eso estaba aquí. 

–¿Y cómo está su hijo ahora? 

–Estudiando el segundo semestre de prepa. Cuando mi esposa me iba a ver le dije: ‘Ya no vengas. Lo que gastes en mí, refresco, comida, mejor inviértelo en los estudios de mi hijo. A él le hace más falta que a mí.’ Me dolía ver a mi hijo con un zapato rompido, un pantalón, una camisa.

–¿De qué se perdió todo este tiempo que estuvo detenido?

–Lo básico, ver crecer a mi hijo. Va a cumplir 18 años. Darle una educación adecuada, jugar con él, llevarlo a la escuela, es un tiempo irrecuperable. 

“Lo otro fue perder a mi madre. Fallece al año de estar preso. No poder haber estado en su funeral, en el entierro, fue muy duro.

“Otras cosas que perdí fue ver pasar mi juventud. Salí de 40 años. He tenido problemas para encontrar trabajo. Lo cortan a uno. Piensan que regresé maleado, enfermo y pues se ha complicado. Mi vida se derrumbó, mi proyecto que tenía se vino abajo.”

–¿Qué proyecto de vida tenía? 

–Formar una pequeña constructora. Tenía los contactos necesarios para hacerlo. Conocía a ingenieros, arquitectos y ellos me impulsaban porque veían mi trabajo. Pensaba ponerla en la Ciudad de México. 

–¿Piensa quedarse aquí? 

–Pues a dónde puedo ir ahora. Sin patrimonio, sin nada, para dónde corro. Vivo con mi suegra. Mi familia nunca me lo decía pero conseguían dinero para los abogados. Imagínese si me voy y no les pago su dinero. Irme a otro lado es como huir. Nos hicieron criminales siendo inocentes.

“Todo me rebota en la cabeza”

Dominga González Martínez cuenta su desgracia: “Estaba en la iglesia, con dos señoras. Aquí se turna uno para cuidar la iglesia, porque no se deja sola. Nos enteramos hasta la tarde de que había un muerto”. 

–¿Formaba parte del comité del agua? 

–Sí. En ese entonces estábamos tramitando un amparo porque no teníamos agua. 

–¿A qué se dedicaba? 

–Me dedicaba a trabajar las flores en Villa Guerrero. Por eso yo les decía que si hubiera hecho algo, ¿a poco me iba a estar metiendo a la boca del lobo? Ellos venían por nosotros y nosotros trabajábamos para ellos. Recolectábamos diferentes flores. Llevaba como cinco años trabajando en eso.

“Me detuvieron el 7 de julio de 2007 en mi casa. La parte acusadora decía que habían visto a una señora chaparrita, de cachetes rojizos de unos 28 años que se llamaba Dominga Mojica González y yo soy Dominga González Martínez, tenía 50 años y ahora tengo 62. Todo lo fabricaron. Como decían que iban a venir por mí, me anduve escondiendo mucho tiempo. 

“El día que me apresaron me agredieron hasta donde ellos quisieron. Me dijeron que me iban a violar y la verdad todo eso lo tengo aquí metido en la cabeza.

“En la cárcel me mandaron a una celda de psiquiátricas. Me estaba volviendo loca como ellas. Estuve como cinco meses en esa celda. Al final me cambiaron, pero en mi nuevo lugar también me fue mal. Las custodias me mandaban golpear. 

“Cuando me detuvieron tenía un mes de que me habían operado de la matriz porque tenía hemorragias. A los ocho años de estar presa me volvieron a operar de lo mismo porque no había quedado bien.”

–¿Cuántos hijos tiene? 

–Tenía seis pero sólo viven cuatro. En 2003 mi hija mayor tenía 30 años, otra 25, el hombre más chico 17 y la hija menor 16 y cuidaba desde los tres meses a mi nieto, porque su mamá se fue a trabajar a Estados Unidos.

–¿Qué pasó en su familia mientras estuvo presa? 

–Murieron mi papá y mi mamá. Mi mamá se enfermó a partir de la golpiza de los judiciales y falleció; mi papá murió cuando se enteró de que me sentenciaron a 50 años.

“Dos de mis hijas no estudiaron, una estaba en la prepa pero la dejó porque se acabó el dinero; otro de mis hijos se fue a Estados Unidos. Todo se iba en abogados. Tuve como cinco o seis abogados hasta que llegó el licenciado Antonio Lara, que es defensor de indígenas.

“Mi esposo y mi hijo siguen en Estados Unidos. Mi hija se regresó cuando supo que me detuvieron.”

–¿Cuántos nietos tiene? 

–Doce. Mientras estuve presa nacieron 10.

–¿Qué fue lo más importante que perdió mientras estuvo presa?

–A mis padres. Cuando salí lo más que vi fueron dos tumbas, dos bultos de tierra.

–Desde que salió, ¿qué ha pasado con usted? 

–Estuve en terapia. En las noches sentía mucho miedo. Me sentía extraña. Padecía de depresión, me la pasaba acostada, era dormir y dormir. 

“Estar 12 años en la cárcel no es fácil. Todo lo tengo aquí. Cómo fui detenida, cómo me agredieron, los golpes que me dieron, las amenazas. Todo me rebota en la cabeza…”