Pese a que la cita sea muy manida, es idónea como apertura e ideal para proponer una placentera disquisición sobre el tema: “Si la música es el alimento del amor, tóquenla entonces; denme de ella en exceso…”,1 la cual fue escrita por Shakespeare en su pieza teatral La duodécima noche. Así, con la sabiduría a cuestas del misterioso dramaturgo británico –y quizá también con su experiencia–, podemos lanzarnos a la deleitable y esencial faena de darle sentido a la disquisición apenas aludida, no obstante, dilucidemos de inmediato la diferencia entre sexo y erotismo y digamos, sin tapujos, que la pretensión que ahora nos anima es la de sugerir la escucha de algunas músicas con la respetuosa idea de mejorar, embellecer, reinventar, nutrir, sanar, ennoblecer, renovar o prolongar sus relaciones íntimas, caro lector (escoja usted, si gusta, el verbo que más le acomode).
Con respecto a la diferencia entre sexo y erotismo asentemos que el primero es el instinto básico –ligado inextricablemente con las urgencias hormonales– que se vive con el cuerpo y, sobre todo, con la inflamación genital; en cambio, el segundo se construye con la imaginación y la creatividad para degustarlo con los cinco sentidos y para, a veces, de manera inconsciente aunque inevitable, involucrar al cuerpo sutil –el alma, la mente o el espíritu si se prefiere– de la persona. Dicho esto, abundemos. El erotismo, por tanto, es el constructo cerebral que surge para que las relaciones sexuales se vuelvan más plenas e imaginativas e, idealmente, para que la imperiosa necesidad glandular no sea la única que lleve la delantera en las decisiones amatorias.
En cuanto a la pretensión de proponer piezas del arte sonoro para ligarlas con la intimidad, hemos de anotar que el binomio ya expuesto por Shakespeare se ha manifestado siempre, con su cualidad transformadora conjunta, en todas las culturas y en todas las épocas. ¿Quién puede concebir, por ejemplo, un cortejo donde no abunden canciones, poemas y bailes compartidos? Como apuntó Eugène Delacroix, “La música es la voluptuosidad de la imaginación”, que es lo que nos conecta con el erotismo, por no hablar del poder intrínseco que tiene el sonido bien ordenado y bien planificado. Recordemos que la música, como nos gusta concebirla, es el medio perfecto para amalgamar lo corporal con lo espiritual; no en balde puede regalarnos y fomentarnos, como captó Yehudi Menuhin, “un éxtasis libre de culpa, una fe sin dogmas, un amor como homenaje y una humanidad en tranquila armonía con la naturaleza y el infinito”.
¿Nos parece esto excesivo o utópico? ¿Seguimos dudando de la capacidad del arte sonoro para transfigurar la conciencia y las emociones? Depende, claro está, del tipo de música del que se hable, y aquí, durante los 13 años que esta columna ha ocupado un espacio en Proceso, no hemos cejado de clamar por la necesidad que tienen el planeta y la convivencia humana de armonizarse, aprovechando las virtudes de la música con calidad de gema artística. Si vivimos en sociedades sordas e injustas, ahogadas de violencia y rebosantes de cacofonías, es también porque la “música” que nos invade, rodea y denigra, generalmente es ruido, estulticia sonora y un desecho acústico diseñado para idiotizar, deshumanizar, envilecer, más todos los etcéteras que se nos vengan en gana.
Mas tornemos a la senda erótica preconcebida, haciendo un paréntesis aclaratorio antes de entrar en las sugerencias musicales sobre las que glosaremos para ampliar el espectro amatorio en entredicho. Mencionamos que la participación de los cinco sentidos es capital para que el éxtasis erótico se cumpla y, en este tenor, es necesario que expongamos que hay diferencias notorias en el desarrollo sensorial de los géneros. Discúlpese que hagamos tabula rasa, pero en la casi totalidad, el género femenino apoya mayormente su excitación –y a veces su enamoramiento– en lo que le entra por el oído, a diferencia del masculino que, más bien, privilegia lo que le entra por los ojos; en otras palabras, a las mujeres se dice que debe hablárseles “bonito” –o, mejor aún, cantárseles–, mientras que al hombre le basta con “ver” algo que lo estimule glandularmente.
Asimismo, estamos obligados a aceptar que en lo que respecta al placer como poderosa entidad subliminal, hemos de hacer cuentas con el oscurantismo que se emparenta con la ignorancia anatómica, la coerción religiosa que se suma a las nociones de pecado y la deformación educativa –en hogares y escuelas– que se deriva, lamentablemente, del omnipresente patriarcado. De tal suerte que nuestra herencia amatoria al cabo de los milenios nos enfrenta, por lo general, con la “torpe inmediatez” del macho y la “indefensión resignada e ignorante de sí misma” de la hembra.
En fin, nada que nos sobresalte ni nos sorprenda, de manera que podemos dar por concluido este introito –lo alargamos con deliberación para establecer un paralelismo con el preámbulo amoroso que, también en su generalidad, las mujeres lo quisieran más largo y refinado, en neto conflicto con los atrabancados caballeros que, casi por norma, lo acortan o, de plano, lo omiten–, sin dejar de referir que la vastedad del tema es apabullante, y que en las siguientes propuestas melódicas se busca una inclusión a todas las formas y prácticas eróticas que pueblan nuestra condición humana. En ese sentido, emplearemos recurrentemente el termino femenino “la pareja” asociándolo con ambos sexos. Los únicos quienes, tal vez, no estén considerados en la lectura –usamos aquí el masculino que engloba al femenino– son los zoófilos, los necrófilos, los sadomasoquistas, los “mirones” o voyeurs, los pansexuales, los pederastas, los consumidores del sexo mercenario, y vetados por principio están, por supuesto, los violadores.
Primer destino: “Una habitación con vista al Canal Grande de Venecia”. (Ya dijimos que el erotismo se amamanta de la imaginación y que la música es un medio perfecto para incentivarla.) Su pareja, ilustre lector, ha ansiado este viaje desde hace años, y aunque la locación geográfica no se logre, usted puede trasladarse con la mente y el auxilio de la música a este lugar de ensueño. Agradezca, de antemano, que ahora disponemos del milagro tecnológico que nos permite tener a músicos virtuales dentro de nuestra intimidad. Ya conocen entre sí sus preferencias, pero hoy van a buscar algo distinto que los acerque de manera más profunda. Usted, lector, está dispuesto a ofrendarse pensando primero en el placer de su pareja, antes que en el suyo. La luz del ocaso se cuela por las ventanas emplomadas y ya están predispuestas las velas para esa media luz que su pareja tanto celebra. La vestimenta sigue aún sobre los cuerpos, al tiempo que las manos de ambos se tocan como si fuera la primera vez. No dude, lector, en usarlas como si fueran aptas para esculpir y como si supieran manipular un instrumento musical extrayéndole sonoridades maravillosas. En el aire flota una fragancia a sándalo, pero ésta empieza a mezclarse con los perfumes corporales. A la mano hay chocolates para pasárselos de una boca a otra. Besos discurren y descubren la tersura y el sabor de la piel.
Y, con respecto a la música, le sugerimos que se disponga a dejarse llevar por la magistral creación de Monteverdi, en donde se musicaliza, por vez primera de forma explícita en la historia, un encuentro erótico. En este caso es veladamente homosexual, ya que las partes vocales tienen tesitura femenina. Se trata del dueto “Pur ti miro” de la ópera L´incoronazione di Poppea, que Monteverdi estrenó en Venecia en 1642. Escuche la letra, lector, mientras su creatividad amatoria acata lo sugerido:2 “Por ti miro. Por ti gozo. Te abrazo, te estrecho, ya no peno, ya no muero. ¡Oh mi vida, mi tesoro! Yo soy tuya…”. El resto, cual cascada de sensaciones, listas para replicar el amoroso anudarse de las voces.
Segundo destino: “Una cabaña frente al lago Thun en Suiza”. (La misma acotación aplica para este segmento que debe ser memorable, depende de usted). La chimenea está encendida y el crepitar de sus leños colorea los incipientes gemidos de gozo de su pareja. Esta noche usted está en vena de dejar atrás todas las inhibiciones que lo han caracterizado y se lo confiesa a su pareja. No debe haber obstáculo para que ninguna zona erógena quede descuidada, incluyendo la región anal que tantos resquemores le ha traído. Lo importante ahora es que se relaje y se concentre en la respiración. Alárguela y deje que el diafragma se ensanche en toda su extensión; la música elegida3 lo ayudará a seguir el ritmo respiratorio y con ello verá cómo su clímax va a prolongarse más de lo que supone. Colma el ambiente de embeleso sonoro la maestría de Johannes Brahms… La melodía acaricia, envuelve, sugiere, arrastra, y con ella su vehemencia, lector, lo hace prodigarse con una ternura inédita. Escuchando esta sinfonía se vislumbra una unión de almas. La misma que los platónicos imaginaron para consumar nuestra incompleta unicidad…
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1 Traducción a cargo de este redactor.
2 Disponible pulsando el código QR impreso:
3 https://youtu.be/zeF3U9BCTXc








