Las innovaciones en la orquestación de la música para cine de las legendarias bandas sonoras de Ennio Morricone –fallecido en su Roma natal el 6 de julio, a los 91 años de edad– son tan especiales como contundentes, al punto que marcaron un antes y un después en la música y en la cinematografía contemporáneas.
A su música añadía timbres de épica estridencia que armonizaban anímicamente a la perfección con las escenas desérticas y sórdidas de la trilogía western del cineasta Sergio Leone, Por un puñado de dólares (Per un pugno di dollari, 1964), La muerte tenía un precio (Per qualche dollaro in più (1965) y El bueno, el malo y el feo (Il buono, il brutto, il cattivo, 1966): silbatos, ocarinas, campanas, armónicas, percusiones y la guitarra eléctrica limpia para presentar los temas, más una trompeta pesarosa en contrapunto con las cuerdas.
El motivo principal de El bueno, el malo y el feo se inspiró en el lamento de un coyote por la lejanía del desierto, añadiendo una salvaje nostalgia a los paisajes de áridas montañas que caracterizaron a estas secuelas.
Quizá el alma del compositor Morricone padecía esa soledad de animal merodeante en torno a una fogata. El trote de los caballos –logrado fabulosamente con percusiones– nos hace adivinar al jinete solitario por caminos sin retorno.
Nacido el 10 de noviembre de 1928, protagonizó una doble revolución en el cine, porque mientras la cámara permanecía largo tiempo sobre las caras de los personajes –casi siempre ruines, pero dotados de un humanismo decadente, victimizado por las duras condiciones vivenciales de la época–, se escuchaban las líneas melódicas basadas en la afirmación de Leone: “El rostro humano es un paisaje”. Así, era imprescindible y lacerante la mirada de los protagonistas, en cuya pupila se dejaba entrever la tragedia de sus vidas y el costo de la supervivencia en pueblos desencarnados y salvajes.
En el tema de Érase una vez en el oeste (C’era una volta il West, 1968), la soprano y las cuerdas producen un canto que estremece por su desolada belleza, uno de los fragmentos mas icónicos de la historia del filme. Tal es una de las virtudes más grandes de esta música, que no obstante haber sido compuesta para un lenguaje visual puede escucharse perfectamente como música de concierto, y despertar pasión desde el primer acorde. La orquestación es igualmente emocionante para los ejecutantes porque va llena de detalles y ornamentos inusuales que dan solvencia, frescura y originalidad a las partituras. Su uso de la armónica es un instrumento que acompaña la premonición de una venganza, y el sonido se escurre como el viento hiriente hacia los oyentes de la sala.
No obstante su formación académica, Ennio Morricone supo desmarcarse de la tradición y dotar de esplendida expresividad a voces que incluía como coros, o proviéndolas de células rítmicas para adentrarse en las selvas del trópico, como en La Misión (The Mission, 1986), película dirigida por Roland Joffé; allí comulgan las percusiones de la floresta con una religiosidad que el crítico José Antonio Alcaraz llamaría la “liturgia del entorno”; una sinfonía a la altura de la concepción de Heitor Villalobos, con Chôros 10 (1926) y Floresta do Amazonas (1958), aunque fusionando una paganidad sacralizada que Morricone conduce a grandes alturas de destreza vocal.
Destaca la voz adolescente del niño indígena contrapunteada por un oboe magistral que, con la espesura del paisaje selvático, nos recuerda a Werner Herzog en Fitzcarraldo (1982), donde la ópera se escucha en uno de los entornos más surrealistas de la historia del cine: un barco de vapor cruzando el Amazonas.
En persona, Ennio Morricone no correspondió a su música. Su rostro inexpresivo haría difícil imaginar que ese hombre sería capaz de crear una música tan sentida y hermosa; quizá una defensa de hipersensibilidad tras una coraza que contradice el humor y la expresividad de la cultura italiana. Al dirigir su música, su lenguaje corporal era solemne y austero; mientras la partitura, una cascada emocional.
De callada inteligencia y discreta personalidad, es un misterio que nos deje un legado enorme a la música para cine, trascendiendo barreras y fusionando lenguajes para crear momentos inolvidables y clásicos por su atemporalidad que ya resistieron el paso del tiempo. Varios de sus conciertos se grabaron en DVD, e.g. El maestro Morricone dirige a Morricone (Zima-EuroArts, 2006) o Ennio Morricone concerto Arena 2002 (https://youtu.be/toCjPy2ABCg).
Ahí lo hallamos en su elemento, dirigiendo temas de enormes cintas, como Cinema Paradiso, Sostiene Pereira, Novecento, La balada de Sacco y Vanzetti, o La batalla de Argel, modesto ramillete del bosque fílmico que el maestro Morricone musicalizó en alrededor de 500 películas.
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* Nacido en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas (1953), discípulo de Rodolfo Halffter, Eduardo Mata y
Leo Brouwer, es autor de Ozomatli (1982),
El Espíritu de la Tierra (1983) y El canto de los
volcanes (1982), entre otras obras.








