PARÍS, Francia.- Leamos un libro delicioso: Borgo Vecchio/Barrio Viejo, de Giosuè Calaciura (Sellerio, 2017; Madrid, Periférica, 2019). Los personajes:
–Totò (sic) o Toño el asaltante, un gatillero que nunca ha matado a nadie (de todos modos, su tarifa es modesta, 200 euros).
–Carmela: una prostituta que sabe dar placer a sus clientes y les hace ver el paraíso: “Todo era color cielo en casa de Carmela. Para la buena fortuna. La bata y las sábanas, las paredes y el refrigerador, la tapa del WC y el mantel de plástico. El techo era color celeste de modo que durante el servicio los clientes se sintieran en el Paraíso”.
–Todos los varones del barrio habían suspirado en ese Paraíso.
(Un barrio rancio de Palermo en el que nadie es realmente malo, los ladrones y carteristas nunca olvidan incluir en su rapiña algún artículo litúrgico de oro o plata para depositarlo en el umbral de la iglesia del Jesús. El padre abre el portón, les impone tres mea culpa, él mismo cumple la penitencia, bendice la ganancia y la ofrece al Señor).
–Los niños del barrio, amigos entre sí:
–Celeste, hija de Carmela, ojos verde-aceituna, sensible, introvertida, lectora: “En realidad aquel color cielo (de la casa de Carmela) representaba el perdón”, es decir el manto de la Virgen: el perdón.
–Su amigo Mimmo, hijo de Giovanni, el tendero hábil para vender kilos de 950 gramos en el mejor de los casos.
–Cristófaro: hijo del borracho inveterado a quien Giovanni nunca podrá escatimar un gramo (al atardecer, mientras todos en el barrio ven la RAI TV, pueden oírse los aullidos de dolor de Cristófaro; su padre lo golpea a puños cerrados e incluso patadas, pero nunca en la cara: el honor siciliano exige que no se vean moretones cuando los niños van a la escuela. En ocasiones señaladas el sonido de la ambulancia ha ahogado los demás ruidos: cuando el padre, por mal tino, le rajó la mejilla con el cuchillo cebollero o cuando le rompió el brazo).
Un día, en el baño de la escuela, Mimmo ve a su compañerito escupiendo sangre, “Cristófaro abrió los ojos para sonreírle. En esa mirada Mimmo vio por primera vez la muerte.” Fueron amigos para el resto de su vida; la de Cristófaro no sería muy larga. Mimmo se ejercita como narrador contando a su amigo cómo cuando sea grande se casará con Celeste para eximirla del destino de su madre.
–Uno más: Nanà, el caballo que compró Giovanni, tenía un pasado heroico en las carreras clandestinas. Ojos azules, cejas rubias “y una mirada de animal que habla”. La quintaesencia de la nobleza y paciencia hacia los imprevisibles caprichos humanos a que debía someterse. Ahora será animal de tiro y quizás nuevamente irá al hipódromo improvisado.
En un momento dado, Totò se aficionará al cielo de Carmela; pasará de cliente regular a amigo y a amante prácticamente exclusivo. Tendrán que casarse. Lo planean con ilusión; nadie en el barrio se burla, sospechando la verdadera epifanía en el Cielo de Carmela. Habrá que robar un par de excelentes zapatillas blancas de tacón alto para la boda. En ese último robo la Fatalidad intentará sembrar el caos. Totò nunca conoció a su padre, quizás por eso será un padre para Celeste. El suyo había muerto “cuando una patrulla le cortó el camino a la salida de la farmacia, con el botín en una mano y la pistola en la otra”; los policías –que lo conocían de sobra– no querían matarlo, pero no se detuvo ante su orden, cerraron los ojos y cumplieron con su penoso deber. Muchos años después, muchas páginas después, en la inminencia de las nupcias entre el carterista y la (ex)prostituta, “antes de extinguirse la fuerza de su huida, entre la gente que se aproximaba, vio el fantasma de su padre asesinado, quien con la tenacidad de los muertos lo esperaba en la esquina de la farmacia desde hacía veintitrés años.”
El relato “El diluvio” revela algo importante: fue una tormenta más allá de toda lógica meteorológica. Pero ese apocalipsis comenzó con una marea que todo lo santificó: el aroma de la panadería del barrio extendiéndose por oleadas por los rincones de las plazas y callejuelas. Totò no robó a nadie y el padre no golpeó a Cristófaro. El pan del barrio fue una comunión. El ciclón empezó a entrar al barrio y el cielo pasó de azul a negro; el cliente de Carmela salió corriendo y Celeste interrumpió su lectura. El mercado fue arrasado, pulpos, gallinas y hortalizas se mezclaban “siguiendo el ritmo caprichoso de la marejada, como ante un director de orquesta” delirante. El pescador Nicola desapareció para siempre.
Quizás es entonces que comprendemos: el inusual talento descriptivo de Calaciura, su prosa lírica y generosa, la naturaleza operando prodigios al toque de sus frases, una invisible bondad bañando a todos sus personajes sin falsearlos: García Márquez. Tantos hispanoamericanos, norteamericanos y de otras lenguas que han intentado volar bajo sus alas remedando el realismo mágico; Calaciura no imita, no lo necesita: una privilegiada combinación irrepetible de arraigo a su gente, lucidez y don poético logra que el Barrio Viejo palermitano ascienda al cielo infinito sin mentir ni distorsionar a los personajes.
Ignoro si la vida cotidiana en esa parte proverbialmente delincuencial y promiscua de Palermo sea tan noble como la expresa Calaciura. Lo que testifico es el alto humanismo de que ha sido capaz. Que la Fortuna le sonría y siga inspirándole fábulas tan leves como el manto de la Madonna o de Remedios la Bella.








