A cien años, misterio resuelto: No fue suicidio

Aun siglo del asesinato de Venustiano Carranza en Tlaxcalantongo, Puebla, el Servicio Médico Forense (Semefo) presentó el dictamen de una investigación pericial que echa por tierra, definitivamente, la versión del suicidio que se asentó en el acta de defunción original.

Como parte de las actividades conmemorativas del aniversario, el 21 de mayo pasado, en el Museo Casa de Carranza se haría púbico el informe, pero el confinamiento lo impidió. El historiador Javier Garciadiego evoca aquella noche “shakesperiana” en la cual, para apaciguar el desasosiego del presidente constitucional al verse en medio de esa escarpada ranchería –15 o 20 caseríos–, le dijeron, al momento de alojarlo en un jacal:

“Éste será el Palacio Nacional por las próximas horas”.

La historia es “fascinante”, dice el experto en Carranza. El militar Rodolfo Herrero, conocedor del lugar porque habitaba ahí, deja al mandatario en el jacal, le consigue algo de cenar, “lo poco que había en el pueblo”, y se va a su casa. Vuelve en la madrugada con un piquete de soldados, pues sabe bien que sólo hay dos entradas al lugar, y dónde exactamente dormía Carranza, y le disparan.

Todos, carrancistas y contras, sobreviven, salvo el guardia de la entrada, no obstante que dentro estaban sus asistentes Ignacio Suárez, Secundino Reyes, Octavio Amador, el secretario de Gobernación Manuel Aguirre Berlanga y el director de Ferrocarriles Paulino Fontes. 

Lo último que alcanza a decir Carranza es “veo verde”, porque “está dando sus últimos estertores”. Al morir lo colocan en la única mesa existente, y quienes se encontraban ahí –desde luego el grupo atacante– proponen redactar un acta en la cual se asiente que se suicidó. Ello beneficiaría tanto a los asesinos como a los colaboradores de Carranza “porque la ordenanza militar indica la obligación de defender al jefe, y el único muerto en la acción fue el presidente y nadie había disparado ni un cartucho”. Sin embargo, fueron castigados con la cárcel Juan Barragán y Francisco L. Urquizo; este último escribirá más tarde con auténtica tristeza México-Tlaxcalantongo. La versión del suicidio favorecía también a Álvaro Obregón, pues así no sería considerado el asesino intelectual.

Al momento, sigue su relato el historiador, no pudo haber autopsia. El cuerpo del presidente fue embalsamado como se pudo y llevado por la sierra en hombros de indígenas. Urquizo describe en su novela que, tras la noche fatídica, cuando ya había salido el sol alcanzó a escuchar a una familia en apenas una que otra palabra en castellano:

“Mataron, mero, mero Presidente”.

Luego de pasar por los poblados de Villa de Zaragoza y Necaxa, salir de Puebla y hacer varios trayectos ferroviarios, el cuerpo llegó a la Ciudad de México. No hubo análisis pericial del jacal ni de la pistola con la cual supuestamente se suicidó, y que tenía el nombre de Fontes, no obstante que Carranza llevaba siempre la suya.

Fue hasta muchos años después del hecho, cuando los restos de Carranza son llevados al Monumento de la Revolución, que se reivindicó oficialmente y comenzó a cuestionarse el acta del suicidio, resguardada en el Archivo Calles. Para Garciadiego no se sostiene, “cualquier Ministerio Público la destroza, es muy vulnerable”.

Ahora, tras un análisis a la camisa de Carranza, el Semefo concluyó que presenta tres orificios de distintos calibres, y no hay rastros de pólvora de ningún disparo a muy corta distancia. Así, la versión del suicidio se desplomó:

“Hoy la ciencia nos permite decir que Carranza fue asesinado, lo que no nos permite decir es si Álvaro Obregón fue el autor intelectual, porque de eso no hay pruebas.”