Al acercarse a los 75 años, las Naciones Unidas siguen siendo el único organismo universal de carácter político que existe. Mucho se ha avanzado en la construcción de organizaciones bilaterales, trilaterales o regionales que atienden aspectos específicos del proceso de globalización en que estamos inmersos. Pero la única organización capaz de congregar a todos los miembros de la sociedad internacional y enfrentar el reto de los problemas globales más emblemáticos es la ONU. De allí la vigencia de la conocida frase: “Si las Naciones Unidas no existieran, habría que inventarlas”.
Ese carácter insustituible de la ONU invita a una reflexión sobre su significado en la tercera década del siglo XXI. ¿Cuál es su papel ante los problemas que están presentes en este momento tan caótico, impredecible y lleno de peligros de las relaciones internacionales?
Son muchos los ejemplos que pueden darse de la contribución de la ONU a la búsqueda de soluciones a los problemas de nuestro tiempo. Se puede subrayar: a) su capacidad para detectar problemas y alentar la toma de conciencia sobre ellos, b) la construcción de marcos jurídicos que identifican los objetivos a perseguir, los compromisos a asumir y los mecanismos de seguimiento destinados, tanto a detectar el cumplimiento de dichos compromisos como la evolución del problema que se quería combatir.
El caso del cambio climático ilustra bien el proceso anterior. Fue en el seno de la ONU donde el tema adquirió un lugar en la lista de grandes amenazas contra la humanidad y comenzó a despertar preocupación. Se crearon entonces los grupos de trabajo que prepararon los dos instrumentos principales para enfrentar la mencionada amenaza: la Convención Marco sobre Cambio Climático y el Protocolo de Kioto. Ambos persiguen el objetivo medular de reducir las emisiones de gases de efecto invernadero que producen el calentamiento de la tierra. Tales emisiones se deben, entre otros motivos, al uso de combustibles fósiles para la producción de energía.
Tales documentos han sido el punto de partida para la celebración de reuniones de los Estados parte conocidas como las COP. La COP 16 se celebró, con gran éxito, hace ya 10 años en México; la última fue celebrada en Madrid en diciembre del año pasado.
De las reuniones anteriores, la más conocida por los buenos resultados obtenidos al haberse conciliado los intereses de los dos países con mayor responsabilidad en la emisión de gases de efecto invernadero –China y Estados Unidos– fue la celebrada en París en 2015. Se festejó entonces, con gran esperanza, la posibilidad de contener el calentamiento de la Tierra.
Sin embargo, lejos de avanzar en la dirección esperada, los acontecimientos han seguido caminos de signo contrario. De una parte esto es positivo, se ha incrementado el conocimiento de lo que ocurre con el calentamiento de la Tierra; ahí están los informes cada vez más precisos y bien sustentados de grupos de expertos, principalmente convocados por la ONU, pero también por diversos grupos de científicos alrededor del mundo. Su diagnóstico es angustioso. Los efectos del calentamiento global son ya evidentes. Inundaciones, sequías, desertificación, desaparición de zonas selváticas, destrucción de bosques, elevación del nivel del mar que anuncia la pronta desaparición de países isleños, etc.
De otra parte, la resistencia de los gobiernos de países más poderosos a cumplir los compromisos adquiridos en París es cada vez más evidente. El caso más notorio es el retiro del gobierno de Trump del Acuerdo de París, cuyas consecuencias, entre otras el regreso al uso del carbón, son muy graves. Se está creando así una brecha cada vez más amplia entre lo que se debería hacer y lo que se está haciendo. Ante esa situación, es comprensible que surja el escepticismo y varios consideren inútiles las reuniones de la COP que siguen convocándose, cuestan dinero y no dan resultados. Aunque comprensibles, esas reacciones dejan de lado que existen motivos para la esperanza.
En la reunión Cumbre sobre cambio climático de octubre del año pasado, celebrada conjuntamente con el inicio de la Asamblea General de la ONU y en la reunión de Madrid, en diciembre pasado, ha estado presente un liderazgo distinto, para nada despreciable; una fuerza social que, por encima de los gobiernos, se convierte en la gran movilizadora de la lucha contra el cambio climático: los jóvenes. La figura más icónica es Greta Thunberg, una notable comunicadora de 16 años cuyas actividades más permanentes son los Viernes para el Futuro, que se celebran alrededor del mundo para denunciar la irresponsabilidad de los gobiernos en materia de cambio climático. Esas y muchas otras actividades están convirtiendo a los jóvenes en los mejores protagonistas de lo que se considera una lucha por la sobrevivencia.
Se trata de un cambio enormemente significativo. Hasta finales del siglo XX los protagonistas de lo que ocurría en la ONU eran únicamente los gobiernos. Está dejando de ser así. Numerosas voces recuerdan que la carta de la ONU comienza con la frase “nosostros los pueblos”. De allí el esfuerzo por ampliar la presencia en su toma de decisiones e implementación de las mismas de la sociedad civil, organizada de diversas maneras según situaciones nacionales particulares y objetivo a perseguir.
Lo anterior no significa que podemos colocar a los gobiernos en segundo plano dentro de las Naciones Unidas. Hay temas, como la aplicación de sanciones por parte del Consejo de Seguridad, que correponden estrictamente a los gobiernos. Lo interesante ahora es que hay varios caminos trazados por la organización que pueden ser transitados por diversos protagonistas, inspirados por las convicciones que los animen y las urgencias de sus demandas. Entre los objetivos que se persiguen se encuentran la lucha para la defensa de los derechos humanos, los movimientos para hacer avanzar su cumplimiento en el caso específico de las mujeres, la implementación de los compromisos contenidos en la Agenda 20-30 y, desde luego, el combate al cambio climático.
Desde esa perspectiva, la ONU llega a los 75 años como una institución vigorosa. Defenderla ante los embates de gobiernos como el de Trump, que reduce de manera condenable su financiamiento, es una tarea a cumplir.








