Nadie se salva solo

Algunas veces el teatro está más cerca de la realidad de lo que parece. Otras veces se anticipa y, sin que lo sepamos, nos advierte y nos prepara. La ficción es una insospechada pasión por la realidad. Su asombro desvela lo que asecha en las sombras.

Estamos trabajando, ensayando intensamente en la creación de un espectáculo sobre el enigma de China, y poco a poco se va haciendo presente la pandemia, que nos interrumpe y nos desafía a volver a pensar las cosas decisivas sobre la vida y sobre el teatro.

 Desde hace poco más de un año, José Ramón Enríquez, José María de Tavira y yo comenzamos a escribir la obra Matteo Ricci,­ una aventura sobre la amistad de las culturas, impulsados por Enrique González Torres, para completar una trilogía teatral sobre el legado histórico de la Compañía de Jesús. Antes hicimos La Expulsión, sobre los jesuitas expulsados de la Nueva España en el siglo XVIII; un espectáculo centrado sobre todo en Francisco Xavier Clavigero, que escribió en Bolonia Historia Antigua de México y formuló una poderosa idea de la nación e identidad de los mexicanos. Después realizamos El Corazón de la Materia, sobre Teilhard de Chardin, un jesuita geólogo, explorador, célebre paleontólogo que fue también un hombre de profunda fe y un poeta inspirador que desde la ciencia se propuso edificar una idea honorable de Dios.

Las escenas de esta tercera obra recorren la aventura del jesuita Matteo Ricci al corazón de la legendaria Catay; los pasos apasionados del sabio Li Madou, como es recordado con profunda estimación en la China actual; su inquietud universalista, su prodigiosa formación humanista en el Colegio Romano; su azarosa aventura marítima, Goa, Cochín y el descubrimiento de Oriente; Macao y las puertas inaccesibles de China, los primeros errores y los aprendizajes, los malentendidos, el naufragio, las expulsiones, el regreso tenaz, los descubrimientos y la amistad, la integración, el Mapamundi con China al centro. La traducción al chino de los principios matemáticos de Euclides y la composición del asombroso Tratado de la Amistad, que integra en un mismo humanismo la antropología clásica y la ética de Confucio. El arribo a la Ciudad Prohibida, la primera casa jesuita en Beijín, su observatorio astronómico, la formación de Xu Wanqi y la revolución agrícola de la China del siglo XVII.

Un viaje a China que sigue los pasos de un jesuita humanista entrenado en la más insólita mnemotecnia, que edificó un Palacio de la Memoria y fue capaz de aventurarse en el enigma de China. Es considerado el padre de la sinología y vino de las antípodas para compartir el tesoro de las matemáticas. Un jesuita enviado a la misión de llevar a Jesús a esas tierras, que descubrió en el camino que más bien lo buscaba y que supo encontrarlo en la mirada de los otros.

Contagiados por la pasión china de Matteo­ Ricci, la pandemia del coronavirus nos alcanzó revestida de una nueva satanización de China y acompañada de otros múltiples “virus informáticos”. La situación nos afecta a todos y conlleva un reto que la razón ha de asumir como crisis; porque también se trata de pensar en defensa propia y como experiencia de solidaridad.

No se trata de dilemas radicales –o esto o lo otro, o lo oriental o lo occidental–, sino que se trata más bien de paradojas; como paradójico resulta que la solidaridad consista en aislarse. Debe haber otra forma de aislarse que resulte eficaz para no desentenderse del sufrimiento de los otros, algo que desafíe al ingenio y contribuya a descubrir una solidaridad que no contamine a la sociedad y al mundo.

Vivimos atrapados en el chantaje de un sistema que nos ha hecho pensar que la crisis (sobre todo económica) es permanente y por lo tanto nada puede cambiar. Pero en la realidad, en la naturaleza y en la historia no hay crisis permanentes. Todas son pasajeras, aunque no todas se han resuelto para mejorar. El momento de la crisis es una oportunidad, una prueba. Es también una crisis de la conciencia. Algo tiene que cambiar y casi todo depende de nosotros, de cada uno consigo mismo, de cada uno con los demás. Nadie se salva solo.

Los hacedores de teatro enfrentamos otra paradoja. El teatro es la celebración de la reunión de las personas en el aquí y ahora vivo y presente frente al espejo del propio acontecer. Un arte colectivo e inmediato que no es posible diferir en la telecomunicación. Hoy, para salvar su poder de convocar a la reunión, es necesario aislarnos, interrumpir los ensayos y aprender a pensar juntos en la distancia para preparar un corazón que se deje transformar por una crisis que no reconoce pasaportes, para esperar el momento que vendrá y volver a celebrar la reunión y acudir fortalecidos al encuentro de lo otro.

Como decía Víctor Segalen, el poeta exota, esta es una ocasión para superar el aislamiento, el encogimiento paulatino de la construcción mental del afuera, lo diferente, el límite, para acceder a su ensanchamiento, su paulatina apertura, su tránsito.

Hay tiempos para cada cosa dice el Qohelet. Estos son tiempos para inventar nuevas formas de interlocución creadora y para suscitar otras experiencias de solidaridad. Es tiempo para sembrar la semilla de la amistad como cultura.

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* Este texto del dramaturgo, poeta, actor y director escénico, fue escrito para su publicación en estas páginas.