Georgina*
Enrique, médico internista, vive la etapa “más surrealista” de su vida: se le agolpan los pacientes contagiados con covid-19 y admite no saber qué hacer si se ve rebasado por la pandemia; Georgina, trabajadora del sector salud, ya no teme tanto contagiarse como contagiar a los demás –“Si nos va a llevar la fregada, que nuestra familia no padezca esto”, escribe–; y Gerardo, miembro de la tripulación de un crucero que se encuentra varado en la zona de Barbados, narra cómo ningún país permite su desembarco y no logra que la Cancillería mexicana lo traiga de nuevo a casa.
Estoy manteniendo dos casas. La mía y la de mi expareja, donde desde hace un mes está mi hijo. Él se quedó sin trabajo, así que hicimos este acuerdo: el niño se queda aislado con él y yo me encargo de llevarles todo. Yo estoy sola en mi casa.
Por eso estoy haciendo dobles turnos. Me levanto a las 4:30 de la mañana y me duermo a la 1 de la mañana. Mi necesidad es mucha; además, no hay personal. Así que, aunque normalmente descanso dos días, con estos turnos estoy descansando uno.
Muchos de mis compañeros están haciendo lo mismo: dejan a sus hijos con su mamá, con la tía, con los familiares, por miedo. Nosotros casi tenemos asegurado (contagiarnos) de covid-19. Y si nos va a llevar la fregada, lo que no queremos es que nuestra familia también padezca eso.
Hay compañeros que desalojaron su casa, mandaron a su familia a otro lado, y dan alojamiento a otros trabajadores del hospital. Pero la mayoría se quedaron solos.
Cuando descanso, me quedo encerrada en la casa, con mis perros. Veo a mi hijo por videollamada; les dejo el mandado afuera, en la banqueta.
Jamás pensé que abrazarlo o besarlo o estar con él le pudiera causar daño; jamás como mamá o papá piensas eso. Ahorita ya pasamos del “no quiero contagiarme” al “no quiero contagiar”. Quiero volver a abrazar a mi hijo, volver a tenerlo conmigo, ir a comer a casa de mis tíos.
Si tenemos que empezar de cero, volvemos a empezar, pero todos juntos. No quiero perder a mi familia ni a mis amigos. Aquí (en el hospital) todos son mi familia: el médico, el barrendero, el guardia de seguridad. Yo vivo más en el instituto que en mi casa.
Es horrible sentir el nudo en la garganta, los sentimientos a flor de piel, traer el cubrebocas todo el día, no poder respirar bien. Tenemos más de un mes con este estrés, hablando entre los compañeros; lo que nos preocupa es la salud mental. Ya se nos dijo que nos van a dar apoyo psicológico, porque además estamos esperando el golpe, el trancazo de los casos en los hospitales. Muchos de mis compañeros quieren ir a ver a sus papás y no pueden; son de otras ciudades, no los ven para no ponerlos en riesgo.
Rezamos antes de empezar una jornada. Damos gracias a Dios por salir bien. A ese punto llegamos. Es bien feo sentirse solos, porque no podemos estar con nadie. Esto nos está agotando psicológicamente.
A veces quisiera que las personas tuvieran razón y esto fuera un invento del gobierno. Salir y ver a la gente en la calle da coraje, por todo lo que una está sacrificando. Esta fue una profesión que escogimos, pero a un futbolista le besan los pies, ¿y los héroes que tengo yo en mi trabajo, salvando vidas? No se vale.
¿Cómo es posible que haya gente que crea que con un seguro en el ombligo se protege una mujer embarazada, y no crean en que las embarazadas no deben salir?
Si nos enfermamos, ¿quién nos va a atender? ¿Al abuelito, al papá del que se largó de vacaciones, quién lo va a atender?
Ahorita estamos cerrando los ojos porque estamos esperando el putazo en cualquier momento.
*Pseudónimo. Profesional de la salud. Trabaja en un hospital del IMSS en León, Guanajuato.








