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TOKIO, JAPÓN.- La humanidad vive ahora la pesadilla que el cine de ciencia ficción ha explotado por décadas, la distopia aquella donde la civilización se ve amenazada de extinción por un agente maligno, extraterrestres, vampiros o, por ejemplo, un virus.

El sitio en internet The Wrap recomienda una serie de 20 películas, selección buena y sesuda que va desde El séptimo sello (1957), de Ingmar Bergman, hasta Contagio (2011), de Steven Soderbergh, pasando por la adaptación de la novela de Saramago, Ceguera (2008), realizada por Fernando Meirelles.

Ineludibles, estas tres se apoyan en una reflexión poética y filosófica sobre lo humano, su grandeza y su miseria: El caballero medieval (el recién difunto Max von Sydow) jugando ajedrez con la muerte durante la peste negra de 1300, es una imagen eterna del cine; la cinta de Soderbergh explora política, teorías conspiratorias, ciencia e intereses de patentes; la adaptación del renuente Saramago presenta un cuadro negro sobre los peores impulsos y apetitos reprimidos en el ser humano desatados por el miedo y el oportunismo: abuso, violaciones, degradación del hombre supuestamente civilizado

Menos solemnes, y que expresan de manera cruda los peores miedos e instintos reprimidos frente al peligro de contagio, son todas las cintas de zombis, todas, las buenas y las malas. La noche de los muertos vivientes (1968), de George A. Romero, origen y modelo, ha inspirado, provocado copias calcadas, remakes, infinidad de veces, sobre todo en el cine estadunidense, pero también hay películas chinas de zombis, japonesas, hongkonesas, divertidas la mayoría, una cubana estupenda, Juan de los muertos (2013), de Alejandro Brugués; en México, el alucinante episodio de zombis en El Santo contra la Tetona Mendoza.

En todas las cintas de zombis se delatan el miedo y el desprecio latente hacia el otro, la repulsión contra el posible contagiado portador de un virus peor que letal, pues el tocado por la enfermedad sigue medio vivo sólo para contagiar a más; el género zombi marca una división tajante e irreversible entre el sano y el enfermo, el menor rasguño codena para siempre al afectado; la compasión, valor máximo de lo humano, se vuelve absurda e inoperante, pues aunque se trate de un ser querido hay que exterminarlo. En esta visión apocalíptica, las calles se vacían, la gente se esconde, los saqueos son el modus vivendi.

Por eso, mis favoritas de zombis son cómicas; ejemplos entre muchas, la poco apreciada Guía Scout para el apocalipsis de los zombies (2015), Mi novio es un zombi (2013) y, sobre todo, Los muertos no mueren (2019), de Jim Jarmusch. En éstas, el horror y el gore necesario dentro del género se respetan, la angustia del espectador se purga, pero la repulsión hacia el otro, el desprecio latente en el miedo al contacto, se satirizan para buscar una forma de sensatez y reflexión contra el absurdo.

No obstante, también el cine de zombis, que en general requiere de poco presupuesto, delata un peligroso impulso inconsciente de estar del otro lado, de volverse zombi, no tener nada que perder y liberar el aspecto devorador y destructor del individuo hacia los demás; en Super 8, J.J. Abrams muestra la fascinación de niños y adolescentes por hacer películas y actuar papeles de zombis.