La higiene, una odisea

En la casa de la familia Balderas Galeno, en la colonia La Estación, en Tláhuac, el llamado del gobierno a quedarse en casa para evitar contagiarse de covid-19 y a lavarse las manos 40 veces al día, más bien parece un sarcasmo: la escasez de agua obliga a los miembros de la familia a salir a la calle a buscar el líquido; así se ponen en riesgo, pues su condición de enfermos autoinmunes los deja prácticamente sin defensas ante el virus.

La madre tiene hepatitis autoinmune y recientemente fue operada de la glándula parótida; el padre es diabético. Un hijo padece lupus eritematoso sistémico, otra tiene hipotiroidismo y apnea del sueño y un descendiente con autismo, mientras que otra padece artritis reumatoide, su hija es asmática y a su hermano adolescente hace poco le dio influenza.

“Nuestra carga autoinmune hace que cualquier virus nos ataque más fuerte. No podemos andar en la calle para no arriesgarnos, pero tenemos que salir a conseguir agua, seguir a las pipas, comprar garrafones y lo que sea para tener los cuidados básicos en la casa”, cuenta Azucena.

Hasta hace unos meses podían acumular agua del “hilito” que llegaba por la red hidráulica. Pero ahora, con la distribución por pipas una vez por semana, todo se ha complicado. La ropa que usan al salir a la calle no la pueden lavar enseguida, sino que se va juntando y podría convertirse en un foco de infección. La poca agua que pueden reciclar apenas les sirve para limpiar el sanitario y ya han tenido infecciones estomacales. “Es imposible cumplir eso de lavarnos las manos a cada rato. ¿Con qué?”, pregunta.

Con algunos vecinos se han organizado para comprar una pipa particular que les llene tambos y tinacos para sobrevivir al menos una semana, “pero cuando nos la traen, los vecinos se nos vienen encima para que les demos”. Ese gasto de entre mil 500 y 2 mil pesos por cada pipa no lo pueden hacer con frecuencia. Simplemente no les alcanza, pues deben ahorrar más de mil pesos al mes para los medicamentos que entre todos necesitan. Peor, por su edad, los padres aún no pueden solicitar la pensión alimentaria del gobierno federal.

La situación de Jesús Aguilera no es menos dramática. A sus más de 60 años se hace cargo de su madre, de 91, que apenas pesa 25 kilogramos y padece osteoporosis, entre otras enfermedades “de la edad”. Doña Vicenta Miranda ya no se puede parar por sí sola ni controlar sus esfínteres. “Necesito bañarla, no tengo agua. Se orina, necesito lavar sus cobijas y su ropa, además de limpiar el colchón. Pero ¿con qué agua, si no tenemos? Tengo que salir a conseguir, que me regalen los vecinos”.

En su casa tiene una pequeña pileta que a veces puede llenar con agua de pipas particulares que le cobran 400 pesos. Con el pago de su pensión apenas sale al paso para hacer ese gasto y comprar los múltiples medicamentos, suplementos alimenticios y colchones de agua que su madre necesita y que ascienden a unos 5 mil pesos.

“Si no, ¡ya hubiera fallecido! Yo no pido mucho al gobierno, sólo que nos manden más agua por la red, no sólo para mí, sino para los demás vecinos que me ayudan y me regalan agua para cuidar a mi madre”, dice.

Luciana Maqueda tiene 74 años y desde hace cinco está en silla de ruedas porque una enfermedad hizo que le amputaran el pie derecho. Vive con su hijo y su nuera y es ésta quien le ayuda a sacar los tambos para llenar los tinacos cuando llegan las pipas. Pero a veces el vehículo llega cuando ella está sola en la casa. “Yo no puedo sacar los botes ni abrir la cisterna porque tiene tapa pesada, y entonces no nos dejan el agua”, lamenta.

Como ellos, cientos de vecinos de la colonia padecen enfermedades o son adultos mayores que, por recomendación de las autoridades sanitarias, deberían mantenerse en casa para protegerse del coronavirus. Sin embargo, no lo pueden hacer porque tener agua es su prioridad.