En primera fila ante 15 voces

Como en ningún otro momento a lo largo de las dos décadas del siglo XXI, ciudadanos y políticos han retomado en esta primavera del año 2020 las reflexiones fundamentales de la humanidad, a través de los tiempos, en cuanto al conocimiento de la propia existencia, los límites como especie y el mañana que vivirá el planeta Tierra.

Las 15 entrevistas de Boris Berenzon Gorn en Conversaciones con el imaginario, ofrecen testimonios filosóficos de académicos mexicanos –todos extraordinarios– quienes atraviesan la dialéctica de la centuria anterior; son voces vigentes en el marco de lecturas profundas, amenas; chuscas incluso. 

“El intelectual está en una relación, que no puede eludir, con los problemas de su sociedad. Aun si quisiera aislarse, su aislamiento mismo sería una posición frente a ellos”, define el pensdor de origen catalán Luis Villoro.

Y el mexicanista Miguel León–Portilla: “El historiador debe hurgar en el pasado justamente para hacer comprensibles los problemas del presente”.

O la postura cultural de la profesora judeo–mexicana Margo Glanz: “Durante el porfiriato varios de los escritores estuvieron ligados al régimen… Este fenómeno persiste con los varios sistemas de ayuda a la creación y a la investigación, con las becas, con la fundación del Centro de las Artes, etcétera; pero estamos también ante un nuevo fenómeno que empieza a poner entre paréntesis las producciones culturales, a provocar la reducción de espacios, a fomentar distintos tipos de censura y de autocensura…”.

La escritora Luisa Josefina Hernández (quien vive a sus 92 años de edad), en torno a si sus famosas obras de teatro acerca de México son una metáfora o una realidad aplastante, arguye diáfana: “Si a mí me dijeran: ‘Escriba una obra sobre el México actual’, yo no lo haría. Tenemos muchos problemas como país y como personas, y mucha desconfianza de todo lo que pueda ocurrir, no es difícil opinar mal”.

Adolfo Sánchez Vázquez, humanista gaditano–mexicano, destaca entre sus pensadores de cabecera a Sócrates, Antonio Gramsci, Jean–Paul Sartre, Georg Lukács, Ernst Bloch y, por supuesto, Carlos Marx (Las ideas estéticas de Marx, ERA); toda vez que “sin el marxismo, ni la vida social ni su conocimiento serían lo que son hoy, entendiendo el marxismo como proyecto de emancipación.”

El escritor e igual humanista Sergio Fernández (quien falleció en enero de este año) revela que el alto precio a pagar por haber dedicado su amor a la literatura “fue la soledad” (por contraste, loa al mambo): “La soledad no es desolación, la desolación es un espectro maldito, pero a cambio de la soledad obtienes un mundo propio donde la creatividad te visita cotidianamente”.

Con 88 años de edad, un lúcido Eduardo O’Gorman, fundador de la cátedra Historia de la Historia en la UNAM, expone que “la docencia es una vocación”, si bien “sin un entendimiento filosófico no se puede ser profesor”. 

Para el crítico de arte y “universitario de siempre”, Jorge Alberto Manrique (formado por “los historicistas” que encabezara O’Gorman), “la UNAM es un semillero de humanistas… un país real no puede existir sin su propia filosofía”.

A su vez, Leopoldo Zea, director de Filosofía y Letras (FyL) de la UNAM entre 1966 y 1970, visualiza ya “el problema del neoliberalismo que está creando miseria, porque quieren mantener la idea del siglo XIX de que el más apto es el más capaz para sobrevivir”. Su salida: “Una integración latinoamericana, ya que tenemos una lengua común, raza y religión…”.

Formado en la carrera de Arte Dramático de FyL, José Luis Ibáñez elogia a sus profesores Rodolfo Usigli, Julio Ruelas, Fernando Wagner y Alan Lewis. Ibáñez (quien cuenta hoy con 87 años) clama por la necesidad de que “un futuro profesional del teatro sepa de su organización sindical, por viciada que esté”.

Contundente, su paisano veracruzano Fernando Salmerón diserta –tras 35 años de enseñanza en FyL– acerca del impacto de la filosofía analítica en México en los años sesenta y setenta, asegurando por otra parte que “la administración de las instituciones académicas debe estar a cargo de los académicos y no de los administradores”.

La agudeza de Margarita Peña –escritora de la generación del 68 y quien ingresó en 1969 a FyL– se ennoblece ante la pregunta planteada por Berenzon Gorn (a todos sus entrevistados) así: “Bueno, mira, la amistad para mí es tan importante como comer, como dormir, la amistad es algo que se renueva; porque también hay que aceptar que las amistades envejecen; es la confrontación permanente de ti con el otro… Entonces la amistad es algo imperioso, algo bello, algo imprescindible”.

Larga conversación con Salvador Elizondo (quien entre otras cátedras en FyL impartió talleres de los poetas imaginistas liderados por Ezra Pound). El traductor de James Joyce profetiza que “vendrá el momento en que las lenguas vuelvan a fundirse en una nueva lengua”.

El filólogo madrileño Juan Miguel Lope Blanch elogia el culto mexicano a la muerte, pues “una de las peculiaridades del mexicano es su sentido del humor, y precisamente ese sentido se ejerce en su trato con la muerte, burlándose de ella, restándole importancia, tomándola a broma… Es el resultado de un intenso temor”.

Finalmente, el historiador Ávaro Matute (quien fue el asesor de tesis de Boris Berenzon) incluye en el pensamiento histórico del cambio de siglo justo a… Berenzon (al lado del Padre del Psicoanálisis, “ya sea directamente por la lectura de Sigmund Freud, ya en la lectura del extraordinario historiador freudiano que es Peter Gay”). La séptima cuestión de Berenzon a Matute es: “¿Por qué le gusta el tango en Carlos Gardel?”, a lo que Matute contesta: 

–Bueno, yo estimo, con perdón sea dicho de Frank Sinatra, que el mejor cantante del siglo XX es Carlos Gardel. No sé, tiene Gardel una garra, una fuerza… ahí está Gardel vibrando. Su voz es una voz rica, intemporal.

Y mientras el escritor Jorge F. Hernández intituló “Ventana abierta” su prólogo, el bien desglosado prefacio corresponde al psicoanalista José Juan Sánchez Báez, quien resume:

“Conversaciones con el imaginario constituye el acceso a un universo de plenitud y creatividad que el lector podrá disfrutar al mismo tiempo que usa y desarrolla su imaginario, su propia creatividad, dado la honestidad con que la obra es desarrollada, pues nos permite estar sentados en primera fila de una puesta en escena en la que no hay butacas, sólo un escenario en el cual los lectores también somos actores que interactuamos, discutimos, conversamos, acompañamos tanto al entrevistador como a los entrevistados por todo un enorme mundo imaginario de los recuerdos y de su propio espacio de la creatividad, vidas dedicadas a uno de los espacios más valiosos y hermosos de las personas: el espacio de la creación, el espacio poético subyacente a toda obra creativa.”