La convocatoria-información de Javier Alatorre sobre el covid-19 en el noticiario estelar de TV Azteca –que ha generado una polémica inédita en el país– y los juicios de valor del presidente Andrés Manuel López Obrador sobre el estado que guarda el ejercicio periodístico en México –que tampoco tienen precedente– generan la condición propicia para recordar para qué existe el periodismo, en tanto sujeto profesional del ejercicio de las libertades de expresión e información.Veamos.
Primero. El periodismo tiene como primera misión servir de polea de transmisión entre fuentes públicas y privadas de información y la sociedad, para garantizar el derecho a la información. Hoy los medios son la antigua plaza pública por el desarrollo demográfico y tecnológico. A diferencia de lo que podría pasar con un particular, en el periodismo las libertades de expresión e información tienen razón de ser en la medida en que hacen las veces de derechos instrumentales para satisfacer el derecho de la sociedad a estar informada, a efecto de que pueda tener elementos para formar sus propios juicios y tomar decisiones para ejercer derechos, cumplir obligaciones y crear una concepción de la realidad posible (como estructura mental en su sistema nervioso central) sobre lo que acontece en el mundo con el que interactúa.
Segundo. En las democracias, el ejercicio periodístico al buscar la verdad (una versión verosímil y razonable de ella) no se alcanza con la uniformidad, con la unanimidad o las oraciones unívocas. Hay consenso en que esta búsqueda se logra al confrontar diversas versiones de los hechos noticiables. Para John Stuart Mill, el padre de la libertad, en su obra Sobre la libertad “la única manera que tiene el hombre de acercase al total conocimiento de un objeto es oyendo lo que pueda ser dicho de él por personas de todas las opiniones y estudiando todos los modos de que puede ser considerado por los diferentes caracteres de espíritu”, quien además agrega que: “Por poco dispuesta que se halle una persona a admitir la falsedad de opiniones fuertemente arraigadas en su espíritu, debe pensar que por muy verdaderas que sean, serán tenidas por dogmas muertos y no por verdades vivas, mientras no puedan ser total, frecuente y libremente discutidas” (Loc. Cit.) De manera más reciente, otro tratadista de consulta obligada, Karl Popper, destaca que el aumento del conocimiento depende “por completo” del desacuerdo.
Tercero. Es verdad que, como en la psiquiatría, hay elementos de comorbilidad en el ejercicio periodístico en su vertiente de libertad de información (reportar hechos de interés público debidamente contrastados) o de libertad de expresión (que son libres, con menos ataduras que la imputación de hechos, pero que éticamente se pide que sean honestas) que se explican por la reducción del uso del erario a medios y periodistas en diversas formas; pero también lo es que el desencuentro entre los hechos y los juicios de valor positivos al gobierno encuentra asidero en construcciones que la realidad (o una parte de ella) aporta para generar datos e informaciones distintas o contrarias a las políticas gubernamentales y, en ese sentido la libertad de expresión –en su sentido estricto, es decir el análisis u opinión– transita también por un sendero distinto a la empatía absoluta y en todos los casos con lo que hace el gobierno. Y en esa diferencia encuentra su propia riqueza al poner sobre la mesa de la discusión pública las más distintas versiones y explicaciones de lo que pasa y por qué pasa.
Cuarto. Es admisible que cada medio pueda tener una postura o línea editorial a la luz de la cual enfoque el procesamiento de los datos para construir la información que le proporciona al público, siempre y cuando haga de ese ejercicio una práctica transparente en el que informe previamente (en sus códigos de ética, manuales de estilo o instrumentos similares) que lo que aporta se lleva a cabo bajo esa perspectiva editorial. En general es apreciable que haya un periodismo crítico; es decir que reconozca el acierto e identifique el error del quehacer público, en una lógica de tonalidades de grises, no de visiones maniqueas de blanco o negro, que por ese sólo hecho se antojan a manipulación y generan el caldo de cultivo para que florezcan las noticias falsas y las posverdades (mezcla de verdades con mentiras) que son nuevos problemas que enfrenta el periodismo. Dice bien Popper: “Si no somos críticos, siempre encontraremos lo que queremos: buscaremos y encontraremos confirmaciones, y apartaremos la mirada y dejaremos de ver cualquier cosa que suponga un peligro para nuestras teorías favoritas. De esta manera es sumamente fácil obtener lo que parecen ser pruebas abrumadoras a favor de una teoría que, si la hubiéramos enfocado de manera crítica, habría sido refutada.”
Quinto. Hay una reflexión de Stuart Mill escrita en 1859 que se podría aplicar hoy al México que vivimos: “Reconozco que la tendencia de todas las opiniones a hacerse sectarias no se cura por la más libre discusión, sino que frecuentemente crece y se exacerba con ella, porque la verdad que debió ser, pero no fue vista, es rechazada con la mayor violencia porque se la ve proclamada por personas consideradas como adversarios”. Debe haber tolerancia, no indiferencia, al parecer o punto de vista ajeno; a éste debe permitírsele ser expuesto y, en su caso, debatido, confrontado, con cuidado en las formas, sin acudir a juicios innecesarios que se inscriban en la agresión, que son las razones de la sinrazón que hoy domina la agenda de la discusión pública, donde la primera víctima es la ética y con ella, la verdad posible y el derecho a la información. El rumbo de esta discusión se ha perdido. Hay que encontrarlo.
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