Coronavirus y tecnócratas en la 4T

A la memoria de Luis Donaldo Colosio, 26 años después

El coronavirus está poniendo a prueba la capacidad de prevención de México. Se trata de un virus menos letal pero mucho más contagioso, que se esparce con enorme velocidad. Las reacciones tardías han provocado el desbordamiento de varios sistemas de salud europeos. Es la sobresaturación de hospitales –la escasez de camas y sobre todo de respiradores para los infectados que desarrollan neumonía– lo que incrementa el porcentaje de fatalidades. Ahí está el ejemplo de Italia, donde la tasa de mortalidad del covid-19 es muy alta. Y en contraste, ahí está Corea del Sur, donde la tasa es muy baja gracias a una eficaz estrategia de anticipación. No digo nada nuevo: son dos referentes sobre los cuales se ha escrito mucho.

Los mexicanos tenemos que aprender la lección. Nuestros servicios hospitalarios –los del IMSS, del ISSSTE, del incipiente Insabi y un breve etcétera– arrastran grandes carencias y rezagos, por cierto sustancialmente mayores que los que se tienen en Europa. Debemos agilizar las previsiones. ¿Por qué no pisar el acelerador del distanciamiento social y de la asignación de recursos para comprar y/o producir los kits de la prueba y su aplicación a mayor escala? Aun si las estadísticas oficiales fueran realistas, lo cual es cuestionable dados los poquísimos exámenes aplicados, ¿por qué habríamos de aguardar a que se incrementen los números de contagiados para instrumentar la detección oportuna de la infección y de “aplanamiento de la curva”? ¿Qué es peor, una sociedad agotada o una sociedad diezmada? ¿No deberíamos emular la exitosa estrategia coreana para no vernos en la necesidad de replicar el desgarrador heroísmo de los italianos?

La sensatez lleva a priorizar y sumar recursos al diagnóstico temprano. Veamos un análisis comparativo: “A pesar de que Estados Unidos y Corea del Sur anunciaron el mismo día el primer caso de coronavirus en sus respectivos países (20 de enero), hasta esta semana Estados Unidos había examinado a 4 mil 300 personas en su territorio. Corea del Sur, en cambio, hizo el test en 196 mil” (BBC, 12/03/2020). Pongamos además atención al doctor Michael Ryan, director del Programa de Emergencias de la Organización Mundial de la Salud y tal vez la mayor autoridad mundial en pandemias, quien en estas circunstancias recomienda siempre anticiparse, no esperar sino perseguir al virus (The Times, 15/03/2020). Y recordemos las tres recomendaciones que hizo urbi et orbi el mismísimo titular de la OMS, Tedros Adhanom: Test, test, test. ¿Hay otra manera, pregunto yo, de evitar que los hospitales sean rebasados y llegue el terrible momento en que tengan que rechazar a los enfermos de pulmonía más viejos y devolverlos a sus casas? Cierto, el gobierno acaba de anunciar medidas en la dirección correcta, pero es too little too late. El covid-19 se mueve tan rápidamente que resta sentido a la secuencia rígida de las “fases”.

El desafío que enfrentamos es portentoso, y para superarlo es indispensable que los expertos fijen la pauta. El presidente López Obrador dio la encomienda al doctor Hugo López-Gatell, subsecretario de Salud, un epidemiólogo experimentado. Dijo AMLO, en lo que parecía una venturosa reconsideración de su desdén por la técnica, que en este tema se pondría en manos de un profesional de la medicina. Por desgracia, ahora sabemos que se puso en manos de alguien que está en sus manos. Al menos yo me equivoqué al confiar en que, de ser necesario, el especialista se atrevería a contrariar a su jefe. No ha sido así. El técnico se ha comportado como político que aplaude lo que diga o haga el poderoso, aunque contradiga las directrices médicas. Y es que AMLO es renuente a suspender sus encuentros con la gente –más hoy que las encuestas indican una baja en su popularidad– y quiere postergar las acciones que toman los demás países porque pueden mermar más la economía.

En rueda de prensa, López-Gatell respondió que hubo enojo en “la oposición” por su afirmación de que AMLO es una “fuerza moral”. No, doctor, muchos mexicanos que no militamos en ningún partido nos molestamos no por lo que dijo –que no nos incomoda– sino por el contexto en el que lo dijo. Se le preguntó si era desaconsejable la participación de AMLO en foros masivos y su contacto físico con la gente, por el riesgo de contagio de él y de otros y por el mal ejemplo. Usted sabe que la respuesta es afirmativa, y sin embargo la eludió con esa loa. Y pese a que también sabe que AMLO es parte del grupo poblacional más vulnerable por su edad y sus antecedentes cardiovasculares, avaló la barbaridad de que recibiera el covid-19 para supuestamente desarrollar inmunidad. Ambas declaraciones deben haber complacido a AMLO, pero constituyen una gran irresponsabilidad del encargado de impedir que el mal se propague. Su tarea no es dar sustento seudocientífico a los deseos del presidente; es usar su competencia para convencerlo de la gravedad de la situación y de actuar en consecuencia.

La tecnofobia de AMLO puede mutar en una renovada modalidad de la odiada tecnocracia. ¿Los técnicos serán aceptados en la 4T si se convierten en instrumentos del cratos en turno, es decir, en tecnócratas? ¿La técnica será bienvenida en la medida en que se tuerza cuanto sea necesario para apoyar su proyecto de poder? Urge un viraje. A todos no va a afectar la pandemia, todos queremos minimizar sus daños. El presidente tiene la oportunidad de relanzar su gobierno mediante un acuerdo nacional que empate su entrañable sentido común con la ciencia: la salud es primero, y más vale prevenir que lamentar.