¿Debe la música incluirse dentro de los componentes esenciales de la salud de la Tierra?
Un malestar que parece extendido a los ejecutantes, creadores e intérpretes del quehacer musical en los últimos meses de la experiencia global es el aislamiento y la gestación del embrión de la soledad, y el sinsentido del acto de hacer música para un público incorpóreo, no presente.
Nos preparamos para interactuar con una audiencia que ahora no podemos ver. La energía de la gente en vivo tiene poco que ver con un público de oyentes virtuales que no podemos sentir a plenitud o que vemos a través de una pantalla.
El vacío de los teatros y las salas de concierto durante la primera mitad de 2020 ha repercutido en el ánimo de los intérpretes, como si hubiesen transcurrido décadas. Los compositores coinciden, al igual que otros artistas, en que ha sido un lapso extraño en el que el devenir genera una percepción diferente del tiempo, con un discurso atemporal minimalista que exige un inédito esfuerzo intelectual.
Por la razón que sea, la reclusión física a la cual se han visto sometidos los habitantes urbanos –los creadores, entre ellos–, probablemente está produciendo un efecto emocional cuyos resultados sólo podrán apreciarse con el paso del tiempo, pero que ya empiezan a manifestarse.
Otro fenómeno infrecuente es la sensación de que algo anda descompuesto en la realidad urbana: la depresión de las ciudades, más la sensación de riesgo y la perturbación de la paz colectiva. Ello ha producido en algunos creadores infecundidad o imposibilidad de la inventiva en sus respectivos quehaceres, siendo un fenómeno contradictorio pues cuentan con más tiempo en sus estudios y con sus instrumentos.
Aunque la práctica instrumental representa un consuelo o compañía permanente para los músicos, la desconcentración por el bombardeo mediático o la sospecha de estar en el umbral histórico de un fenómeno bioquímico para la humanidad o la presencia viral de un enemigo invisible para la salud, desencadena inquietudes. La desvalorización de la cultura, el exterminio o su confinamiento como lenguaje, deja una sensación de vacío en los ejecutantes.
El maestro Enrique Diemecke (1955) –conductor de orquesta de origen alemán, violinista y compositor, batuta de la Orquesta Filarmónica de Buenos Aires, Argentina, y director artístico del mítico Teatro Colón– externó en una reciente entrevista televisiva su inquietud por la condición emocional de sus músicos de orquesta ante la ausencia del público presencial al que estaban acostumbrados en sus actuaciones.
Sien Marion Koopmans, jefa del Departamento de Virociencias del Erasmus MC de Rotterdam, Países Bajos –referente mundial en la investigación de enfermedades víricas zoonóticas antes de que la pandemia apareciera en diciembre 2019–, dijo a One Health que la música engloba las saludes humanas, animal y vegetal, y destacó la necesidad de concienciar colectivamente al respecto, durante el Encuentro Internacional de la Red Global que tuvo lugar del 9 al 12 de junio de 2019.
La música es un baluarte del ánimo emocional y tiene virtudes curativas, afirman los especialistas que investigan la musicoterapia como estímulo en los hospitales para los pacientes o los niños autistas en la realidad contemporánea.
Ya anteriormente la Arts Academy de Washington promovía los simposios La música de la naturaleza y la naturaleza por la música para establecer vínculos entre los lenguajes de la música académica del siglo XX y las expresiones sonoras de los elementos vitales que, en su condición abstracta de sonido, parecen atemporales. Se tomó como referente a compositores como el también ornitólogo Olivier Messiaen (Aviñón, 1908-Clichy, Île-de-France, 1992) con Quartor pour la fin du temps (Cuarteto para el fin de los tiempos) y su obra “Los pájaros”, así como los trabajos de George Crumb (Charleston, 1929) inspirados en el canto de las ballenas (Vox balaenae), entre otras, contribuyendo a un nuevo concepto.
¿Como sería una composición actual que describiera el ambiente sonoro del aislamiento? Sin duda el componente musical del silencio ocuparía un lugar preponderante.
¿Tendría muchas vertientes, formas de expresión y lenguajes musicales? Tantos quizá como temperamentos derivados de la percepción de los compositores, caminos vastos en la elaboración de la partitura.
A muchas personas el Cuarteto para el fin de los tiempos, escrita por Messian, les significó el fin del mundo por el Holocausto. Pero hoy parece una música adecuada a la realidad actual de los confinamientos, y esta vez correspondería al apoyo en la protección para la conservación de la especie humana, en medio de incineramientos masivos y el temor del final de toda esperanza.
La música saldrá de su prisión pandémica, se llenarán los parques y las salas de concierto para volver a ser un ejercicio de libertad y comunión con los oyentes. Será un “Cuarteto para un nuevo principio” y no ya el término de los tiempos. Quizás.








