La posposición del duelo

El rápido avance de los contagios y de los fallecimientos por coronavirus está cambiando las formas de disponer de los cadáveres. Las medidas oficiales para contener la propagación de la enfermedad limitan o impiden que se realicen los rituales y procedimientos acostumbrados, lo que lastima a las familias y en ocasiones pone en entredicho sus derechos.

El coronavirus es una enfermedad que aísla. Los enfermos son apartados de sus familias para no propagar el virus y algunos mueren sin que nadie se pueda despedir de ellos. Es tanto el miedo a esta pandemia que en la mayoría de los casos los fallecidos no tienen un funeral. 

Tania se encontró en el pasillo de un hospital privado de la Ciudad de México con cinco personas ataviadas de blanco, como astronautas, que empujaban en una camilla a una persona dentro de una bolsa negra. Era el mismo piso en el que se encontraba su madre, Martha, de 61 años, diagnosticada con “neumonía por covid-19” tras regresar de un viaje familiar por Europa. Sin apartar la vista de la camilla, Tania preguntó: “¿Es mi mamá?”. Nadie le respondió.

Minutos antes había visto afuera del hospital una camioneta de la funeraria que había acordado contratar, de acuerdo con sus hermanos, porque el escenario clínico no era favorable. Apresuró el paso tras la camilla hasta que llegaron al elevador. Se abrieron las puertas y sin titubear dijo: “¡Es mi mamá!”.

Con la camilla en el elevador, una de las trabajadoras, protegida de pies a cabeza con material aislante, detuvo la puerta. Tania intentó ver el cuerpo, pero tenía doble bolsa negra y un candado plateado. “Adiós, te quiero mucho”, alcanzó a decir antes de que se cerrara el ascensor. Caminó hacia el área restringida y lo confirmó: se acababan de llevar el cuerpo de su madre para incinerarlo. Martha murió el 23 de marzo a las 17:28 horas. Fue la primera mujer muerta por covid-19 reconocida en las cifras oficiales. 

El único de sus cuatro hijos que pudo verla por última vez fue Rafael. Era el familiar que estaba de guardia cuando murió. Lo protegieron con un traje blanco de látex, gafas, guantes, cubrebocas y botas. Cuando entró a la habitación Martha ya estaba en la bolsa negra, pero se asomaba su rostro. En nombre de toda la familia le dijo que la amaban y le dio las gracias: “¡Nunca te vamos a olvidar!”.

Lejos del país, en Perú, la señora Ethel, mexicana, tampoco pudo ver el cuerpo de su esposo, Isaías, un yucateco de 76 años. No le pudo dar el adiós. El 24 de marzo a las 08:00 horas –Ethel estaba aislada por sospecha de coronavirus en un hotel en el centro de Cusco, donde se encontraban de viaje– le avisaron por teléfono que su marido había muerto de “neumonía por covid-19”. 

El 23 de marzo lo había acompañado al hospital porque el hombre no podía respirar, después de varios días en los que no recibió atención médica. Los doctores le dijeron que llegaba muy grave y lo tendrían que intubar de inmediato. A los dos les hicieron la prueba del coronavirus. Pero como ella sólo tenía una ligera tos, le pidieron que se retirara y se aislara en el hotel. La administración del lugar acordonó su puerta y puso a un policía afuera del cuarto para que no saliera.

Ethel nunca supo si Isaías tuvo acceso a un ventilador. Cuando regresó al hospital a reconocer el cuerpo de su esposo, no pudo hacerlo, se lo mostraron metido en una bolsa negra para llevárselo al crematorio. Le pidieron que regresara al aislamiento y esperara el resultado de la prueba. Los dos salieron positivos. Ese mismo 24 de marzo Isaías ya era noticia: El primer mexicano muerto por coronavirus en el extranjero. 

Miedo a lo desconocido

El cuerpo de una persona muerta ya no es infeccioso porque no emana secreciones, salvo en casos de las fiebres hemorrágicas, como el ébola o la fiebre hemorrágica de Marburgo, y del cólera, según la OMS. Sin embargo, ese organismo señala que en México y otros países se cree que es preciso incinerar a quienes murieron por una enfermedad transmisible. 

“La incineración es una cuestión de elección cultural y de disponibilidad de recursos”, señala la OMS en el documento Prevención y control de infecciones para la gestión segura de cadáveres en el contexto del covid-19, fechado el pasado 24 de marzo. “Hay que evitar la precipitación en la gestión de los muertos por covid-19”, añade. 

En el mismo documento recomienda permitir que la familia vea el cuerpo, si así lo desea, sin tocarlo y sin besarlo, además de otras precauciones de distanciamiento. “Es preciso respetar y proteger en todo momento la dignidad de los muertos y sus tradiciones culturales y religiosas, así como a sus familias”, instruye.

Al respecto, la Secretaría de Salud federal, en su versión más reciente de la Guía de manejo de cadáveres por el SARS-Cov-2, del martes 21, establece que antes de trasladar a la morgue un cadáver plenamente identificado se puede permitir el acceso a dos familiares o amigos a la habitación, sin tener contacto físico con el fallecido, siempre y cuando estén protegidos por equipo especial y sean supervisados por el personal de salud. 

Pero en la práctica no siempre se siguen estos protocolos para el manejo de los cadáveres por esta enfermedad, desconocida hasta hace cuatro meses. En la mayoría de los hospitales se acata otra orden, que también está en la guía: “El cadáver debe ser transferido lo antes posible a la morgue”.

En tiempos del covid-19 las familias desisten de hacer un funeral por temor al contagio. Martha e Isaías no fueron velados ni tuvieron una ceremonia fúnebre. 

Empresarios de funerarias consultados dicen que, según las disposiciones oficiales y las indicaciones médicas que recibieron, los cuerpos de víctimas de coronavirus deben ser sepultados o cremados de inmediato. Se exceptúan los cuerpos no identificados o identificados no reclamados, a partir del jueves 16, cuando esta excepción se publicó en el Diario Oficial de la Federación en atención a la Ley General de Víctimas, en un país con 40 mil desaparecidos.

Las autoridades federales prohibieron el embalsamamiento. En México se acostumbra embalsamar a los muertos, se colocan en un ataúd, se les reza en una capilla y se les hace una despedida. Pero en varios estados, como Tamaulipas, Querétaro, Chiapas y Baja California Sur, ya prohibieron la velación en capilla, sea en domicilio particular o en un recinto público. A escala federal sólo se recomienda no hacer la velación, pero “en caso de realizarse, ésta deberá ser menor de cuatro horas y con no más de 20 personas, mantener el ataúd cerrado y garantizar las medidas higiénico-sanitarias y de sana distancia en la sala”.

Hasta el reporte del jueves 23, han muerto a causa del coronavirus mil 69 personas y se han confirmado 11 mil 633 casos. Dos días antes el gobierno federal decretó la fase 3 de la pandemia, en la que se espera un acelerado contagio comunitario. Es la etapa de máxima transmisión. 

Las autoridades sanitarias consideran que en esta fase tanto los hospitales como las funerarias deben estar preparados para responder a un mayor incremento en las defunciones, que pueden rebasar las capacidades actuales de manejo de cadáveres y servicios funerarios, según la guía de la Secretaría de Salud.

En el país existen 5 mil 901 empresas de servicios funerarios, incluidos crematorios, según datos del Directorio Estadístico Nacional de Unidades Económicas (DENUE) del Instituto Nacional de Estadística y Geografía consultado el jueves 23.

En la Ciudad de México se registra 25% de las defunciones y 27% de los casos de esta infección en el país, ya que el mismo jueves 23 se contabilizaron 268 fallecimientos y los casos confirmados fueron 3 mil 157. 

En el DENUE se registran 420 funerarias en la capital del país, lo que la ubica en tercer lugar detrás del Estado de México (685) y Jalisco (591). En la Ciudad de México hay 30 hornos crematorios concesionados por el gobierno local y 118 panteones distribuidos en las 16 alcaldías, en los cuales hasta septiembre de 2019 había 68 mil 696 fosas disponibles, según la Consejería Jurídica y de Servicios Legales.

“Se deben realizar las gestiones correspondientes considerando que se pudiese requerir en un corto tiempo de un mayor número de espacios para resguardo y disposición final de los cadáveres, como cámaras frías, crematorios y espacios para inhumación”, dice el documento de la Secretaría de Salud.

Sobre el manejo masivo de cadáveres se considera que algunas familias carecen de los recursos necesarios para la inhumación segura y “será necesario considerar apoyos sociales para evitar el abandono del cuerpo”.

El costo de los servicios funerarios se incrementó alrededor de 50%. En julio de 2019 la Procuraduría Federal del Consumidor estimó que un paquete funerario básico con servicio de inhumación o incineración oscilaba entre 9 mil y 12 mil pesos; actualmente está entre 15 mil y 18 mil pesos.

“Cuando ya no estés” 

Martha murió el 23 de marzo por la tarde y al día siguiente la funeraria ya había entregado sus cenizas a la familia. Las cenizas de Isaías estuvieron extraviadas durante cuatro días en Cusco, hasta que su hijo Alonso pudo comunicarse desde Yucatán al crematorio. La urna regresó desde Perú en el mismo vuelo a México en el que fue repatriada su madre, Ethel. 

En esta pandemia se complica también el duelo por las limitaciones para realizar los ritos tradicionales, cuya función es que el doliente acepte la realidad. 

Sin cuerpo es difícil aceptar que el ser querido ya no está y los funerales cumplían esa función, explica el doctor Felipe Martínez Arronte, presidente de la Asociación Mexicana de Tanatología, AC. Por ello, recomienda que las personas encuentren consuelo a través de los recuerdos, objetos personales, regalos y fotografías. 

Las cenizas de Martha están en su casa, rodeadas de fotos familiares, debajo de un tapetito de San Miguel Arcángel que compró en un viaje. “Mi mamá nos dijo que lo iba a poner en las escaleras de la casa para que nos protegiera a todos”, dice Tania. “Es un rito que consuela”, comenta sobre el altar que colocó con su papá y sus hermanos.

Martha era abogada, tenía cuatro hijos y tres nietos. Tenía cáncer y diabetes. Su hijo Rafael la recuerda como una mujer que siempre buscó el bienestar de su familia y ayudar a los demás. Algunos de sus hijos se dedicaron a la defensa de los derechos humanos. “Logró transmitirnos todo su ser, toda su ideología de ayudar”, dice.

Los nietos de Martha preguntaron por ella. El abuelo, Rafael, organizó una videoconferencia con la urna para explicarles que su abuela ya no está con ellos. “Ella ya no está aquí, sus cenizas son éstas”, explicó.

Cuando pase la pandemia Ethel quiere hacerle una pequeña misa a Isaías en el templo al que solían asistir en la capital yucateca. Ahí se encuentra la cripta familiar e Isaías será el primero en usarla.

Isaías era maestro jubilado, padre de tres, abuelo de cuatro y bisabuelo de un bebé de 10 meses. Sus hijos dicen que siempre buscó ayudar al prójimo desde la Iglesia Católica. Organizaba peregrinaciones y excursiones al extranjero para recaudar fondos destinados a la compra de ventiladores y bancas para el templo. Era cintra negra de karate. Tenía hipertensión y diabetes controlada. 

Amaba viajar. Meses atrás había ido a Israel. “Una vez le preguntaron a mi papá cómo quería morir y él dijo que quería morir viajando”, recuerda su hijo Alonso.