Adaptación de la primera novela de Brian DeLeeuw (In this Way l Was Saved) por él mismo junto con el director Adam Egypt Mortimer, Daniel no es real (Daniel Isn’t Real; E.U., 2019) comienza como ensalada de citas y lugares comunes del thriller psicológico, traumas y demás cargas psicopáticas, hasta evolucionar en una historia de horror que logra, con menor o mayor éxito, convertir estereotipos psicológicos en metáforas de alienación social e individual.
Exasperante para los puristas de uno u otro género, pues ni tan espeluznante ni tan excitante, Daniel no es real resulta, sin embargo, muy entretenida gracias a las actuaciones de los protagonistas Miles Robbins en el papel del antisociable e inseguro Luke, y Patrick Schwarzenegger, como Daniel el amigo imaginario. Miles es hijo de Susan Sarandon y de Tim Robbins, estupendos actores y activistas sociales, mientras que Patrick pertenece a la familia de los Kennedy y es hijo del famoso Terminator y gobernador de California.
Se espera que estos juniors se muestren un poco más pensantes, y en Daniel no es real divierte un tanto ver cómo se afanan por adaptarse a los nuevos códigos del MeToo.
Se trata de una de esas raras producciones en Hollywood que aspiran a un máximo de independencia del mainstream. Elijah Wood, fundador del Spectre Vision, productora de filmes de horror y realidad virtual, pertenece a lo que podría considerarse como la izquierda en la industria del cine, apoya a Bernie Sanders, y se ha encargado de denunciar el abuso infantil organizado en Hollywood. Pero hacen falta aún mejores guiones para aprovechar recursos y nuevos talentos.
Del amigo imaginario, forma de compensación al trauma de separación de sus padres, madre esquizofrénica, y shock cuando Luke niño presencia los despojos de una matanza familiar, la historia se articula después con el viejo tema de Dr. Jekyll y Mister Hyde, o el modelo más reciente, El club de la pelea, cuando la sombra del Luke, estudiante en la universidad regresa a ayudarlo a liberarse de sus inhibiciones y obsesiones, esas que le confiesa a su analista: el sexo y la muerte. Visible sólo para él, Daniel pone las frases y palabras adecuadas en la boca de Luke para seducir a Cassie (Sasha Lane), artista estrafalaria, o a Sophie, chica agresiva y dominante.
El tercer acto se convierte en una montaña rusa donde se abren dimensiones diferentes, abismos infernales, caleidoscopios de paradojas, un cambio de tono hacia lo gótico, estilizado y con buenos efectos especiales, sin ser demasiado. El problema es que el director no alcanza a controlar las metáforas que construye, se le escapan como se escapa la sombra de Luke; así, la nueva etiqueta de conducta sexual, como pedir permiso para llevar a Cassie a la cama, y permiso de nuevo para penetrarla, en orden con el MeToo, se anula cuando Daniel intenta violar a Sophie; lo mismo ocurre con la violencia reprimida en la golpiza sangrienta al compañero de Luke.
Daniel se convierte en mero vehículo, una manera de contrabando, de eso que ahora se conoce como masculinidad tóxica, y que no es otra cosa que el mero material de los principales mitos de Hollywood, el western, el cine negro, los superhéroes y, sobre todo, el cine de horror.
Como esta producción no pudo distribuirse por la crisis del coronavirus, puede verse ahora gratis con subtítulos en varios sitios web, entre ellos Cuevana.








