Carlos Hernández acaba de cumplir 92 años y hoy se recupera del covid-19, que lo tuvo postrado en un hospital durante siete días en julio pasado. Ahora está a salvo en su casa y, aunque le cuesta ajustarse a las restricciones impuestas por los médicos, da gracias por estar vivo al lado de su familia.
Tuve covid-19, me dicen. Y me recomiendan llevar cubrebocas y guantes; también me piden no tocar, andar con cuidado, usar sólo lo habitual y buscar la atención médica necesaria debido a mi diabetes.
Entre otras restricciones, los médicos me dijeron que no intentara ir a misa los domingos ni comer fuera de casa ni salir al mercado… Lo que más me duele es no poder acercarme a Maura, mi esposa, quien tiene 91 años. Me dijeron que no debía hablarle ni compartir con ella la comida, ver televisión o estar en casa. Nos extrañamos mucho.
Desde el principio escuché sobre el virus y la necesidad de aislamiento. Y aunque lo sufrí en carne propia, no dimensioné su gravedad. Ahora, una vez que superé esa etapa de contagio, creo que voy a vivir lo que Dios, y no el virus, diga.
Me dicen que estuve con tratamiento de ivermectina durante cuatro días y otros medicamentos, que tomé también el factor de transmisión del Politécnico y vitamina D.
Me platicaron que el 23 de julio, como al mediodía, llegó a mi casa una patrulla y una ambulancia con tres paramédicos. Me ayudaron a levantarme y me les caí debido a los efectos del covid-19.
Ese día, mi espíritu se alejó. Estuve inconsciente, aunque mi cuerpo quedó tendido en este patio, asoleándose, me cuentan mis hijos. De ese y los siguientes días no recuerdo lo que pasó.
Ellos aseguran que estuve algunos días internado, que pedía me regresaran a casa y les reprochaba a todos porque pasaba días y días en la camilla de urgencias y luego en una cama de hospital.
Ahora empiezo a tener conciencia y a recordar para contar lo que me pasó.
Supe que en una prueba de laboratorio del 5 de julio resulté positivo. Ya sentía malestar en garganta y ojos, perdí el apetito. En una segunda, mientras estaba internado, salí negativo.
“Ellos son los que me han contado”
A diferencia de ustedes, los jóvenes, la dimensión de la enfermedad, el daño que provoca, las prohibiciones a las que debía someterme, son difíciles de comprender a mis 92 años.
Esa es mi edad. Los cumplí el 27 de agosto. Mi nombre es Carlos, Carlos Hernández.
Nací en agosto de 1928 en Texcoco. Recuerdo que llegué al Distrito Federal con mi abuela. Crecí en la colonia Peralvillo, cerca del Centro Histórico. Viví en una de esas antiguas vecindades con grandes patios donde, en aquellos años, se celebraban las posadas con bailes y música de la Sonora Matancera y la Orquesta de Luis Alcaraz. Ahí conocí a Maura, quien hoy es mi esposa.
Como la mayoría de los jóvenes de entonces, buscábamos trabajo en las fábricas que se iban instalando aquí, en el Distrito Federal. Había mucho trabajo. Desde los años cincuenta y hasta mi jubilación fui empleado en la Cervecería Modelo. Me siento orgulloso.
No recuerdo cómo me contagie del covid-19. Dicen que fue porque vivimos en una colonia de alto riesgo de la Ciudad de México: la Martín Carrera, al lado de La Basílica de Guadalupe, o a lo mejor porque no usaba cubrebocas o por esa costumbre de saludar de mano a los vecinos. No lo sé.
Enfermo de covid-19 estuve en casa con tratamiento médico. Le decían a mi familia que no requería de hospitalización, que me quedara en mi domicilio; pero la enfermedad me fue debilitando y causando mayores daños.
Hubo un momento, cuando parecía que estaba superando el virus, que se detonaron las complicaciones: anemia, diabetes y enfermedad renal.
Como les digo, mi esposa y mis hijos son quienes han estado apoyándome; son ellos quienes me han contado lo que ocurrió, porque es poco lo que recuerdo.
Tengo cinco hijos. Ellos me explicaron por qué debía cuidarme, pero a la gente de antes nos es difícil cambiar.
Estuve internado en un hospital siete días. Y aunque no requerí intubación, perdí más de 10 kilos. Tengo secuelas, sí, pero ahora estoy luchando por mi recuperación. Tengo fe en ella.
El médico dice que estoy recuperando mi función renal. Eso es muy buena noticia, por mi edad; por eso no necesito hemodiálisis, aunque debo seguir una alimentación especial. Y sobre mis pulmones, que se ven estructurados, ya no requiero oxígeno.
Puedo decir que, a mi edad, sobreviví al covid-19 y estoy aquí, cumpliendo 92 años de vida.
Gracias a Dios, mi esposa –con quien he vivido más de 60 años y quien también cumplirá 92 en noviembre próximo– no se contagió. Admiro su fortaleza para seguir adelante. Es una gran mujer, la compañera de mi vida.








