Entre las diversas exposiciones con mujeres artistas que se han organizado para celebrar el Día Internacional de la Mujer, sobresale por su ambivalente osadía curatorial la exhibición 50 mujeres 50 obras 50 años, que presenta el Museo de la Ciudad de México.
Reducir la numerosa presencia de mujeres artistas que existe en el escenario mexicano del arte contemporáneo a sólo 50 creadoras, es un atrevimiento curatorial difícil de justificar. Sobre todo, cuando la selección incluye generaciones nacidas en un rango de 43 años, desde 1950 hasta 1993.
Y si bien es un acierto que participen en la muestra artistas quienes han sido relegadas en las últimas décadas –como las pintoras Georgina Quintana y Elena Climent–, o que merecen mayor protagonismo –la escultora textil Mónica Deutsch–, también se incluyen obras tan menores que podrían haberse omitido; entre ellas, las instalaciones de Jeannette Betancourt –con utensilios de cocina usados– y de Othiana Roffiel –una pintura expandida hasta la tridimensión–.
Curada en conjunto entre la historiadora del arte Brenda Luna, y los literatos Josué Ramírez y José María Espinasa (curadora, coordinador y director del museo, respectivamente)-, la exhibición delata distintas miradas y preferencias aun cuando no se informa sobre las elecciones de cada uno.
Carente entonces de una coherencia curatorial que permita ubicar la aportación museística, la exhibición se sustenta en la intención de “presentar algunos de los trazos de la panorámica actual”, definiendo la selección como una “cartografía” que se dibuja “entre las posibilidades del azar y la atracción mutua”. Un discurso que abiertamente justifica la discrecionalidad del proyecto; una decisión del director Espinasa, la cual lejos de valorar a las mujeres artistas en la individualidad y relevancia de sus propuestas, las convierte en una masa homogénea donde no hay diferencias.
Interesados en “trazar” un espacio de diálogo entre obras de diferentes autorías y con el acierto de no acotar la creación de las mujeres a temas que aborden exclusivamente la condición femenina, los curadores organizaron museográficamente la exposición sin divisiones generacionales.
Con un notorio énfasis en expresiones pictóricas y bidimensionales –aun cuando también se exhiben disciplinas tecnológicas y prácticas neoconceptuales tridimensionales–, la muestra aborda las temáticas:
Relacionadas con el activismo político y la violencia social que existe en México –un afectivo y sintético dibujo pictórico de Viviana Martínez con representaciones de mujeres rebeldes indígenas–; vinculadas con el universo y la vida –papel entretejido típico de Irene Dubrovsky que refiere a mujeres científicas y una sugerente pintura de Gabriela Gutiérrez que, con formas repetitivas en blanco y negro refiere a la biogénesis–; desastres –con Estrella Carmona, y una excelente tinta en blanco y negro de Dulce Chacón que representa el “suicidio más hermoso” de Evelyn McHale (1923-1947)–; rostros que se diluyen –un emblemático autorretrato pictórico de Mónica Castillo, de 1997, y una interesante pintura de profanidad religiosa de la artista emergente Yasmín Sierra en la que a través de alteraciones de iconografía religiosa popular –como una virgen y ánimas que purgan sus pecados en el purgatorio– la chiapaneca diluye simbólicamente la noción de pecado, fidelidad y maternidad virginal al diluir los rostros de la representación.
Entre el autorretrato y las propuestas neoconceptuales, Mónica Mayer, pionera del artivismo feminista, se impone con una transgrafía de 1990 intervenida con dibujos, que pertenece a su serie de Los Naufragios del Cuerpo. Y en el contexto corporal, la sutil acuarela de Pamela Zubillaga, destaca entre encajes disimulando y evidenciando el laceramiento de la piel.








