Unos 20 mil inmigrantes se hacinan en las costas de la isla de Lesbos, en Grecia. En su mayoría son oriundos de Afganistán y Siria, huyen de la guerra y la miseria y tienen sus esperanzas puestas en Europa, continente que había designado como primer filtro antimigrante a Turquía. Pero Ankara juega su propio juego y usa a los aspirantes a refugiados para presionar a la UE y obtener ganancias geopolíticas… mientras que en la isla griega la población se ha tornado cada vez más intolerante y ha comenzado a agredir a refugiados, periodistas y personal de las ONG.
MITILENE, Grecia.- En el norte de la isla de Lesbos, Khirrallah, una afgana de 65 años, bajita y con ropas rasgadas, disimula el cansancio con una sonrisa. Está exhausta por haber cruzado, en un precario bote de goma, las aguas del Egeo que separan Turquía, donde vivió durante meses, de Grecia. La anciana explica que ha dormido al raso, primero en la playa a la que llegó y luego en un descampado, custodiada por policías griegos.
La acompañan sus cuatro nietas, su hija y el marido de ella, así como otro centenar de familias, niños y jóvenes, en su mayoría afganos. Son los recién llegados a las islas del Egeo. Dicen que partieron después de enterarse por la televisión que se podía cruzar a Europa, luego de que Turquía amenazara con mantener la frontera abierta hasta que la Unión Europea (UE) la apoye en sus aventuras bélicas en Siria.
En estos días la frontera oriental de Europa es una olla de presión donde se alimentan varias crisis. La primera es la geopolítica, por el enfrentamiento de Atenas con la Turquía del presidente Recep Tayyip Erdogan, quien, consciente del endurecimiento de la política migratoria de Europa, decidió trasladar su presión a la frontera griega, usando a los migrantes para su fin. La segunda crisis es la humanitaria, por ser Grecia un cruce que los traficantes nunca han dejado de usar para introducir a miles de personas a suelo europeo.
Los números evidencian esta realidad. De acuerdo con la UE y la Agencia de la ONU para los Refugiados (ACNUR), sólo el año pasado las vallas y alambradas levantadas por las autoridades europeas no impidieron que unas 70 mil personas –que huían de guerras y hambrunas– cruzaran ilegalmente las fronteras turcogriegas. De ellas, unas 59 mil lo hicieron por el Egeo desde las costas turcas, cifra muy por encima del número de migrantes que en los últimos años intentaron llegar a Europa por Italia o España.
Todo ello en un contexto en el que Grecia aún padece las consecuencias de más de una década de crisis económica, algo que en el verano pasado contribuyó al nombramiento del conservador Kyriakos Mitsotakis como primer ministro.
Las islas del Egeo han sufrido la presión más fuerte. En Lesbos, donde en mil 600 kilómetros cuadrados hay unos 80 mil residentes, aproximadamente 20 mil migrantes y solicitantes de asilo viven en hacinados campos de acogida, con pésimas condiciones de higiene, pese a que la ONU le haya recomendado a Atenas trasladarlos al continente y que en los últimos meses la situación haya empezado a crear tensiones con grupos de radicales locales, que han atacado a periodistas y a las ONG que ayudan a los migrantes.
La chispa que encendió la rabia ciudadana se do en febrero, cuando el gobierno griego anunció la creación de nuevos campos de detención en Lesbos. Se multiplicaron las protestas. La amenaza de Erdogan de enviar a más migrantes hizo el resto. Grupos de vigilantes civiles, vestidos de negro y algunos a bordo de motos, han empezado a patrullar las calles ante la pasividad de la policía.
Voluntarios en la mira
La voluntaria estadunidense se lo dice en voz baja a la reportera y pide no ser videograbada. “No quiero poner en peligro a mis compañeros. Pero, sobre todo en las noches ya no nos sentimos seguros. Los habitantes locales, los que apoyan lo que hacemos, también han sufrido intimidaciones y ataques”, dice.
“Sabemos que lo hacen a propósito, que es una estrategia de algunos radicales para que nos vayamos de la isla, pero igualmente hemos tomado la decisión de evacuar ayer a 20 de nuestros voluntarios y otros tantos se han ido esta mañana”, añade.
El resultado ha sido que algunas organizaciones humanitarias redujeron al mínimo sus actividades en el terreno y anularon la llegada de nuevo personal, mientras que otras, por motivos de seguridad, evacuaron a algunos de sus voluntarios. “En 2015 la Guardia Costera griega me llamaba para que ayudara en los rescates. Ahora ya no piden mi ayuda y algunos nos miran con malos ojos”, cuenta a Proceso Stratos Valamios, un marinero que incluso fue candidato al premio Nobel de la Paz por los centenares de migrantes que en el pasado rescató del Egeo.
Ni Médicos Sin Fronteras (MSF) se salvó. Por la escalada de tensión, durante dos días no abrió la clínica pediátrica frente al campo de Moria, el principal y más grande campamento de migrantes de Lesbos.
“Durante semanas, la hostilidad y la frustración se han vuelto inmanejables y se han sucedido las acciones agresivas de grupos aislados contra la desesperación de los habitantes de Moria ante la total ausencia de las instituciones griegas”, justifica Marco Sandrone, coordinador de MSF en Lesbos.
Boris Cherskov, un operador de ACNUR, explica a la reportera que la tensión también ha subido porque se instaló la idea de que las ONG atraen a más migrantes y que ahora en los barrios hay patrullas de vigilantes hostiles a los voluntarios.
“Lamentablemente algunas ONG han comunicado evacuaciones de personal, otras han suspendido sus operaciones, después de que el domingo (1 de marzo) varios voluntarios e incluso un miembro de nuestra organización fueran agredidos”, confirma Cherskov.
La decisión de Atenas –confirmada la semana pasada y que va contra el derecho internacional, ya que supone violar la Convención de Ginebra y la normativa europea– de suspender la tramitación de asilo de los migrantes durante un mes también ha supuesto más caos.
Khirrallah, la abuela afgana, lo ha vivido en su piel. Ella y unos 500 migrantes fueron trasladados el miércoles 4 al puerto de Mitilene por las autoridades griegas, que decidieron embarcarlos en un buque militar, tras registrar sus nombres y huellas digitales.
Un campamento flotante
El joven agarra un balón. Lo pone en el suelo y empieza a darle patadas. Enseguida se suman algunos niños y adolescentes, y luego otros. Decenas. Y entonces algunas mujeres, muchas con el típico velo, otras exhaustas y desorientadas, emiten una ululación profunda y aguda zarandeada por el inclemente viento que campea sobre la isla. Y así un buen rato, para matar la interminable espera y la incertidumbre sobre el futuro. Habían creído que estarían a salvo en Europa, pero se toparon con la intransigencia griega.
Escenas así se repetían esta semana en Mitilene, capital de Lesbos. Allí donde los los últimos migrantes llegados al Egeo esperaron sin información y durante días que la policía los subiera a un buque de la Armada griega, en cuya proa aparece la identificación L177. Una decisión que carece de “fundamentos jurídicos”, según ACNUR, ya que “ni la Convención sobre el Estatuto de los Refugiados, de 1951 ni la legislación de la UE en materia de refugiados” dan bases para “la suspensión de la recepción de solicitudes de asilo”.
Las autoridades griegas siguen defendiendo sus medidas, arguyendo el estado de emergencia en el que, subrayan, estaría la isla. “Grecia siempre ha sido una fuerte defensora de las leyes internacionales”, explica a la reportera Thanos Dokos, consejero de seguridad de Mitsotakis.
“Sin embargo, en estas circunstancias muy difíciles estamos intentando evitar el colapso del sistema griego de acogida para los migrantes y refugiados. Si esto ocurriera, todos los migrantes, incluso los que están todavía en el país, se verían afectados”, explica Dokos. Esta decisión “será levantada tan pronto sea posible, en cuanto se estabilice la situación en la frontera greco-turca y en las islas”, asegura.
Las autoridades griegas denunciaron asimismo la violación turca del acuerdo de 2016, que supone que Ankara debía frenar las llegadas a Grecia a cambio de financiamiento europeo. “Estos movimientos (de migrantes) están dirigidos y fomentados por Turquía. Estas acciones suponen una violación de las obligaciones conforme a la Declaración Conjunta UE-Turquía”, dijeron en varios foros.
En el mar las cosas no van mejor. El lunes 2 Grecia anunció el comienzo de maniobras militares con fuego real en las islas del Egeo, como medida de “disuasión” ante la decisión turca de abrir la frontera con la UE. Una situación que se suma a los incidentes en la frontera grecoturca, donde se han agolpado centenares de migrantes, entre ellos uno que perdió la vida por una herida de bala.
Por estos hechos Turquía ha responsabilizado a Grecia, mientras que otras fuentes han apuntado a una acción realizada por grupos de civiles radicales que operarían en la zona.
“No sabemos qué pensar. Vinimos aquí porque oímos en la televisión turca que las fronteras estaban abiertas”, dice a Proceso Hussain, afgano de 16 años. “¿Qué pasará con nosotros? ¿Por qué no nos quieren?”, añade, con cierto estupor. No es el único en esta situación. Fátima, una madre soltera habitante del campo de acogida de Moria, cerca de Mitilene, dice que en los últimos días la seguridad del campamento ha empeorado. “Ya ha habido enfrentamientos”, afirma. “Por eso algunos ya no salen de Moria. Se han quedado aquí a la espera de que la situación mejore”, añade.
De ahí que el nerviosismo se haya instalado también entre los migrantes, en particular quienes llevan meses en Lesbos. Casi todos quieren abandonar la isla y seguir su viaje hacia el norte de Europa, y la mayoría no ha entendido que los últimos llegados probablemente no lo lograrán. Por ello, en las tardes marchan en masa hacia la ciudad y la policía los reprime a golpes y a veces con gases lacrimógenos.
Respuesta floja
La respuesta de la UE ante esta nueva crisis tampoco ha convencido. El comisario para la Promoción del Modo de Vida Europeo, Margaritis Schinas, subrayó durante la semana que Grecia se encuentra en circunstancias “sin precedente”. “Confiamos que incluso en esas particulares circunstancias las autoridades griegas actúen de acuerdo con los principios fundamentales de la Unión Europea y el derecho internacional”, dijo Schinas a los medios.
En el mismo tono habló la presidenta de la Comisión Europea, la alemana Ursula von der Leyen. “Nuestra primera prioridad es asegurarnos de que se mantenga el orden en la frontera exterior griega, que también es una frontera europea”, dijo el martes 3 al anunciar el envío de 700 millones de euros a Grecia para gestionar la crisis.
Pocos habitantes de Lesbos confían en este discurso. “No es sólo un tema de (enviarnos) dinero. Aquí necesitamos que los migrantes que llegan a Grecia sean repartidos en todos los países de la UE, así como son necesarios refuerzos europeos en el Egeo”, explica Gavriils Haldezos, un marinero jubilado de Lesbos.
“Es una situación triste. Muchos de los habitantes de estas islas son descendientes de antiguos migrantes provenientes de Asia Menor y por eso durante mucho tiempo han acogido con los brazos abiertos a los que han llegado de Oriente Medio”, explica a Proceso. “El problema es que no podemos gestionar solos esta crisis. La frontera griega es la frontera de Europa”, añade.








