En los últimos días el temor a la pandemia que está conmocionando al mundo ha llegado a México. Estamos en el punto en que se cruza de la primera fase, cuando la enfermedad se adquirió en el exterior, a la segunda, cuando el virus ya se ha infiltrado entre la sociedad mexicana y comienza la curva de ascenso del contagio; difícil o imposible predecir con certeza qué tan rápido y lejos puede llegar.
Es fácil caer en opiniones puramente emotivas, dirigidas a encontrar culpables o a referirse a lo deseable, independientemente de la posibilidad de alcanzarlo. Interesa, entonces, poner sobre la mesa algunos elementos significativos para entender el ambiente en que se desarrollan los acontecimientos, tanto a nivel internacional como al interior de nuestro país.
Tomando en cuenta el avance de la globalización desde sus diversas perspectivas, sorprende la escasa coordinación y aún más la poca cooperación entre los más de 150 países que se han visto afectados. Los organismos internacionales, como la Organización Mundial de la Salud, creados justamente para enfrentar, entre otros, problemas como las pandemias, han desempeñado un papel secundario; útil para coleccionar información y dar a conocer la evolución del fenómeno, pero poco operativo para promover una respuesta coordinada.
Las decisiones de los gobiernos en regiones con instituciones tan elaboradas como la Unión Europea han sido erráticas e individuales. Poco sabemos de los esfuerzos conjuntos que hubiesen podido darse para brindar ayuda a un país tan afectado como Italia. Por lo contrario, lo que ha dominado es cerrar fronteras, aislarse, comunicarse poco con los otros, ignorar cómo o en qué podría haber solidaridad. En estos momentos, la región más afectada es Europa. Los ejércitos han entrado en acción para imponer una estricta cuarentena que mantiene vacíos los lugares públicos. Cada país a su manera.
La escasa atención a los países cercanos es evidente por parte de Estados Unidos. El control de la pandemia ahí ha seguido una línea zigzagueante. Buen número de decisiones para organizar el “distanciamiento social”, es decir, la separación entre personas para evitar el contagio, la iniciaron de manera individual las universidades, los distritos escolares, los padres de familia o directores de museos. Las directivas del presidente Trump llegaron tarde. Ha decidido un programa de acción muy amplio, con fuertes recursos económicos, errático y visiblemente orientado por sus intereses electorales. Declaraciones recientes sobre el “cierre parcial” de la frontera con México revelan hasta dónde ha sido indiferente a lo que ocurra en el país vecino.
Finalmente, a pesar de las críticas por un supuesto ocultamiento de las cifras en los primeros momentos, China ha alcanzado logros en diversos sentidos. De una parte, ha contenido la pandemia; de la otra, se alza con grandes avances en materia de ciencia y tecnología que, de lograr lo que anuncia, podrían ser punto de transición histórica en el control de pandemias. Paradójicamente, el país en donde brotó el coronavirus puede, al combatirlo, fortalecer su ya de por si ascendente hegemonía mundial.
El segundo aspecto a tomar en consideración es la manera en que esta pandemia ha provocado de manera inmediata una crisis en la economía internacional. A diferencia de otras, como la de 2008, surgida por los manejos financieros de Wall Street, ésta ha afectado la producción en un centro manufacturero tan importante como China. Las consecuencias ya están presentes: se han detenido cadenas de producción en la industria automotriz; se afectaron actividades tan sensibles como el turismo; el transporte aéreo internacional se ha reducido; la ocupación hotelera ha disminuido; el aprovisionamiento de centros comerciales ha bajado, etcétera. El fantasma del desempleo ya llegó; la Organización Internacional del Trabajo pronostica que puede afectar a 28 millones de personas.
Un tercer tema a destacar es la manera en que la pandemia se ha extendido alrededor del mundo. Hasta ahora ha afectado mayormente a China, Irán, Corea del Sur, Italia, España, Francia y Alemania. Su presencia en África, Australia, Nueva Zelanda y América Latina ha sido mucho menor. En esta última región los casos diagnosticados son muy reducidos, casi imperceptibles al compararla con otras: tienen lugar en Argentina, Brasil, Chile y México. El recibir tarde a la pandemia no quiere decir que los efectos serán menores, pero tampoco se puede afirmar que se repetirá el cuadro de crecimiento ocurrido en otras partes.
Las condiciones en México para recibir la fase más agresiva de la pandemia son difíciles por diversos motivos. Lo primero es la situación que atraviesa el Sector Salud al estar en momentos de transición hacia un nuevo modelo de compra de medicamentos, atención y financiamiento. No cabe discutir aquí sobre lo acertado o no de lo que se está llevando a cabo. Basta señalar que se requiere de un esfuerzo adicional para meter orden ante la demanda creciente que se avecina, cuyo alcance, como ya señalé, no se puede conocer con anticipación.
Conviene tomar en cuenta la experiencia que se tuvo con la epidemia de H1N1, cuyo mayor crecimiento ocurrió en México; fue exitosamente controlada, cualesquiera que sean las críticas a la forma en que se hizo. Existe, pues, un buen cuadro de especialistas en epidemias en el país. Saberlos utilizar para un manejo adecuado de lo que se avecina es un tema que no se puede desligar del problema más serio que tenemos: el ambiente de tensión, enconos y desconfianza que da el tono a la vida política bajo la 4T.
México vive un periodo de polarización interna que no alienta la disciplina, solidaridad y confianza en el gobierno. La información oficial se está proporcionando a la población todas las noches por conocidos canales de radio y televisión. Me parece profesional y puntual. Sin embargo, se topa de inmediato con la falta de crediblidad. Contribuye a ello el comportamiento del presidente López Obrador y su peculiar manera de comunicarse con la población. No hay duda que se trata de una manera exitosa, de allí el mantenimiento de su alta popularidad hasta fechas recientes.
Ahora bien, un acontecimiento como la llegada de una pandemia obliga a cambiar de forma y contenido. Ni las mañaneras ni las visitas semanales a diversas comunidades en que se celebran mítines y hay contacto personal cercano son recomendables. No se trata de que se reproduzcan acríticamente las políticas adoptadas en países muy distintos a México. Pero sí es urgente un programa convincente, serio, formulado por los expertos en salud y también en comunicación social, educación, economía y defensa nacional que indique, entre otros puntos, la existencia de coordinación en las filas del gobierno. Urge que tenga el respaldo más amplio posible de empresarios, medios de comunicación, organizaciones civiles, académicos. Es el momento de sumar, absteniéndose de alentar divisiones estériles o lanzar informaciones falsas.
La llegada del covid-19 a México debería ser la ocasión para cerrar grietas en el tejido social, cada vez más perturbadoras por la profundidad que alcanzan y los peligros que representan ante problemas de salud cuyas dimensiones pueden ser trágicas.








