El 8 y el 9 de marzo las mujeres ocupamos espacios de forma diferente a como lo hemos venido haciendo hace muchos decenios. Desde tiempo atrás estamos en las calles y en el trabajo; mas hemos sufrido acoso y discriminación generalizada, de tal manera que las excepciones apenas si cuentan.
El 8 esas mismas calles, esas avenidas fueron escenario para protestar por el maltrato cotidiano, por la falta de respeto, por la doble jornada, por agresiones, con énfasis en los feminicidios.
El día 9 tal presencia se manifestó como ausencia; muy pocas mujeres en la calle, los comercios, el transporte público. La retirada de la mitad de la población a su casa tuvo un peso significativo. Se vivió una ciudad distinta.
Dos días simbólicos que abonarán al cambio de mentalidades, aunque se necesite mucho más para modificar la actitud machista, el pensamiento patriarcal milenario. No es México, ni el gobierno actual quienes inventaron la situación; la actitud es mundial y viene de los orígenes de la civilización.
Esa transformación necesita pasar, en nuestros días, por el cambio en las ondas hertzianas, en las telecomunicaciones. Los medios son pilar indiscutible del reforzamiento de conductas, una guía de comportamientos. En el país, aunque con algunos cambios, el esquema continúa. Y así se demostró en cierta cobertura periodística comercial. Al destacarse la violencia, la pintura de paredes y monumentos, la rotura de cristales en las redes sociales, el centro de la protesta quedó opacado en el día de la marcha.
Parte de la estrategia para desacreditar el movimiento está en resaltar la existencia de grupos de mujeres encapuchadas perpetrando destrozos. Esos mismos grupos reivindican su violencia alegando que sólo así se les hace caso: “Vale más la vida de una mujer que el rescate de un monumento”.
Sin embargo, la mayoría optó por caminar en paz, con alegría, tomando las calles para eliminar el miedo.
Son precisamente las redes, manejadas de manera irresponsable, las que pueden distorsionar un hecho y comunicarlo instantáneamente. Al hacerse viral, una imagen sin el texto adecuado queda en la mente de los usuarios como una verdad.
La rectificación del día siguiente resulta más débil; hay quienes jamás se enterarán.
Apostar a la espectacularidad es otra de las formas de pasar lo grave a lo banal. Televisoras comerciales y radiodifusoras valoran ese filón por cuanto les atrae sintonía. Quedó claro esta vez que ––más allá de las imágenes––, el relato de los sucesos, su análisis y las controversias que suscitan, será cubierto por medios periodísticos profesionales que se toman su tiempo para no cometer pifias y para corroborar la información.








