Polgovsky, el arte del documental

Realizador, cinematógrafo, editor, productor e ingeniero de sonido, Eugenio Polgovsky encontró en el documental su medio privilegiado de expresión. Desaparecido precozmente en 2017, a los 40 años y con apenas una media docena de largometrajes, llevó el arte del documental a un nivel de experimentación donde la verdad objetiva es parte de una visión poética.

Talento singular donde el gozo estético no matiza la denuncia de la injusticia y la corrupción, antes implanta el escándalo en la conciencia del espectador.

Dentro del menú en línea del Festival Internacional del Cine en Morelia (FICM), Resurrección (México, 2016), su último documental, muestra el colapso de un ecosistema y las consecuencias en la forma de vida de la comunidad. Se trata del río Santiago, las poblaciones que bañaba, El Salto y Juanacatlán, enclavadas en las orillas de unas cascadas que otrora se apodaban “el Niágara mexicano’, vergel que el gobierno de entonces, años cincuenta y sesenta, promovía para el turismo nacional e internacional. Llegó el industrialismo a partir de los setenta, y con él la contaminación, la suciedad, la destrucción de la naturaleza, la enfermedad y la muerte.

Resurrección es propiamente una elegía, el lamento de un edén perdido que los habitantes de entonces, padres y abuelos de las nuevas generaciones, evocan cuando rememoran la abundancia de peces, las carpas enormes, patos, garzas y trullas, un abuelo que platicaba de las nutrias y lo juguetonas que eran. Alguno comenta “ellos comieron río, soñaron río”. Los viejos añoran la riqueza de entonces, los jóvenes se aferran al mito porque ese infierno de basura y veneno que viven no pudo haber sido siempre.

Es que el río era el eje de vida, daba comida y trabajo, regulaba el clima; ahora la fábrica es omnipresente, la industrialización feroz trajo el desperdicio, las cascadas se hayan exiguas; la contaminación provoca la espuma, una que flota como nata algodonosa y que los pobladores respiran y ven con desaliento porque saben que toneladas de basura provienen de Guadalajara y otras poblaciones.

Polgovsky se vale de diferentes documentales que provienen de archivos de la Filmoteca de la UNAM, de la Librería del Congreso de Washington y de material casero de los lugareños; para contrastar las imágenes de la situación actual, la voz en off de los narradores, en español o en inglés, marca el tono de la nostalgia de un mundo perdido. Antes o después, el río se mantiene como principal protagonista; el de antaño, el del paraíso perdido, el de la conciencia antropológica de alguien que dice “nos robaron el imaginario, nos despojaron de nuestra fuente de energía”. Y el de ahora, ruinas, basura, pobreza, flujos de aguas envenenadas con cianuro, mercurio, gasolina, pero el flujo sigue, carreteras, vehículos. Ahora el agua se vende en garrafones de plástico.

“Todos estamos contaminados”, acusa alguno. El director sigue de cerca a una bella criatura apenas adolescente, enferma de la piel; la lista de enfermos y difuntos a causa de cáncer, tumores, fallas renales, se señala también como un flujo, un flujo de muerte. Y claro, está el discurso grandilocuente de los políticos que van a rescatar al río y devolverlo a su estado original, proyectos millonarios que quedan en puras promesas, provocan mayor desaliento y enojo en los pobladores.

A diferencia de otro tipo de documental de denuncia que emplea ya sea técnicas didácticas o de panfleto, el arte de Polgovsky se adhiere a la piel, permite que el público participe de la experiencia desde el interior del conflicto, y lo haga suyo.