“Crear música que erice la piel…”

Es motivo de regocijo continuar con las charlas que se plantearon a raíz de la publicación de esa “antología” de la música mexicana –o “40 obras musicales que todo melómano mexicano debe conocer”– debida a esta larga cuarentena que ya va perfilándose hacia la “sesquicentena”. Recordará el egregio lector que fueron seleccionadas cinco compositoras, y una de ellas fue la coahuilense María Granillo (Torreón, 1962) con sus Cuatro canciones para niños, basada en la poesía del chiapaneco Roberto López Moreno.

Para quien no tuvo oportunidad de escuchar la obra, bastará con aseverarle que la producción musical de la doctora Granillo es ejemplo de una voz original, que abreva magistralmente tanto en la música tradicional latinoamericana, como en las diversas músicas tradicionales del mundo; incluida la tradición académica de la música occidental europea.

–Doctora Granillo, es un placer presentarla a los lectores de Proceso; díganos, para empezar, cómo descubrió que sus pulsiones vitales estaban ligadas a la música…

–Desde muy pequeña descubrí en la música un lugar en el que podía sentirme libre y feliz. Comencé estudiando guitarra clásica y muy pronto me encontré “jugando a componer” pequeñas piezas que anotaba en mi diario. Por otro lado, en mi primaria (Escuela Manuel Bartolomé Cossío), el compositor y profesor de música Mario Stern nos ponía a crear obras colectivas. Crecí en un ambiente muy propicio para el desarrollo de las artes y las ciencias, tanto en la escuela primaria como en el hogar. En casa, mi madre, artista plástica y una gran melómana, escuchaba y nos hacía escuchar diariamente música de todo tipo, desde el Canon… de Pachelbel, Romeo y Julieta de Prokófiev, hasta los Beatles o Chico Buarque. Por otra parte, en la escuela, la clase de coro nos la impartían integrantes del grupo Los Folkloristas, así que también estuve muy expuesta a la música folklórica y “de protesta” latinoamericana de los sesenta. 

–En su sólida formación académica descuellan las estancias en el Reino Unido y en Canadá, ¿qué tan complejo le resultó integrarse a las exigencias que privan en esos centros de formación profesional?

–En realidad, en mis estudios de posgrado en el extranjero, becada siempre por la UNAM, nunca me sentí en desventaja académica. Creo que la formación que recibí en la UNAM, dentro del taller del doctor Federico Ibarra, luego en el CIEM (Centro de Investigación y Estudios de la Música), dirigido por María Antonieta Lozano, así como los seminarios que cursé con compositores como Mario Lavista, Julio Estrada y Daniel Catán, me dieron una excelente formación fundamental con la cual pude defenderme en Londres, York y Canadá.

–Para nadie es desconocida la dificultad que entraña vivir de la composición, y en el caso de las mujeres esa dificultad por lo general se duplica. ¿Cómo ha sido su desenvolvimiento para abrirse camino y encontrar su sitio en el mundo?

–Quizá gracias a mi educación básica, harto libertaria, nunca sentí que fuese un impedimento mi género para hacer lo que yo quisiera hacer, con mi vida profesional o personal. Siempre he sido muy libre, y si he tenido algún conflicto por ser mujer éste ha sido menor, por lo que en mi experiencia personal creo que he sido realmente afortunada. Fui a hacer mi doctorado a Canadá sola, a los 40 años, como madre soltera, con mi hija de siete años, y me dediqué a ser madre con todo lo que eso implica, y a sacar mi doctorado en cuatro años. Reconozco que para las mujeres la lucha es doble, por la doble jornada de trabajo y porque, de alguna manera, nuestros esfuerzos como mujeres siempre se miden con una vara más alta, pero creo que el ser mujer no sólo no te quita, sino que te da una perspectiva muy interesante y valiosa.

–Si hablamos de su estilo musical, podríamos anotar que se mantiene en un sano equilibrio entre las tendencias de vanguardia y las técnicas clásicas de la composición. ¿Quisiera comentarnos cómo cinceló su lenguaje y qué opinión le merecen las nuevas corrientes estéticas aplicadas al arte sonoro?

–Fui educada con compositores que formaban parte de las vanguardias de los años setenta y ochenta, cuando John Cage era el nuevo paradigma y había un boom de la experimentación, la incorporación de todos los sonidos y ruidos a la paleta del compositor, el valor último de la novedad y de la originalidad en la música, las técnicas extendidas, la música electrónica, la música científica, etc. Para mí todo esto resultaba demasiado racional y hermético y, sobre todo, extrañaba mi enamoramiento original con la música, que tenía que ver con las emociones y con la percepción auditiva, más que con los conceptos. En ese sentido, creo que mi obra es una reacción a las vanguardias del siglo XX. He querido buscar en mi música que todos los aspectos se integren de manera orgánica: la expresión, una amplia gama emocional, la arquitectura y la coherencia de los materiales.

“Como decía Virginia Woolf: no me interesa tanto encontrar palabras nuevas, sino crear algo nuevo con las palabras existentes. Me interesa emocionarme con mi propia música, me interesa crear música que me erice la piel, que me robe el aliento, que me conmueva. Primero a mí, y ya que soy un ser humano igual a los demás, seguramente si yo me conmuevo, podré emocionar al otro.

“Quisiera ser clara: veo a la música como un vehículo de comunicación, de lo que sólo puede expresarse a través de la propia música; que, en última instancia, es lo que se escucha, lo que nos entra por los oídos y por el cuerpo… Cuando se requiere mucha explicación verbal o teórica para entender la música, comienzo a dudar de que ésta sea buena, o de que sea música.

–¿Tiene alguna composición que considere su obra maestra?

–Tengo algunas obras que me son muy significativas, por razones que no cabe enumerar ahora, porque fueron creadas en momentos especiales de mi vida y porque las considero bellas y bien construidas. No me siento autorizada para decir que son obras maestras, pero son muy importantes en mi catálogo: Trance, Marinas, Breathing Music, Orgánika, Salmos Primarios, Mousai, Travesías Urbanas, El cuervo de Noche y Día, Danzas de los espíritus animales.

–Es digno de nota que entre el cúmulo de actividades que realiza encuentre tiempo para la docencia, ilústrenos sobre el panorama que percibe en sus alumnos y en la formación que ellos tienen como músicos.

–Una de mis vocaciones es la creación, pero también tengo otra para la docencia, que por otra parte es lo que me da de comer. Comencé a trabajar a los 15 años dando clases a niños en el Instituto Artene con el maestro César Tort, con quien trabajé mientras hacía mi licenciatura. Al regresar de Inglaterra comencé a dar clases en la UNAM y gracias a que en los noventa, como yo, hubo varios colegas músicos que regresábamos de hacer posgrados en el extranjero, fue posible que la entonces Escuela Nacional de Música creara sus estudios de posgrado y se convirtiera en Facultad de Música. He tenido la fortuna de ver y participar en esta transición de escuela a facultad y tengo hoy ya casi 30 años de ser profesora titular de Composición en la UNAM, dando clase tanto en licenciatura como en posgrado y participando activamente en diversos aspectos de la vida académica universitaria. 

–Para concluir, me gustaría que nos relatara cómo ha vivido el encierro forzoso que nos ha impuesto el covid-19.

–Ya de por sí soy muy eremita, introvertida, solitaria. Paso mucho tiempo en mi casa, trabajando, y en ese sentido mi vida no ha cambiado radicalmente. Sin embargo, he debido adaptar mis clases para impartirlas a distancia, y como todos, he tenido que lidiar con el miedo y con la paranoia del contagio. Me preocupa el destino de las artes escénicas, ya que me gusta escribir para orquesta y para coro, y ambos medios tendrán que reinventarse para poder seguir operando. Y en un nivel más profundo, creo que ésta es una crisis humana, que debería llevarnos a muchos cuestionamientos sobre las formas en que nos relacionamos con la naturaleza y entre nosotros, como sociedad.