Daniel Guzmán, conocido actor de películas y series de televisión hispanas, resultó ganador en el Festival de Málaga y recibió algunos Goyas con su primer largometraje, A cambio de nada (España, 2015), drama urbano que ocurre en un barrio madrileño de clase trabajadora de Carabanchel.
Guzmán luchó por casi una década por obtener apoyo para rodar su película, un relato de iniciación y de amistad de dos adolescentes que caminan por el filo de la navaja entre la delincuencia y la inocencia: No son conscientes de rebelarse contra la realidad social ni de que son parte de un daño colateral.
Darío (Miguel Herrán) va a cumplir 16 años, sus padres están por divorciarse y lo jalonean para que declare en el juicio, aun a punto de perder la escuela debido al ausentismo. Con su amigo de infancia, Luismi (Antonio Bachiller), se dedica a armar robos pequeños de cosas que les gustan –ropa, lentes y partes de motocicletas que le venden a Justo (Felipe García Vélez), un mecánico de dudosa reputación que funciona mucho como padre sustituto de Darío–.
Tal como exige la receta del género adolescentes-rebeldes, los chicos pasan sin medir las consecuencias de sus actos y las cosas se ponen feas.
A cambio de nada no escatima los lugares comunes de los cuatrocientos golpes del joven que no encuentra su lugar en la sociedad y de la incomprensión de los adultos, pero el director escapa de la tesis social gracias al sentimiento auténtico que proyectan sus protagonistas; el espectador entiende que el enojo y la desesperación que proyecta Darío provienen quizá del conflicto con sus padres, pero él lo vive de manera directa, como si fuera la primera vez que esto ocurriera en la historia del cine.
Con el contenido autobiográfico de la historia de Guzmán, éste logra un doble efecto: El actor que interpreta a Darío funciona como fetiche para transmitir emociones reales, esas que el director habrá experimentado en su vida de adolescente de barrio, debido a lo cual se impone distancia, un mínimo de escenificación, y evita el exceso típico de una ópera prima además de la estilización exagerada, por lo cual el resultado es un relato entretenido y bien contado.
En una de sus escapadas, Darío conoce en el rastro de Madrid, equivalente de La Lagunilla en México, a Antonia, una anciana que vende antiguallas que encuentra por la calle, y pronto surge la amistad entre ellos; ella lo lleva a su casa, le cocina, y él la ayuda a acarrear cosas. Junto con la devoción que le profesa Luimi, especie de Sancho Panza un tanto más gordo, la relación con Antonia, por inverosímil que suene, es uno de los mejores logros de la cinta. Y es que quien la protagoniza (Antonia Guzmán) es la abuela del director en la vida real, que incursiona en la actuación a los 93 años, y sorprende al público.
Alimentar el género de adolescentes conflictivos con elementos de su propia historia y actores no profesionales con quienes se halla involucrado a fondo, es la fórmula con la que consigue Guzmán armar una película muy simple y muy auténtica, con agujeros que lo mismo pueden tomarse como elipsis narrativas que como falta de experiencia en la elaboración del guion.
El género no proviene de la Nueva Ola Francesa, sino del cine quinqui español, ése que nació después de la muerte de Franco, que expone la cruda realidad social y celebra a sus jóvenes antihéroes.
A cambio de nada puede verse gratis en la plataforma de RTVE.








