La actual experiencia global humana del aislamiento en un área restringida, llamada socialmente “casa” (para los animales “jaula”), ha llevado a la reflexión. Sin embargo, en el pasado, diversas instancias sociológicas, científicas, y especialmente los estudiosos del comportamiento humano y animal en situaciones de cautiverio, publicaron y externaron, con escrúpulo, la sospecha de una supuesta crisis en el futuro que hoy es nuestro presente.
Precursor de este análisis conductual fue el zoólogo y etólogo británico Desmond Morris (1928), autor de El mono desnudo (1967) y El zoológico humano, libro editado en 1969 que creó revuelo por aquellos años y hoy se revela como adelantado a su época. Morris plantea que el hombre no es más que un animal encerrado en un zoológico social, vulnerable a respuestas de desconcierto o de locura en condiciones que restringen su libertad y albedrío.
Si bien muchos humanos han sufrido hoy desesperación por el confinamiento de varias semanas, imaginemos lo que el encierro atemporal produce en los animales silvestres, acostumbrados a moverse en extensos territorios.
Por tierra, jaguares y tapires recorren selvas, llanuras y horizontes de kilómetros sin fin; el águila “arpía” (Harpia harpyjaen) surca las selvas centroamericanas; y las aves migratorias, los cielos de una estación a otra, recorriendo mares y continentes. Concibamos lo que significa para tales organismos y seres, acostumbrados a su libertad, el carecer de movilidad: esta condición deriva en patologías y padecimientos que se expresan físicamente y llegan a matarlos, al producir químicos adversos en su organismo.
¿Cómo podríamos reconocer el lenguaje corporal en el humano y en el animal que sea indicador del encierro como emanación en dolencias físicas o emocionales? Los signos corporales del estrés en el mundo animal son observables en los zoológicos por especialistas, pero también por un público atento. Es común observar un trastorno conductual, sobre todo en mamíferos y felinos, cuando se les ha ubicado en un área confinada a un espacio o extensión que el animal aprende rápidamente. Al encerrarlo, castramos su capacidad exploratoria y la puesta en juego de sus instintos en la búsqueda de alimento o de otros congéneres de su especie, con fines de socialización y reproducción.
El animal se mueve en círculos o recorre una y otra vez el camino trazado por sus propias huellas, en una especie de hipnótica ruta minimalista que expresa una búsqueda de salida hacia cualquier parte, pero de forma repetitiva, sin llegar a nada…
En la familia de aves específicamente referida como los psitácidos (Psittacidae), guacamayas loros se quitan las plumas con el pico y se provocan lesiones, siendo el estrés y la desesperación los que desembocan en la autodestrucción de su plumaje. Después de un largo tiempo, el organismo animal empieza a producir cortisol y adrenalina, sustancias tóxicas, provocando así envenenamiento. En el comportamiento humano, el encierro incrementa neurosis y violencia o es precedido por la depresión.
Cuando recluimos a alguna especie en un determinado espacio cercado de un zoológico, ya sea para su estudio o con fines de exhibición, ello conlleva a los responsables encargados de su bienestar físico y emocional a seguir un proceso más complejo, pues desde el primer momento los animales empiezan a sufrir estrés por más que tratemos de reproducir su hábitat natural.
De allí que se impulsaran programas de “enriquecimiento” en los zoológicos destinados a crear ambientes, juegos y estímulos para los animales en cautiverio; no obstante, pronto esa recreación termina por agotar sus posibilidades, y como hay especies que son demasiado inteligentes, después de pasado cierto tiempo, se aburren.
De unos años a esta parte ha cobrado auge global el concepto de la desaparición de los zoológicos, al comprobarse que la mayoría de los parques urbanos –incluidas las reservas– carece de condiciones de prosperidad para los animales, y donde la bioética –como ciencia de procuración del bienestar humano y animal– es poco tomada en cuenta.
La pandemia de 2020 nos devuelve al punto de partida como seres biológicos vulnerables y susceptibles de desaparecer, incluso como especie.
En el encierro obligado, las personas pasan por todo tipo de contrastes emocionales, inseguridad, preguntas, miedo, ira, incertidumbre ante el futuro y el derrumbe de esperanzas y expectativas de vivir en paz o con mejoramiento de condiciones.
Por un lado, se tambalea la soberbia occidental, que ha basado su forma de vida únicamente en el materialismo exagerado y enfermizo; el mercado ha privilegiado intereses económicos y políticos por encima de los elementos esenciales de la convivencia amigable, la calidad del aire, la pureza del agua, la salud, y el sistema de supervivencia de la naturaleza. El desarrollo cultural y el espiritual, que habían sido relegados, se visibilizan ahora también como esenciales, verdaderos soportes para el bienestar humano en situaciones normales o de crisis. Las palabras impermanencia y desprendimiento parecían olvidadas de nuestro vocabulario cotidiano.
Si algo bueno habrá dejado esta experiencia para el mundo en la conciencia colectiva, todavía no podemos adivinarlo; aunque una cosa es cierta y es que esperamos no regresar a nuestra condición anterior de abuso sobre nosotros mismos, yendo en pos de la supervivencia de organismos externos de los que depende la salud global. Como las culturas orientales antiguas afirmaban, con sabiduría, todo está interconectado y ligado por un mismo destino.
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* (Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, 1953). Creador artístico y académico, fundador del Festival del Mar en Boca del Cielo, Chiapas, donde cuida y libera con la comunidad tortugas laúd, golfina y toro. Ha dirigido el ZooMAT, creado en la capital de ese estado por su padre, Miguel Álvarez del Toro, en 1942.








